19-08-2025, 10:54 AM
Cuando las luces se apagan, los demonios salen a jugar.
La dupla marine había conseguido la primera de las cinco piedras elementales que el faro necesitaba para activarse. Fue Apolo quien reseñó que las construcciones encontradas debían tener un origen humano o, al menos, civilizado. Pero nadie quedaba allí para dar cuenta de ello, y de eso tenían pruebas. Una montaña de calaveras, para ser exactos. Por suerte, no tuvieron que vérselas con monstruos marinos como sus compañeros, mas tuvieron sus propios problemas. Fuguwu, quien en su cautela habitual, sugirió a su compañero que retirara la piedra de su origen con la arena, privando así a Bahía de… cogerla con su mano. Poco importaba, pues, lo que al Sendero le molestó fue que se llevaron su luz, y para hacerles pagar, les privó de la luz para salir. Apolo, tras coger la piedra y escuchar las risas de los muertos, se percató de que el ambiente se había enrrarecido aún más. La dupla, que quiso abandonar el Sendero, halló un camino que se bifurcaba en dos, derecha e izquierda. Siendo imposible decidir por orientación ni iluminación, Fuguwu sacó una moneda y la lanzó para decidir el destino de los marines. Un símbolo de un Berry sentenció el camino que, aunque Apolo se mofó de él, terminaron escogiendo. Comenzaron a moverse por el camino de la derecha poco a poco mientras Apolo cantaba alegremente, quizás intentando espantar sus males, como decía el refrán. El camino pronto les condujo a una nueva sala -aunque ellos no podían percibirlo por la baja iluminación- y la voz del navegante retumbaba con sus cánticos, como si los muertos repitieran sus palabras tres veces, burlándose de su canción.
No fue mucho después que ambos marines llegaron a un punto muerto: otro camino bifurcado que parecía extrañamente similar. Si los marines miraban atrás, al menos hasta donde la iluminación de la Piedra Lunar alcanzaba, verían el rastro de arena que convenientemente había dejado Apolo, por lo que, no estaban en el mismo lugar, pero, por alguna razón, no se habían acercado en absoluto a la salida. Sus pasos repicaron tres veces justo antes de descubrir de nuevo la encrucijada: ¿Derecha, o izquierda?
Joe y Karl, por su parte, tenían sus propios asuntos.
El vicealmirante había enfadado a las bestias del lago que, rencorosas, no olvidarían lo hecho por los marines en mucho tiempo. Karl fue -quizá por primera vez en su vida- la voz de la razón y aconsejó a Joe dejar a las bestias tranquilas, a lo que el héroe decidió llegar más allá. Muestra de su gran corazón y su falta de maldad, intentó disculparse con las criaturas, agazapándose y tocando la tierra cercana al lago. Uno de los hydravias, que miraba al marine desde el lago fijamente, en respuesta, lanzó un enorme escupitajo de agua. Un chorro a presión que duchó, literalmente, al marine, empapándolo por completo y dejándolo como si un aguacero le hubiera caído encima. El torbellino no se sofocó, pero, pero recibió una respuesta a sus acciones. Karl aconsejó probar suerte con otras criaturas y Joe, finalmente, accedió diciendo que buscarían en las inmediaciones. Tras un rato caminando por el lago mientras los hydravias no perdían sus pasos, la dupla pudo ver a lo lejos parte de los animales que Karl pudo ver antes, mas era imposible atraparlos sin los conocimientos necesarios. La fauna no estaba acostumbrada a la presencia humana y huía recelosa de su paz natural. Las plantas cercanas al lago no producían fruto alguno y la tierra aledaña parecían yermas y desprovistas de vida.
Tras un tiempo buscando, algo comenzó a sonar de manera amenazante. Un rugido ahogado cuya procedencia era… el estómago de la marine, Karlglass. Fuertes movimientos gastrointestinales que ocasionaron molestias fuertes y un ruido tan preocupante como cómico mientras se movían por las inmediaciones del lago. Lago del cual, quizás y solo quizás, Karl no debió beber tan alegremente sin purificar el agua. Pese a su apariencia ruda, su estómago no estaba preparado para beber de un lago lleno de bestias que a saber qué cosas hacían en él siendo su hogar. La sensación se incrementó y solo ella sabría como poder recuperarse de esta circunstancia tan poco favorecedora. Y en qué peor momento, pues, los marines pudieron sentir como diez hienas, mucho más grandes y amenazadora, se lanzaban sobre ellos sorpresivamente, no saben si buscando venganza por la derrota de su prole o si simplemente buscaban cazar.
Nada pudieron encontrar los marines en su búsqueda, pero si pudieron percatarse de algo desde la zona oeste del lago: el volcán estaba activo y, ahora con la distancia recorrida, incluso sin una vista perfecta se podía apreciar como expulsaba lava de manera intermitente y suave, cayendo por sus laderas hacia los ríos y mar aledaños. Desde luego, era otro punto de interés para la búsqueda, pero, no falto de peligros. ¿Cuál sería su siguiente movimiento?
La dupla marine había conseguido la primera de las cinco piedras elementales que el faro necesitaba para activarse. Fue Apolo quien reseñó que las construcciones encontradas debían tener un origen humano o, al menos, civilizado. Pero nadie quedaba allí para dar cuenta de ello, y de eso tenían pruebas. Una montaña de calaveras, para ser exactos. Por suerte, no tuvieron que vérselas con monstruos marinos como sus compañeros, mas tuvieron sus propios problemas. Fuguwu, quien en su cautela habitual, sugirió a su compañero que retirara la piedra de su origen con la arena, privando así a Bahía de… cogerla con su mano. Poco importaba, pues, lo que al Sendero le molestó fue que se llevaron su luz, y para hacerles pagar, les privó de la luz para salir. Apolo, tras coger la piedra y escuchar las risas de los muertos, se percató de que el ambiente se había enrrarecido aún más. La dupla, que quiso abandonar el Sendero, halló un camino que se bifurcaba en dos, derecha e izquierda. Siendo imposible decidir por orientación ni iluminación, Fuguwu sacó una moneda y la lanzó para decidir el destino de los marines. Un símbolo de un Berry sentenció el camino que, aunque Apolo se mofó de él, terminaron escogiendo. Comenzaron a moverse por el camino de la derecha poco a poco mientras Apolo cantaba alegremente, quizás intentando espantar sus males, como decía el refrán. El camino pronto les condujo a una nueva sala -aunque ellos no podían percibirlo por la baja iluminación- y la voz del navegante retumbaba con sus cánticos, como si los muertos repitieran sus palabras tres veces, burlándose de su canción.
— Bahía, Bahía, Bahía… —
No fue mucho después que ambos marines llegaron a un punto muerto: otro camino bifurcado que parecía extrañamente similar. Si los marines miraban atrás, al menos hasta donde la iluminación de la Piedra Lunar alcanzaba, verían el rastro de arena que convenientemente había dejado Apolo, por lo que, no estaban en el mismo lugar, pero, por alguna razón, no se habían acercado en absoluto a la salida. Sus pasos repicaron tres veces justo antes de descubrir de nuevo la encrucijada: ¿Derecha, o izquierda?
Joe y Karl, por su parte, tenían sus propios asuntos.
El vicealmirante había enfadado a las bestias del lago que, rencorosas, no olvidarían lo hecho por los marines en mucho tiempo. Karl fue -quizá por primera vez en su vida- la voz de la razón y aconsejó a Joe dejar a las bestias tranquilas, a lo que el héroe decidió llegar más allá. Muestra de su gran corazón y su falta de maldad, intentó disculparse con las criaturas, agazapándose y tocando la tierra cercana al lago. Uno de los hydravias, que miraba al marine desde el lago fijamente, en respuesta, lanzó un enorme escupitajo de agua. Un chorro a presión que duchó, literalmente, al marine, empapándolo por completo y dejándolo como si un aguacero le hubiera caído encima. El torbellino no se sofocó, pero, pero recibió una respuesta a sus acciones. Karl aconsejó probar suerte con otras criaturas y Joe, finalmente, accedió diciendo que buscarían en las inmediaciones. Tras un rato caminando por el lago mientras los hydravias no perdían sus pasos, la dupla pudo ver a lo lejos parte de los animales que Karl pudo ver antes, mas era imposible atraparlos sin los conocimientos necesarios. La fauna no estaba acostumbrada a la presencia humana y huía recelosa de su paz natural. Las plantas cercanas al lago no producían fruto alguno y la tierra aledaña parecían yermas y desprovistas de vida.
Tras un tiempo buscando, algo comenzó a sonar de manera amenazante. Un rugido ahogado cuya procedencia era… el estómago de la marine, Karlglass. Fuertes movimientos gastrointestinales que ocasionaron molestias fuertes y un ruido tan preocupante como cómico mientras se movían por las inmediaciones del lago. Lago del cual, quizás y solo quizás, Karl no debió beber tan alegremente sin purificar el agua. Pese a su apariencia ruda, su estómago no estaba preparado para beber de un lago lleno de bestias que a saber qué cosas hacían en él siendo su hogar. La sensación se incrementó y solo ella sabría como poder recuperarse de esta circunstancia tan poco favorecedora. Y en qué peor momento, pues, los marines pudieron sentir como diez hienas, mucho más grandes y amenazadora, se lanzaban sobre ellos sorpresivamente, no saben si buscando venganza por la derrota de su prole o si simplemente buscaban cazar.
Nada pudieron encontrar los marines en su búsqueda, pero si pudieron percatarse de algo desde la zona oeste del lago: el volcán estaba activo y, ahora con la distancia recorrida, incluso sin una vista perfecta se podía apreciar como expulsaba lava de manera intermitente y suave, cayendo por sus laderas hacia los ríos y mar aledaños. Desde luego, era otro punto de interés para la búsqueda, pero, no falto de peligros. ¿Cuál sería su siguiente movimiento?
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