19-08-2025, 10:29 PM
(Última modificación: 19-08-2025, 10:30 PM por Sam Bernard.)
No puedo negar que Sorbet Sur me resulta un lugar grato para el alma. La calidez de su gente, las risas de los niños corriendo entre las calles, la sencillez de la vida aquí… todo invita a pensar en el descanso, en levantar una pequeña casa y dejarse llevar por esa paz eterna, pero sería un engaño permitirme tal pensamiento. Yo no he venido a quedarme. Muy pronto llegará un superior, y con él la oportunidad de formar parte de un equipo… un paso más hacia un deber mayor, y hacia esa misión personal que me mantiene en movimiento.
Esa tarde me hallaba pescando en silencio, con mi katana descansando a un lado y una cubeta con unos pocos peces al otro. El murmullo del mar me ayudaba a sumirme en mis meditaciones, en ese estado de calma que rara vez me abandona. Fue entonces cuando la cubeta empezó a vibrar. Primero un pequeño salto, luego otro, y después un temblor más marcado que casi la hizo volcarse hacia el mar.
Alcé la vista con calma. No dirigí mi mirada al agua pues sabía que aquello no provenía de allí, sino a mi alrededor. Y al darme la vuelta, lo vi, una figura colosal, enorme, caminaba con pasos pesados. Una gota de sudor frío descendió por mi frente. Mis dedos se cerraron lentamente sobre el mango de la katana, aunque aún no la desenvainé. No parecía haberme visto, no todavía. Y, en verdad, no podía decir con certeza qué era aquella criatura.
De no ser por mi timidez natural, quizá hubiese llamado su atención de inmediato. Pero no soy de romper silencios con facilidad aun así, mis dudas pesaban menos que la realidad: se dirigía hacia el poblado cercano. Y si alcanzaba aquellas casas, bastarían unos cuantos pasos para reducirlas a ruinas.
La calma de Sorbet Sur estaba en juego, y con ella, la sonrisa de esos niños que tanto me había reconfortado. —Kuh kuhuhu kuh— dejé escapar, mientras la brisa agitaba mi melena anaranjada. No podía iniciar una pelea, pero tampoco iba a permitir que la inocencia de este pueblo fuera aplastada ante mis ojos.
Acomodé con cuidado mi katana en el interior de mi haori y me lancé a la carrera, el corazón sereno pero la mente alerta. No podía permitir que esa mole avanzara un paso más sin intentar detenerla. A medida que me acercaba, la impresión inicial se desvaneció: no era una bestia ni una criatura aberrante, sino un hombre. Un humano, sí, aunque de proporciones descomunales, tan grande y pesado que cada pisada suya equivalía a decenas de las mías.
Me esforcé en alcanzar su camino, adelantándome hasta colocarme justo frente a él. La brisa agitaba mi melena anaranjada mientras levantaba las manos, en un gesto más de súplica que de amenaza. —¡Detente! —exclamé con voz grave, que resonó más firme de lo que yo mismo esperaba. Esperaba que el gigante alzara la vista hacia mí, y mis palabras prosiguieron con respeto pero con urgencia. —Te lo ruego, hay un pueblo pequeño más adelante. Si sigues avanzando, tus pasos lo arrasarán. — No desenvainé mi espada; no era ese el camino. Mi esperanza estaba puesta en que aquel hombre escuchara la razón antes de que la violencia decidiera por nosotros.
Esa tarde me hallaba pescando en silencio, con mi katana descansando a un lado y una cubeta con unos pocos peces al otro. El murmullo del mar me ayudaba a sumirme en mis meditaciones, en ese estado de calma que rara vez me abandona. Fue entonces cuando la cubeta empezó a vibrar. Primero un pequeño salto, luego otro, y después un temblor más marcado que casi la hizo volcarse hacia el mar.
Alcé la vista con calma. No dirigí mi mirada al agua pues sabía que aquello no provenía de allí, sino a mi alrededor. Y al darme la vuelta, lo vi, una figura colosal, enorme, caminaba con pasos pesados. Una gota de sudor frío descendió por mi frente. Mis dedos se cerraron lentamente sobre el mango de la katana, aunque aún no la desenvainé. No parecía haberme visto, no todavía. Y, en verdad, no podía decir con certeza qué era aquella criatura.
De no ser por mi timidez natural, quizá hubiese llamado su atención de inmediato. Pero no soy de romper silencios con facilidad aun así, mis dudas pesaban menos que la realidad: se dirigía hacia el poblado cercano. Y si alcanzaba aquellas casas, bastarían unos cuantos pasos para reducirlas a ruinas.
La calma de Sorbet Sur estaba en juego, y con ella, la sonrisa de esos niños que tanto me había reconfortado. —Kuh kuhuhu kuh— dejé escapar, mientras la brisa agitaba mi melena anaranjada. No podía iniciar una pelea, pero tampoco iba a permitir que la inocencia de este pueblo fuera aplastada ante mis ojos.
Acomodé con cuidado mi katana en el interior de mi haori y me lancé a la carrera, el corazón sereno pero la mente alerta. No podía permitir que esa mole avanzara un paso más sin intentar detenerla. A medida que me acercaba, la impresión inicial se desvaneció: no era una bestia ni una criatura aberrante, sino un hombre. Un humano, sí, aunque de proporciones descomunales, tan grande y pesado que cada pisada suya equivalía a decenas de las mías.
Me esforcé en alcanzar su camino, adelantándome hasta colocarme justo frente a él. La brisa agitaba mi melena anaranjada mientras levantaba las manos, en un gesto más de súplica que de amenaza. —¡Detente! —exclamé con voz grave, que resonó más firme de lo que yo mismo esperaba. Esperaba que el gigante alzara la vista hacia mí, y mis palabras prosiguieron con respeto pero con urgencia. —Te lo ruego, hay un pueblo pequeño más adelante. Si sigues avanzando, tus pasos lo arrasarán. — No desenvainé mi espada; no era ese el camino. Mi esperanza estaba puesta en que aquel hombre escuchara la razón antes de que la violencia decidiera por nosotros.
