20-08-2025, 09:29 PM
El torneo era, sin duda, su mejor opción. Fyodor y Krysser lo sabían, tras un tiempo buscando formas de hacerse con algo de dinero, ambos habían llegado a la misma conclusión. Sin embargo, participar requería pasar primero un combate clasificatorio, uno que prometía ser la antesala perfecta antes del gran espectáculo final.
Krysser avanzó con paso firme por el abarrotado vestíbulo, mientras su imponente figura destacaba entre la multitud de luchadores y espectadores que se agolpaban frente a los tablones repletos de carteles. Sus orejas felinas se movían de un lado a otro, captando cada murmullo, cada comentario emocionado sobre el torneo o sobre él. Algunos lo miraban con curiosidad, otros con cierta aprensión que casi rozaba el miedo, pues no era común ver a un mink, y mucho menos uno de aquel tamaño, y con el porte y la ferocidad de un tigre.
Al llegar al mostrador, el ambiente se tensó en apenas un instante. La joven encargada de la recepción lo recibió con una sonrisa amplia, aunque no pudo evitar que sus ojos se abrieran un poco más de lo normal al verlo de cerca, tragando saliva de forma inconsciente por los nervios. El mink apoyó una de sus garras sobre el mostrador, con suavidad, pero lo suficiente como para que el sonido de sus garras rozando la madera llamara la atención de los más cercanos.
-N... Nombre del participante, por favor. -Pidió la muchacha, manteniendo la compostura lo mejor que pudo, rehaciéndose de los nervios y el tartamudeo inicial. Krysser sonrió, reconociendo el valor de la joven, que seguramente había visto a muchos individuos talentosos en sus años en aquella recepción, y se apresuró a cumplimentar los registros pertinentes.
Tras la formalidad del registro y con el número asignado en mano, el tigre se apartó, dejando que otros luchadores siguieran inscribiéndose. No había mucho más que hacer salvo esperar, y mientras lo hacía, el bullicio del lugar lo envolvía. Los gritos de ánimo, apuestas improvisadas, fanáticos con banderas ondeando en lo alto formaban la banda sonora local. El aire olía a sudor, a bambú húmedo y a la comida de los puestos que se alzaban en el exterior del estadio, cuyo olor impregnaba todo el lugar para el afinado olfato del mink.
Una hora más tarde, el rugido de la multitud lo arrancó de sus pensamientos mientras se encontraba a punto de salir a combatir. El árbitro, con su peculiar traje amarillo, había subido ya a la arena. Con voz firme y sin ceremonias innecesarias, presentó al primer combatiente. Su adversario era aquel pequeño hombre de kimono blanco. El público respondió con un coro ensordecedor mientras el veterano guerrero subía a la plataforma. Su saludo fue contundente, golpeando el aire con aquel grito de guerra que resonó en cada rincón del coliseo.
El mink observó en silencio desde los pasillos que conducían a la arena. El eco de aquel "¡OSSSSSS!" vibraba en su pecho, pero lejos de intimidarlo, solo avivaba el instinto de combate que latía en su interior. Sus colmillos asomaron en una media sonrisa.
-Tiene agallas. -Murmuró, con su media sonrisa de lado. Finalmente, el árbitro pronunció su nombre. La multitud rugió de nuevo, expectante. Era su momento.
Con paso lento y pesado, el tigre emergió desde la sombra del pasillo hacia la luz del sol que bañaba la arena. Sus músculos tensos bajo el pelaje, las franjas negras y naranjas resplandeciendo con cada destello, y sus ojos dorados fijos en el rival ya posicionado. El sonido del público se mezclaba con el latido de su propio corazón, con la emoción del combate.
Subió a la plataforma con un salto ágil pese a su tamaño, cayendo con firmeza sobre la madera de bambú que crujió bajo su peso, y caminó hasta quedar a unos cinco metros del centro, tal como había hecho su rival. Allí, frente a frente con su oponente, el mink se inclinó apenas, un gesto breve de respeto, antes de dejar que su cola se agitara tras él con un movimiento felino cargado de expectación, signo inequívoco de sus ganas de pelear.
El combate de apertura estaba a punto de comenzar. El primer paso para cumplir sus metas.
Krysser avanzó con paso firme por el abarrotado vestíbulo, mientras su imponente figura destacaba entre la multitud de luchadores y espectadores que se agolpaban frente a los tablones repletos de carteles. Sus orejas felinas se movían de un lado a otro, captando cada murmullo, cada comentario emocionado sobre el torneo o sobre él. Algunos lo miraban con curiosidad, otros con cierta aprensión que casi rozaba el miedo, pues no era común ver a un mink, y mucho menos uno de aquel tamaño, y con el porte y la ferocidad de un tigre.
Al llegar al mostrador, el ambiente se tensó en apenas un instante. La joven encargada de la recepción lo recibió con una sonrisa amplia, aunque no pudo evitar que sus ojos se abrieran un poco más de lo normal al verlo de cerca, tragando saliva de forma inconsciente por los nervios. El mink apoyó una de sus garras sobre el mostrador, con suavidad, pero lo suficiente como para que el sonido de sus garras rozando la madera llamara la atención de los más cercanos.
-N... Nombre del participante, por favor. -Pidió la muchacha, manteniendo la compostura lo mejor que pudo, rehaciéndose de los nervios y el tartamudeo inicial. Krysser sonrió, reconociendo el valor de la joven, que seguramente había visto a muchos individuos talentosos en sus años en aquella recepción, y se apresuró a cumplimentar los registros pertinentes.
Tras la formalidad del registro y con el número asignado en mano, el tigre se apartó, dejando que otros luchadores siguieran inscribiéndose. No había mucho más que hacer salvo esperar, y mientras lo hacía, el bullicio del lugar lo envolvía. Los gritos de ánimo, apuestas improvisadas, fanáticos con banderas ondeando en lo alto formaban la banda sonora local. El aire olía a sudor, a bambú húmedo y a la comida de los puestos que se alzaban en el exterior del estadio, cuyo olor impregnaba todo el lugar para el afinado olfato del mink.
Una hora más tarde, el rugido de la multitud lo arrancó de sus pensamientos mientras se encontraba a punto de salir a combatir. El árbitro, con su peculiar traje amarillo, había subido ya a la arena. Con voz firme y sin ceremonias innecesarias, presentó al primer combatiente. Su adversario era aquel pequeño hombre de kimono blanco. El público respondió con un coro ensordecedor mientras el veterano guerrero subía a la plataforma. Su saludo fue contundente, golpeando el aire con aquel grito de guerra que resonó en cada rincón del coliseo.
El mink observó en silencio desde los pasillos que conducían a la arena. El eco de aquel "¡OSSSSSS!" vibraba en su pecho, pero lejos de intimidarlo, solo avivaba el instinto de combate que latía en su interior. Sus colmillos asomaron en una media sonrisa.
-Tiene agallas. -Murmuró, con su media sonrisa de lado. Finalmente, el árbitro pronunció su nombre. La multitud rugió de nuevo, expectante. Era su momento.
Con paso lento y pesado, el tigre emergió desde la sombra del pasillo hacia la luz del sol que bañaba la arena. Sus músculos tensos bajo el pelaje, las franjas negras y naranjas resplandeciendo con cada destello, y sus ojos dorados fijos en el rival ya posicionado. El sonido del público se mezclaba con el latido de su propio corazón, con la emoción del combate.
Subió a la plataforma con un salto ágil pese a su tamaño, cayendo con firmeza sobre la madera de bambú que crujió bajo su peso, y caminó hasta quedar a unos cinco metros del centro, tal como había hecho su rival. Allí, frente a frente con su oponente, el mink se inclinó apenas, un gesto breve de respeto, antes de dejar que su cola se agitara tras él con un movimiento felino cargado de expectación, signo inequívoco de sus ganas de pelear.
El combate de apertura estaba a punto de comenzar. El primer paso para cumplir sus metas.
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