21-08-2025, 06:05 PM
(Última modificación: 21-08-2025, 06:06 PM por Rackham Uker.)
¿Cómo alguien podría ser tan tonto? ¿Cómo podría un solo ser en este planeta atreverse a algo como lo que Uker hizo hoy?
Seguramente, más de algún pirata y persona que no le importe morir, pero ninguno de esos casos era el del pelinegro, que ahora se encontraba, rebuscando entre cada rincón de su humilde hogar provisional. Tenía prisa, y por eso se movía de un lado al otro mientras metía todo lo que podía en sus bolsillos, así como colocándose otra muda de ropa encima de la que tenía. En estos momentos era donde lamentaba nunca comprar una bolsa o mochila, pero siempre se había dicho que no lo sacarían de esa isla.
¿Qué había hecho y por qué parecía tan apresurado en salir corriendo? Para eso debemos irnos un par de horas antes, en el pequeño restaurante donde trabajaba.
Había luchado por encontrar trabajo más de lo que le gustaría admitir, pues su falta de experiencia real no lo dejaban en buena posición, pero un buen hombre le había permitido ser cocinero en su restaurante hace un par de meses. Así llegamos al día de hoy, en donde todo parecía ir con relativa normalidad, hasta la llegada de unos soldados de la marina. Se habían sentado y ocupado una de las mesas más cercanas a la cocina, y podía verlos sin problemas desde una pequeña abertura en la pared que servía para pasar los platos terminados hacia los meseros.
Intentó no verlos, no prestarles atención, al fin y al cabo no tenía porqué interactuar con ellos. Si podía pasar las siguientes horas sin salir de la cocina estaría todo bien, pero ellos tenían que abrir su boca.
Llamaron con rudeza a una de las meseras, solo para luego exigir que se les tomara la orden. Tal vez la mujer era nueva, tal vez les tuvo miedo, pero tardó en contestar afirmativamente y con un claro temblor en la voz. Uker simplemente se limitó a cocinar lo pedido, junto a otros de los cocineros, preparando cada cosa pedida por los 6 soldados. No tardaron más de lo esperado, tampoco hicieron un mal trabajo, pero no faltaron las quejas, gritos y malos tratos por parte de los recién llegados hacia la mesera, exigiendo ver a quien “preparó algo tan horroroso”.
Al mirar a su lado, el joven se encontró con las miradas de sus compañeros, pidiéndole en silencio que sea él quien se encargara del asunto. No le quedaba de otra, si no iba podían estar todo el día jodiendo a la clientela. Solo debía fingir un poco, por lo que salió por la puerta de la cocina lanzando un suspiro e intentando no mostrar ni una pizca del rencor que tenía hacia esas personas. - Señor, ¿se le ofrece algo? -. Su cara no fue la mejor, ni en cien vidas podría evitar mostrar su descontento con un soldado de la marina, y tal vez eso fue lo que llevó a una discusión a solo 2 minutos de empezar la charla.
¿Cómo terminó eso? Digamos que cierta persona, y por una obvia equivocación, estrelló la cabeza de ese soldado contra la mesa frente a la que estaba sentado. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho, cuando el silencio se adueñó del lugar. Lo único que pudo decir antes de irse corriendo fue un “lo siento” dirigido hacia el dueño del lugar.
Y ahora estamos aquí, con el hombre terminando de agarrar todo lo que podía de su hogar y simplemente marchándose, pensando en que podría hacer ahora. - Genial, otra isla de la que me tengo que ir -. Si, no era la primera vez. - Y seguramente le traje problemas a ese buen hombre, demonios -. Tuvo que estrellar su mano contra su cara para calmarse. - Soy una mierda, carajo -.
¿Debería ir a la zona norte de la isla? La idea pasó fugazmente por su cabeza, pero se dio cuenta de que seguramente sea donde más seguridad hay, y donde mejor pueden encontrarlo. - Y deben tener vigilado el puerto, ¿Cómo voy a irme ahora? -.
Seguramente, más de algún pirata y persona que no le importe morir, pero ninguno de esos casos era el del pelinegro, que ahora se encontraba, rebuscando entre cada rincón de su humilde hogar provisional. Tenía prisa, y por eso se movía de un lado al otro mientras metía todo lo que podía en sus bolsillos, así como colocándose otra muda de ropa encima de la que tenía. En estos momentos era donde lamentaba nunca comprar una bolsa o mochila, pero siempre se había dicho que no lo sacarían de esa isla.
¿Qué había hecho y por qué parecía tan apresurado en salir corriendo? Para eso debemos irnos un par de horas antes, en el pequeño restaurante donde trabajaba.
Había luchado por encontrar trabajo más de lo que le gustaría admitir, pues su falta de experiencia real no lo dejaban en buena posición, pero un buen hombre le había permitido ser cocinero en su restaurante hace un par de meses. Así llegamos al día de hoy, en donde todo parecía ir con relativa normalidad, hasta la llegada de unos soldados de la marina. Se habían sentado y ocupado una de las mesas más cercanas a la cocina, y podía verlos sin problemas desde una pequeña abertura en la pared que servía para pasar los platos terminados hacia los meseros.
Intentó no verlos, no prestarles atención, al fin y al cabo no tenía porqué interactuar con ellos. Si podía pasar las siguientes horas sin salir de la cocina estaría todo bien, pero ellos tenían que abrir su boca.
Llamaron con rudeza a una de las meseras, solo para luego exigir que se les tomara la orden. Tal vez la mujer era nueva, tal vez les tuvo miedo, pero tardó en contestar afirmativamente y con un claro temblor en la voz. Uker simplemente se limitó a cocinar lo pedido, junto a otros de los cocineros, preparando cada cosa pedida por los 6 soldados. No tardaron más de lo esperado, tampoco hicieron un mal trabajo, pero no faltaron las quejas, gritos y malos tratos por parte de los recién llegados hacia la mesera, exigiendo ver a quien “preparó algo tan horroroso”.
Al mirar a su lado, el joven se encontró con las miradas de sus compañeros, pidiéndole en silencio que sea él quien se encargara del asunto. No le quedaba de otra, si no iba podían estar todo el día jodiendo a la clientela. Solo debía fingir un poco, por lo que salió por la puerta de la cocina lanzando un suspiro e intentando no mostrar ni una pizca del rencor que tenía hacia esas personas. - Señor, ¿se le ofrece algo? -. Su cara no fue la mejor, ni en cien vidas podría evitar mostrar su descontento con un soldado de la marina, y tal vez eso fue lo que llevó a una discusión a solo 2 minutos de empezar la charla.
¿Cómo terminó eso? Digamos que cierta persona, y por una obvia equivocación, estrelló la cabeza de ese soldado contra la mesa frente a la que estaba sentado. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho, cuando el silencio se adueñó del lugar. Lo único que pudo decir antes de irse corriendo fue un “lo siento” dirigido hacia el dueño del lugar.
Y ahora estamos aquí, con el hombre terminando de agarrar todo lo que podía de su hogar y simplemente marchándose, pensando en que podría hacer ahora. - Genial, otra isla de la que me tengo que ir -. Si, no era la primera vez. - Y seguramente le traje problemas a ese buen hombre, demonios -. Tuvo que estrellar su mano contra su cara para calmarse. - Soy una mierda, carajo -.
¿Debería ir a la zona norte de la isla? La idea pasó fugazmente por su cabeza, pero se dio cuenta de que seguramente sea donde más seguridad hay, y donde mejor pueden encontrarlo. - Y deben tener vigilado el puerto, ¿Cómo voy a irme ahora? -.
