17-08-2025, 10:31 PM
Me encontraba profundamente dormido, hundido en la tierra hasta el cuello como siempre, con el murmullo del pueblo apagándose poco a poco en mi memoria. El sueño me había atrapado después de otro día de preguntas sin respuesta: “¿Y si hoy sí me liberan?” y el coro retumbando “¡NO, THRYM!”. Ya lo tenía casi grabado en los huesos, tanto que a veces lo soñaba. Mi respiración era pesada, lenta, el pecho subía y bajaba bajo toneladas de tierra, como si toda la plaza se meciera con mi ritmo.
El aire húmedo de la brisa marina se filtraba por el pequeño techo improvisado que los aldeanos me habían dejado sobre la cabeza. Había aprendido a convivir con la incomodidad: insectos que caminaban por mi barba, la tierra que a veces me picaba en la nariz, el olor de flores marchitas que me colgaban los niños como adornos. Dormir aquí no era muy diferente de dormir en cubierta, salvo que en cubierta uno puede rodar y aquí… bueno, ni siquiera puedo rascarme la oreja.
Debí de estar soñando con comida otra vez, porque recuerdo claramente la sensación de tener un estofado entre las manos, humeante, rebosante de carne de res que goteaba sobre el pan recién hecho. Mi mandíbula se movía inconscientemente, mascando el aire, como si pudiera arrancar un bocado invisible. A veces los aldeanos me descubren en ese estado y se ríen, dicen que parezco un pez enorme boqueando. Qué sabrán ellos de hambre de gigante.
El sol debió ocultarse tras una nube en ese momento, porque la sombra me envolvió más fresca y el descanso se volvió más profundo. Un ronquido escapó de mis labios, grave, vibrante, capaz de hacer temblar las ventanas cercanas si me descuidaba. Los niños siempre lo imitan, dicen que cuando resueno fuerte, parece el rugido de un Rey Marino atrapado bajo tierra. Yo digo que es solo la cerveza en mi estómago buscando pelea.
No escuché los pasos del extraño que se acercaba por la costa, ni el crujir de la madera vieja de la cantina que acababa de abandonar. Para mí, el mundo en ese instante se reducía a un pozo de sueño y recuerdos. Pero quizás mi rostro, aun entre raíces y tierra, no pudo ocultar del todo la expresión de calma mezclada con cansancio. No era raro que forasteros se detuvieran a observarme como si fuera una estatua viviente o un mal chiste de los dioses.
El viento jugó con algunos mechones de mi cabellera pelirroja, sucios de polvo y barro, y por un instante me picó la nariz. Entre sueños, fruncí el ceño, resoplé fuerte, levantando un pequeño torbellino de hojas secas alrededor de mi cara. Me habría rascado, pero claro… cuando llevas quince años enterrado, el lujo de rascarte es algo que solo puedes soñar.
El aire húmedo de la brisa marina se filtraba por el pequeño techo improvisado que los aldeanos me habían dejado sobre la cabeza. Había aprendido a convivir con la incomodidad: insectos que caminaban por mi barba, la tierra que a veces me picaba en la nariz, el olor de flores marchitas que me colgaban los niños como adornos. Dormir aquí no era muy diferente de dormir en cubierta, salvo que en cubierta uno puede rodar y aquí… bueno, ni siquiera puedo rascarme la oreja.
Debí de estar soñando con comida otra vez, porque recuerdo claramente la sensación de tener un estofado entre las manos, humeante, rebosante de carne de res que goteaba sobre el pan recién hecho. Mi mandíbula se movía inconscientemente, mascando el aire, como si pudiera arrancar un bocado invisible. A veces los aldeanos me descubren en ese estado y se ríen, dicen que parezco un pez enorme boqueando. Qué sabrán ellos de hambre de gigante.
El sol debió ocultarse tras una nube en ese momento, porque la sombra me envolvió más fresca y el descanso se volvió más profundo. Un ronquido escapó de mis labios, grave, vibrante, capaz de hacer temblar las ventanas cercanas si me descuidaba. Los niños siempre lo imitan, dicen que cuando resueno fuerte, parece el rugido de un Rey Marino atrapado bajo tierra. Yo digo que es solo la cerveza en mi estómago buscando pelea.
No escuché los pasos del extraño que se acercaba por la costa, ni el crujir de la madera vieja de la cantina que acababa de abandonar. Para mí, el mundo en ese instante se reducía a un pozo de sueño y recuerdos. Pero quizás mi rostro, aun entre raíces y tierra, no pudo ocultar del todo la expresión de calma mezclada con cansancio. No era raro que forasteros se detuvieran a observarme como si fuera una estatua viviente o un mal chiste de los dioses.
El viento jugó con algunos mechones de mi cabellera pelirroja, sucios de polvo y barro, y por un instante me picó la nariz. Entre sueños, fruncí el ceño, resoplé fuerte, levantando un pequeño torbellino de hojas secas alrededor de mi cara. Me habría rascado, pero claro… cuando llevas quince años enterrado, el lujo de rascarte es algo que solo puedes soñar.
