16-08-2025, 05:19 PM
El local es enorme. Se extiende ante mi como si no tuviese fin. La música estridente no me deja oír lo que hablan las personas delante de mi en la pista de baile por mucho que lo intente. Las ráfagas de luces dibujan las figuras danzantes por pulsos, como si se tratasen de espectros que se materializan un instante para volver a desaparecer. Decido no internarme en esa marea de cuerpos sudorosos y parpadeantes presidida por dos hombres y dos mujeres que bailan semidesnudos en sus tarimas elevadas, convirtiendo la sala en una oda a la depravación.
Avanzó alejado de esa muchedumbre ensimismada por los eróticos movimientos de los bailarines. Más hacia la pared, una zona donde me siento más seguro, menos expuesto a la vista de la gente. En la esquina puedo ver unas mesas de gente más selecta, a juzgar por sus trajes de elegante corte y tejidos refinados. Puedo ver cómo tratan a los camareros y como llaman a unas chicas para que vayan a "pasárselo bien" junto a ellos, lo cual me deja claro que se trata de gente de un estrato social elevado, de los que confunden los privilegios con superioridad. Mientras esperan a que el camarero traiga unas nuevas bebidas para ellos, puedo ver cómo uno de ellos se limpia la nariz recién empolvada y tras ello le pasa una bolsa de pastillas a una chica de aspecto desaliñado, con el pelo alborozado y el carmín algo corrido.
En otra de las mesas, unos hombres juegan a las cartas. Parece un juego sencillo, solo saca una carta cada uno y el de la carta más alta recoge el dinero central. Apuestas? Debo asegurarme. Me acerco a ellos y observo una nueva ronda. En efecto, están apostando dinero.
-Hay hueco para uno más?
Los hombres me miran con cara de pocos amigos. Uno de ellos hace un gesto a un hombre dormido, vestido de negro, que vigila la mesa.
-Y para 1000 berries? -saco el dinero de mi chaqueta y lo pongo sobre la mesa.
-Está bien -dice uno de ellos mientras hace un gesto al hombre de negro para que se detenga-. Toma una carta.
Me acerca la baraja. Cojo la primera de las cartas y la reviso. Estoy de suerte. Es un Rey. El hombre recoge el brazo y toma él otra carta. La muestra con orgullo. Una Reina. Entonces sonrío y lanzó mi carta sobre la mesa. Adelanto mi mano para tomar el dinero pero el hombre planta su mano sobre la mía con un golpe.
-Doble o nada.
Intentó resistirme pero es superior a mí. Saco otros 1000 berries y los suelto en la mesa. Vuelve a repartir cartas y está vez no estoy de suerte. Un día. El hombre voltea la suya y vuelve a tener una Reina. Se ríen de mi y me instan a marcharme. Les hago caso y me alejo de la mesa, ante la atenta mirada del guardaespaldas.
Todo parece ir más allá de cualquier límite. Me preguntó cuántas leyes estaré infringiendo solo por estar allí, en cuantos problemas me meteré por ver lo que está sucediendo y cómo de peligrosos son las personas que me acompañan. Me deslizó más allá de la barra donde unos camareros alimentan a su ganado, como lo harían unos ganaderos lanzando pienso, en forma de chupitos y copas, a las bestias. Pienso que deben estar en buena forma para aguantar ese ritmo toda la noche. Ensimismado con la destreza de los camareros, continúo hasta que la barra llega a su fin y me topo con una ventana que da a la calle. La misma ventana que puse ver desde la calle mientras huía de... Maldita sea! Aquí es todo tan salvaje que casi olvido por qué estoy aquí.
Me dirijo hacia la ventana para revisar si mi treta ha servido de algo. Me arrimo con cuidado, disimulando para no resultar sospechoso a los fiesteros y para no mostrarme de golpe a los hombres de Reena de estar abajo. Y así es, cuando mis ojos logran obtener el ángulo necesario, veo una gran tropa en la calle. Muchísimos más de los que habría podido manejar yo solo. Y eso es lo que estoy, solo. Ya no tendré compañeros o aliados. No puedo confiar en nadie. No, seguro que Reena ofrece algo de valor a cambio de mi captura. Huiré, solo y por las sombras.
El grupo de hombres parece gritarse unos a otros y pronto comienzan a separarse. Pensaba que no serían más que unos brutos, pero parece que empiezan a organizarse en pequeños equipos para rastrearme. Unos continúan por la avenida, llena de luz y con pocos escondites. Otros se adentran en el callejón, lo cual me hace pensar que d haberme encontrado allí no estaría seguro de poder huir. Un tercer grupo da la vuelta y comienzan a desandar el camino para revisar de nuevo la Hacienda de Reena. El último grupo es el que más me preocupa. Veo su dirección y los músculos de mi cuerpo se tensan. Vienen decididos a revisar este edificio. Tendré que encontrar otra salida. Algo que me permita pasar desapercibido. Podría ocultarme entre el gentío y aprovechar un despiste para volver a bajar a la calle. No son muchos; tal vez podría esquivarlos... O incluso enfrentarlos. Aunque en este sitio... No sé si sería lo más adecuado.
Me giro con la intención de buscar nuevas rutas. Al fondo veo unas puertas, posiblemente los aseos. Creo que podría intentar ocultarme allí, pero si entran a revisar será mi fin. Pero entonces, mí sangre se hiela. Una voz familiar se dirige a mí. Me vuelvo y veo una silueta grande, ancho de hombros y de aspecto robusto. Un escalofrío recorre mi cuerpo y un sudor frío desciende desde mi nuca. Se trata del Contramaestre DaSilva. Tan solo su presencia me intimida, pese a que no está vestido con la ropa de la marina. Duda sobre mi gusto por este tipo de locales, su tono no es amistoso, pero tampoco noto agresividad en él.
Y entonces llega una pregunta peor. Me cuestiona acerca de mis intenciones en esta fiesta.
-Ehm... No. No exactamente. Señor DaSilva, señor... -dudo en continuar hablando. Los matones de Reena seguro que no querrían enfrentarse a alguien de la marina, pero yo tampoco. Soy un ladrón y me buscan por haber robado. Aún llevo en mi bolsillo el colgante que he robado y se que no le hará ninguna gracia saber qué soy un ladrón. Pero también recuerdo que le agradó mi sinceridad. Recuerdo los sentimientos que tuve en nuestro ultimo encuentro y hablo.
-Me encuentro huyendo de unos hombres -observo su gesto-. He robado este colgante- digo mostrando mi collar-. Bueno para ser más exactos, he recuperado este collar. Era de mi madre. Pero hace años un hombre me lo quitó para asegurarse que hacía lo que él me pedía. Ahora sus hombres me andan buscando y pensé que aquí me mantendría lejos de su vista.
En otra de las mesas, unos hombres juegan a las cartas. Parece un juego sencillo, solo saca una carta cada uno y el de la carta más alta recoge el dinero central. Apuestas? Debo asegurarme. Me acerco a ellos y observo una nueva ronda. En efecto, están apostando dinero.
-Hay hueco para uno más?
Los hombres me miran con cara de pocos amigos. Uno de ellos hace un gesto a un hombre dormido, vestido de negro, que vigila la mesa.
-Y para 1000 berries? -saco el dinero de mi chaqueta y lo pongo sobre la mesa.
-Está bien -dice uno de ellos mientras hace un gesto al hombre de negro para que se detenga-. Toma una carta.
Me acerca la baraja. Cojo la primera de las cartas y la reviso. Estoy de suerte. Es un Rey. El hombre recoge el brazo y toma él otra carta. La muestra con orgullo. Una Reina. Entonces sonrío y lanzó mi carta sobre la mesa. Adelanto mi mano para tomar el dinero pero el hombre planta su mano sobre la mía con un golpe.
-Doble o nada.
Intentó resistirme pero es superior a mí. Saco otros 1000 berries y los suelto en la mesa. Vuelve a repartir cartas y está vez no estoy de suerte. Un día. El hombre voltea la suya y vuelve a tener una Reina. Se ríen de mi y me instan a marcharme. Les hago caso y me alejo de la mesa, ante la atenta mirada del guardaespaldas.
Todo parece ir más allá de cualquier límite. Me preguntó cuántas leyes estaré infringiendo solo por estar allí, en cuantos problemas me meteré por ver lo que está sucediendo y cómo de peligrosos son las personas que me acompañan. Me deslizó más allá de la barra donde unos camareros alimentan a su ganado, como lo harían unos ganaderos lanzando pienso, en forma de chupitos y copas, a las bestias. Pienso que deben estar en buena forma para aguantar ese ritmo toda la noche. Ensimismado con la destreza de los camareros, continúo hasta que la barra llega a su fin y me topo con una ventana que da a la calle. La misma ventana que puse ver desde la calle mientras huía de... Maldita sea! Aquí es todo tan salvaje que casi olvido por qué estoy aquí.
Me dirijo hacia la ventana para revisar si mi treta ha servido de algo. Me arrimo con cuidado, disimulando para no resultar sospechoso a los fiesteros y para no mostrarme de golpe a los hombres de Reena de estar abajo. Y así es, cuando mis ojos logran obtener el ángulo necesario, veo una gran tropa en la calle. Muchísimos más de los que habría podido manejar yo solo. Y eso es lo que estoy, solo. Ya no tendré compañeros o aliados. No puedo confiar en nadie. No, seguro que Reena ofrece algo de valor a cambio de mi captura. Huiré, solo y por las sombras.
El grupo de hombres parece gritarse unos a otros y pronto comienzan a separarse. Pensaba que no serían más que unos brutos, pero parece que empiezan a organizarse en pequeños equipos para rastrearme. Unos continúan por la avenida, llena de luz y con pocos escondites. Otros se adentran en el callejón, lo cual me hace pensar que d haberme encontrado allí no estaría seguro de poder huir. Un tercer grupo da la vuelta y comienzan a desandar el camino para revisar de nuevo la Hacienda de Reena. El último grupo es el que más me preocupa. Veo su dirección y los músculos de mi cuerpo se tensan. Vienen decididos a revisar este edificio. Tendré que encontrar otra salida. Algo que me permita pasar desapercibido. Podría ocultarme entre el gentío y aprovechar un despiste para volver a bajar a la calle. No son muchos; tal vez podría esquivarlos... O incluso enfrentarlos. Aunque en este sitio... No sé si sería lo más adecuado.
Me giro con la intención de buscar nuevas rutas. Al fondo veo unas puertas, posiblemente los aseos. Creo que podría intentar ocultarme allí, pero si entran a revisar será mi fin. Pero entonces, mí sangre se hiela. Una voz familiar se dirige a mí. Me vuelvo y veo una silueta grande, ancho de hombros y de aspecto robusto. Un escalofrío recorre mi cuerpo y un sudor frío desciende desde mi nuca. Se trata del Contramaestre DaSilva. Tan solo su presencia me intimida, pese a que no está vestido con la ropa de la marina. Duda sobre mi gusto por este tipo de locales, su tono no es amistoso, pero tampoco noto agresividad en él.
Y entonces llega una pregunta peor. Me cuestiona acerca de mis intenciones en esta fiesta.
-Ehm... No. No exactamente. Señor DaSilva, señor... -dudo en continuar hablando. Los matones de Reena seguro que no querrían enfrentarse a alguien de la marina, pero yo tampoco. Soy un ladrón y me buscan por haber robado. Aún llevo en mi bolsillo el colgante que he robado y se que no le hará ninguna gracia saber qué soy un ladrón. Pero también recuerdo que le agradó mi sinceridad. Recuerdo los sentimientos que tuve en nuestro ultimo encuentro y hablo.
-Me encuentro huyendo de unos hombres -observo su gesto-. He robado este colgante- digo mostrando mi collar-. Bueno para ser más exactos, he recuperado este collar. Era de mi madre. Pero hace años un hombre me lo quitó para asegurarse que hacía lo que él me pedía. Ahora sus hombres me andan buscando y pensé que aquí me mantendría lejos de su vista.
Las piernas me tiemblan por la adrenalina. No sé cómo me he atrevido a contarle esto. A un Contramaestre de la marina en un local como este... Un segundo. Qué podría hacer alguien de la marina en un lugar así?
-Y usted? Qué hace en un sitio así? -digo mientras señaló con mi mano alrededor.
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