22-08-2025, 04:36 PM
La brisa marina refresca mi cara, ya humedecida por el sudor. Mi respiración ya ha vuelto a la normalidad, aunque no así mi pulso. Noto los latidos de mi corazón en el pecho, como el retumbar de los pasos de unos soldados que marchan a casa después de una batalla. Mi casa... ahora no sé cuál es mi casa. Tal vez el mar sea mi nueva casa, el mundo. Mucha gente dice que el hogar es donde están los suyos, pero yo hace tiempo que no se donde están mis padres. No tengo una vivienda a la que volver y no sé donde puedo encontrar a mi familia. Si tan solo pudiera...
En este momento, recuerdo aquellos extraños papeles que metió mi madre en el colgante. Esos que aseguraba me indicarían el camino hacia ellos. Aquellos pedazos blancos de esperanza que se encuentran dentro de mi collar. Lo saco de dentro de mi camisa y me apresuro a abrir la cajita portafotos que contiene. El cierre se resiste a mis cansadas manos. O tal vez, sea el ansia que me guía y que impide a mis dedos tener su habitual destreza. Tras unos instantes frustrantes, consigo que la pestaña que mantiene el collar cerrado se hunda y deje libre la tapa. Abro con cuidado el soporte. Dentro solo puedo encontrar algo de polvo gris que cubre la foto que atesoraba mi madre dentro. Un polvo que sirve de metáfora con mis ilusiones, ya que ahora siento como se han hecho trizas, como se evaporan. Soplo y se forma ante mi cara una pequeña nube grisácea, como las que anuncian tormenta. Toso para expulsar el polvo que ha entrado por la boca y cuando recupero la respiración, puedo observar la foto a la perfección, curiosamente conservada en perfecto estado. Como un cuadro que ha permanecido aislado en un museo, sin luces ni manos que lo deterioren. Una imagen que hace que mis ojos comiencen a llenarse de lágrimas. Una feliz pareja, vestidos con ropa de explorador, con sombrero y todo, y entre ellos un niño pequeño, de pelo alborozado y sonrisa deslumbrante. Se les ve felices. Éramos felices sin saberlo. Al menos mientras mis padres no estaban en alguna de sus expediciones, a las que me tenían prohibido acompañarles. A las que nunca debí haberme colado para seguirlos.
Cierro la cajita de mi colgante y continúo mi paso hacia el puerto y nada más alzar mi mirada, puedo ver una caja de madera pegada a la pared. De esas que abundan en los puertos. De las que se usan para transportar los alimentos que se venderán en el mercado. Me apresuro para acercarme y retirar la tapa, a prisa, pues el hambre ha tomado el control de mis actos nada más verla. Quito la cubierta de madera y me llevo la segunda decepción en tan solo un minuto. Las manzanas que contenía la caja dejaron de ser comestibles hace ya unos cuantos días. El acido olor a fruta podrida inunda mi nariz llegando a lo más profundo como lo haría una lombriz o... Gusanos. Gusanos por todas partes. Quién sabe lo que podría pasarme de comer una sola de estas manzanas, pero el hambre empuja aún más que la razón. Comienzo a apartar las primeras piezas, con la idea ilusa de que solo la primera capa se haya echado a perder. Aparto una y otra hasta que de repente se muestra ante mi. Una manzana roja, casi perfecta. Parece de una variedad totalmente distinta a las otras, pero se conserva en buen estado. Está tersa y su piel roja, hace que mi boca se llene de saliva, como si me atrajese hacia ella como las luces a las polillas. La froto sobre mi camisa, sobre una de las pocas zonas limpias, y la acerco a mi cara. Huele bien, nada que ver con el resto de la caja. Las espirales de la piel me hacen analizarla un par de segundos, hasta que el rugido de mi estómago ordena que me la coma. La llevo a mi boca y clavo mis dientes en ella. Una y otra vez. Llevo ya media pieza comida cuando soy capaz de notar su sabor. Es amargo, pero no amargo como un café en la mañana, no. Amargo como si hubiese mordido arcilla. Es repugnante, tanto que tras tragarla comienzo a toser del asco. Observo la fruta, con toda mi decepción y lanzo el cuarto que me queda. Definitivamente, esta también estaba podrida.
Solo he comido un poco, pero ya noto como las energías vuelven a mi cuerpo. Quizá haya engañado a mi estómago y pueda aguantar un rato sin volver a sentir el hambre. Me incorporo y miro al frente de la calle. Me había centrado tanto en la caja que no fui capaz de ver que había llegado al puerto. Ante mi los barcos bailan al son que tocan las olas contra sus cascos. Ya hay gritos de marineros dando instrucciones para la carga de mercancías en las bodegas. Sería un buen momento para colarme en alguno de ellos y poner rumbo a una nueva isla. Lejos del influjo de Reena. Algún lugar donde pueda estar seguro. Algo a lo que poder llamar hogar.
Miro hacia la derecha, al primero de los tres barcos enormes que se alzan frente a mi como tres gigantes. No intimidadores, no, sino de los que cargan a sus aliados para mantenerlos a salvo. Un cartel junto a la pasarela indica que es barco se dirige a la isla de Baterilla. No se mucho acerca de esta isla, pero veo que cargan carne seca y sacos de azúcar. Sería una buena opción, ya que podría aprovechar la confusión y comer de los raídos sacos para hacerme pasar por rata. Por rata... muy a mi pesar. Con lo que odio esa comparación...
Junto a él se eleva un buque aún más colosal. Uno cuya bandera reconozco de los libros que pude cosechar en mis incursiones para el jefe. El reino de Sorbet. Un reino con un pasado muy rico pero una población muy extensa, algo que podría servirme para pasar desapercibido, pero también algo que llenaría mi entorno de ojos curiosos y labios delatores.
El tercer barco es mucho más pequeño que los anteriores. Su tamaño y el hecho de poseer una robusta coraza rompehielos me hacen sospechar que ni va muy lejos, ni las aguas que planea navegar son muy cálidas. El reino de Roshwan, la isla más cercana a Samba. Pienso en lo corto que sería el viaje y creo que sería una buena opción, puesto que cuanto menos días he de pasar oculto en la bodega menor es el riesgo de que me encuentren. Pero la cercanía también supone algo peor. Podría ser el primer sitio por el que comience la búsqueda de la familia Reena. Y el último de mis deseos es tenerlos cerca.
Reflexiono sobre cuál de los tres barcos es mi mejor opción. No conozco mucho acerca de ninguna de las islas y no se cómo se tomarán la llegada de polizones. Tal vez en cualquiera de ellas me resulte difícil encontrar comida, pese a llevar conmigo el dinero que he ido consiguiendo con los trabajos para Reena y la tienda de anticuario. Samba ha sido mi lugar durante mucho tiempo, un sitio dónde sin duda se ganarme la vida, pero con una gran sombra tras de mi. Tal vez pueda encontrar aliados aquí que me permitan hacer frente al jefe. Él cuenta con muchos subordinados, yo no puedo pasar solo toda la vida. Esta vez ha sido un grupo de chiquillos desdichados, no sé que mandará tras de mí la próxima vez.
Tras unos instantes respiro hondo. La decisión está tomada. No puedo huir solo. Debo conseguir compañeros con los que poder luchar contra nuestros enemigos. Yo solo no seré capaz de enfrentarme a los monstruos que andan sueltos. Me giro hacia uno de los edificios que hay en el puerto, uno con aspecto de antigua lonja abandonada y busco una ventana por la que colarme. Por el momento me esconderé aquí, junto al puerto. En caso de problemas siempre poder escabullirme en algún barco y huir. Pero espero encontrar aliados antes de eso.
En este momento, recuerdo aquellos extraños papeles que metió mi madre en el colgante. Esos que aseguraba me indicarían el camino hacia ellos. Aquellos pedazos blancos de esperanza que se encuentran dentro de mi collar. Lo saco de dentro de mi camisa y me apresuro a abrir la cajita portafotos que contiene. El cierre se resiste a mis cansadas manos. O tal vez, sea el ansia que me guía y que impide a mis dedos tener su habitual destreza. Tras unos instantes frustrantes, consigo que la pestaña que mantiene el collar cerrado se hunda y deje libre la tapa. Abro con cuidado el soporte. Dentro solo puedo encontrar algo de polvo gris que cubre la foto que atesoraba mi madre dentro. Un polvo que sirve de metáfora con mis ilusiones, ya que ahora siento como se han hecho trizas, como se evaporan. Soplo y se forma ante mi cara una pequeña nube grisácea, como las que anuncian tormenta. Toso para expulsar el polvo que ha entrado por la boca y cuando recupero la respiración, puedo observar la foto a la perfección, curiosamente conservada en perfecto estado. Como un cuadro que ha permanecido aislado en un museo, sin luces ni manos que lo deterioren. Una imagen que hace que mis ojos comiencen a llenarse de lágrimas. Una feliz pareja, vestidos con ropa de explorador, con sombrero y todo, y entre ellos un niño pequeño, de pelo alborozado y sonrisa deslumbrante. Se les ve felices. Éramos felices sin saberlo. Al menos mientras mis padres no estaban en alguna de sus expediciones, a las que me tenían prohibido acompañarles. A las que nunca debí haberme colado para seguirlos.
Cierro la cajita de mi colgante y continúo mi paso hacia el puerto y nada más alzar mi mirada, puedo ver una caja de madera pegada a la pared. De esas que abundan en los puertos. De las que se usan para transportar los alimentos que se venderán en el mercado. Me apresuro para acercarme y retirar la tapa, a prisa, pues el hambre ha tomado el control de mis actos nada más verla. Quito la cubierta de madera y me llevo la segunda decepción en tan solo un minuto. Las manzanas que contenía la caja dejaron de ser comestibles hace ya unos cuantos días. El acido olor a fruta podrida inunda mi nariz llegando a lo más profundo como lo haría una lombriz o... Gusanos. Gusanos por todas partes. Quién sabe lo que podría pasarme de comer una sola de estas manzanas, pero el hambre empuja aún más que la razón. Comienzo a apartar las primeras piezas, con la idea ilusa de que solo la primera capa se haya echado a perder. Aparto una y otra hasta que de repente se muestra ante mi. Una manzana roja, casi perfecta. Parece de una variedad totalmente distinta a las otras, pero se conserva en buen estado. Está tersa y su piel roja, hace que mi boca se llene de saliva, como si me atrajese hacia ella como las luces a las polillas. La froto sobre mi camisa, sobre una de las pocas zonas limpias, y la acerco a mi cara. Huele bien, nada que ver con el resto de la caja. Las espirales de la piel me hacen analizarla un par de segundos, hasta que el rugido de mi estómago ordena que me la coma. La llevo a mi boca y clavo mis dientes en ella. Una y otra vez. Llevo ya media pieza comida cuando soy capaz de notar su sabor. Es amargo, pero no amargo como un café en la mañana, no. Amargo como si hubiese mordido arcilla. Es repugnante, tanto que tras tragarla comienzo a toser del asco. Observo la fruta, con toda mi decepción y lanzo el cuarto que me queda. Definitivamente, esta también estaba podrida.
Solo he comido un poco, pero ya noto como las energías vuelven a mi cuerpo. Quizá haya engañado a mi estómago y pueda aguantar un rato sin volver a sentir el hambre. Me incorporo y miro al frente de la calle. Me había centrado tanto en la caja que no fui capaz de ver que había llegado al puerto. Ante mi los barcos bailan al son que tocan las olas contra sus cascos. Ya hay gritos de marineros dando instrucciones para la carga de mercancías en las bodegas. Sería un buen momento para colarme en alguno de ellos y poner rumbo a una nueva isla. Lejos del influjo de Reena. Algún lugar donde pueda estar seguro. Algo a lo que poder llamar hogar.
Miro hacia la derecha, al primero de los tres barcos enormes que se alzan frente a mi como tres gigantes. No intimidadores, no, sino de los que cargan a sus aliados para mantenerlos a salvo. Un cartel junto a la pasarela indica que es barco se dirige a la isla de Baterilla. No se mucho acerca de esta isla, pero veo que cargan carne seca y sacos de azúcar. Sería una buena opción, ya que podría aprovechar la confusión y comer de los raídos sacos para hacerme pasar por rata. Por rata... muy a mi pesar. Con lo que odio esa comparación...
Junto a él se eleva un buque aún más colosal. Uno cuya bandera reconozco de los libros que pude cosechar en mis incursiones para el jefe. El reino de Sorbet. Un reino con un pasado muy rico pero una población muy extensa, algo que podría servirme para pasar desapercibido, pero también algo que llenaría mi entorno de ojos curiosos y labios delatores.
El tercer barco es mucho más pequeño que los anteriores. Su tamaño y el hecho de poseer una robusta coraza rompehielos me hacen sospechar que ni va muy lejos, ni las aguas que planea navegar son muy cálidas. El reino de Roshwan, la isla más cercana a Samba. Pienso en lo corto que sería el viaje y creo que sería una buena opción, puesto que cuanto menos días he de pasar oculto en la bodega menor es el riesgo de que me encuentren. Pero la cercanía también supone algo peor. Podría ser el primer sitio por el que comience la búsqueda de la familia Reena. Y el último de mis deseos es tenerlos cerca.
Reflexiono sobre cuál de los tres barcos es mi mejor opción. No conozco mucho acerca de ninguna de las islas y no se cómo se tomarán la llegada de polizones. Tal vez en cualquiera de ellas me resulte difícil encontrar comida, pese a llevar conmigo el dinero que he ido consiguiendo con los trabajos para Reena y la tienda de anticuario. Samba ha sido mi lugar durante mucho tiempo, un sitio dónde sin duda se ganarme la vida, pero con una gran sombra tras de mi. Tal vez pueda encontrar aliados aquí que me permitan hacer frente al jefe. Él cuenta con muchos subordinados, yo no puedo pasar solo toda la vida. Esta vez ha sido un grupo de chiquillos desdichados, no sé que mandará tras de mí la próxima vez.
Tras unos instantes respiro hondo. La decisión está tomada. No puedo huir solo. Debo conseguir compañeros con los que poder luchar contra nuestros enemigos. Yo solo no seré capaz de enfrentarme a los monstruos que andan sueltos. Me giro hacia uno de los edificios que hay en el puerto, uno con aspecto de antigua lonja abandonada y busco una ventana por la que colarme. Por el momento me esconderé aquí, junto al puerto. En caso de problemas siempre poder escabullirme en algún barco y huir. Pero espero encontrar aliados antes de eso.
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