19-08-2025, 07:29 AM
Dormía tranquilo, sumido en un sueño pesado que olía a pan caliente y carne asada, cuando un cosquilleo extraño en la tierra me obligó a fruncir el ceño. No era raro sentir vibraciones, los niños a veces corrían cerca de mi cuello o algún perro travieso cavaba donde no debía, pero aquello era distinto. Era como si alguien, con paciencia, estuviera hurgando a mi alrededor. Mis labios se movieron en un murmullo ronco, apenas audible entre ronquidos: “Mmm… pan… más pan…”.
Lo que realmente me arrancó del descanso no fueron esas manos inquietas, sino el estruendo súbito de voces alzándose en la plaza. El grito de un aldeano desgarró el aire, y de pronto todo fue barullo: pasos, insultos, amenazas. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del sol que se colaba por mi techito de tablas. Mi visión borrosa primero distinguió polvo y piernas corriendo, luego palos alzados, y finalmente un rostro nuevo, extraño, distinto a todos los que conocía de memoria en Villa Syrup.
—¿Pero qué rayos…?— Gruñí, mi voz grave retumbó como un trueno entre la muchedumbre. Algunos aldeanos se encogieron de hombros, otros apretaron más fuerte sus improvisadas armas. Intenté moverme, lo suficiente para levantar el mentón y que mi voz se oyera clara. El suelo retumbó con un crujido cuando aspiré hondo. —¡BASTA YA! ¡CALMA, DEMONIOS!—
El silencio no llegó del todo, pero sí un titubeo. Mi rugido era difícil de ignorar. Aproveché ese instante para hablar más sereno, aunque con la autoridad de alguien que, pese a estar enterrado, seguía siendo un coloso. —¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es este forastero al que intentan apalear?— Mis ojos azules se clavaron en el joven que me observaba como si hubiera visto un fantasma.
Los aldeanos murmuraban entre sí, algunos me miraban con desconfianza, como si pensaran que estaba coludido con él, otros parecían aliviados de que hubiese despertado para mediar. —A ver, vecinos… ya me he comido sus vacas, he aceptado mi castigo ¿Podrían dejarme dormir tranquilo al menos?— Añadí, dejando escapar un resoplido que levantó polvo y hojas secas frente a mí.
El muchacho, el forastero, se mantenía firme pese al tumulto. Noté en él la tensión en los nudillos, la mirada encendida, como alguien que estaba dispuesto a cortar cadenas aunque fueran de tierra y raíces. Mi ceja se arqueó con curiosidad. —Y tú, muchacho…— Troné, ladeando un poco la cabeza. —¿Quién diablos eres para venir aquí con espada en mano, intentando desenterrar a este gigante torpe?—
Un murmullo recorrió a los aldeanos tras mis palabras, y aproveché para soltar mi característica carcajada:
El eco rebotó en las casas cercanas, sacudiendo el aire cargado de tensión. —No se me asusten tanto… nadie va a romper nada aquí sin que yo entienda primero de qué se trata. Así que, muchacho, habla claro: ¿vienes como amigo, enemigo, o simplemente como loco con pala?—
Lo que realmente me arrancó del descanso no fueron esas manos inquietas, sino el estruendo súbito de voces alzándose en la plaza. El grito de un aldeano desgarró el aire, y de pronto todo fue barullo: pasos, insultos, amenazas. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del sol que se colaba por mi techito de tablas. Mi visión borrosa primero distinguió polvo y piernas corriendo, luego palos alzados, y finalmente un rostro nuevo, extraño, distinto a todos los que conocía de memoria en Villa Syrup.
—¿Pero qué rayos…?— Gruñí, mi voz grave retumbó como un trueno entre la muchedumbre. Algunos aldeanos se encogieron de hombros, otros apretaron más fuerte sus improvisadas armas. Intenté moverme, lo suficiente para levantar el mentón y que mi voz se oyera clara. El suelo retumbó con un crujido cuando aspiré hondo. —¡BASTA YA! ¡CALMA, DEMONIOS!—
El silencio no llegó del todo, pero sí un titubeo. Mi rugido era difícil de ignorar. Aproveché ese instante para hablar más sereno, aunque con la autoridad de alguien que, pese a estar enterrado, seguía siendo un coloso. —¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es este forastero al que intentan apalear?— Mis ojos azules se clavaron en el joven que me observaba como si hubiera visto un fantasma.
Los aldeanos murmuraban entre sí, algunos me miraban con desconfianza, como si pensaran que estaba coludido con él, otros parecían aliviados de que hubiese despertado para mediar. —A ver, vecinos… ya me he comido sus vacas, he aceptado mi castigo ¿Podrían dejarme dormir tranquilo al menos?— Añadí, dejando escapar un resoplido que levantó polvo y hojas secas frente a mí.
El muchacho, el forastero, se mantenía firme pese al tumulto. Noté en él la tensión en los nudillos, la mirada encendida, como alguien que estaba dispuesto a cortar cadenas aunque fueran de tierra y raíces. Mi ceja se arqueó con curiosidad. —Y tú, muchacho…— Troné, ladeando un poco la cabeza. —¿Quién diablos eres para venir aquí con espada en mano, intentando desenterrar a este gigante torpe?—
Un murmullo recorrió a los aldeanos tras mis palabras, y aproveché para soltar mi característica carcajada:
—¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—.
El eco rebotó en las casas cercanas, sacudiendo el aire cargado de tensión. —No se me asusten tanto… nadie va a romper nada aquí sin que yo entienda primero de qué se trata. Así que, muchacho, habla claro: ¿vienes como amigo, enemigo, o simplemente como loco con pala?—
