23-08-2025, 08:48 AM
Escuché todo su discurso con la seriedad de alguien que, en el fondo, estaba pensando más en el estofado de la tarde que en las palabras grandilocuentes de un forastero. El chico hablaba como si intentara incendiarme el corazón con antorchas de ambición, y yo lo observaba… mascando imaginariamente, como siempre que me da hambre en medio de una charla larga.
—Muchacho…— Dije al fin, soltando un resoplido tan fuerte que le revolví el cabello como si hubiera metido la cabeza en una tormenta. —Lo cuentas muy bonito, eh. Oro, fama, mujeres, barcos, monstruos marinos… ¡suena delicioso! Pero te diré algo: yo ya hice todo eso. Y lo hice con tripas llenas, no con un estómago que suena como tambor viejo como el tuyo.—
Sonreí de oreja a oreja, dejando que mis dientes brillaran bajo el sol, y arqueé la ceja con picardía. —¿Sabes qué he visto yo en mis años en el mar? Cosas que te dejarían los calzones más mojados que esta plaza después de una tormenta. Reyes Marinos que usaban barcos enteros como mondadientes, tormentas que tragaban islas, banquetes que duraban semanas. Créeme, chiquillo, lo que yo he vivido no lo ves ni aunque te metas cien años en el mar… y eso suponiendo que no te coma la primera gaviota hambrienta.—
Incliné la cabeza un poco hacia los aldeanos, que ya se habían calmado con mi voz, y añadí con una sonrisa burlona: —Además, ¿qué motivos tengo para irme? Aquí me alimentan todos los días, me dan cerveza, me cuentan chismes del pueblo y los niños me pintan la cara como si fuera un mural. ¿Tú crees que allá afuera alguien va a traerme pan recién horneado hasta la boca? ¿O flores para adornar mi barba? Ni en tus sueños más húmedos, amigo.—
La plaza entera retumbó cuando solté mi carcajada:
Algunos niños imitaron el sonido y yo les guiñé un ojo, haciéndolos reír aún más. —Mírame, estoy enterrado hasta el cuello y aún así vivo mejor que muchos capitanes de barco. No me mojo, no me mareo, y el único monstruo que me ataca es la suegra del alcalde cuando me da sopa aguada.—
Volví a clavar mis ojos en el muchacho, pero con esa chispa juguetona que nunca me falta. —Ashveil, ¿no? Mira, tú sigue soñando con tu oro y tus cielos infinitos. ¡Eso está bien! Pero a mí no me vengas a vender libertad cuando aquí tengo un techo, comida, compañía y un hoyo hecho a mi medida. Tú dirías que soy prisionero… yo digo que soy el huésped más consentido del East Blue.—
Con un último bufido, me acomodé lo poco que podía dentro de la tierra y cerré un ojo, como quien decide volver a la siesta. —Cuando cumpla mi condena, volveré a surcar mares… pero por ahora, chiquillo, yo me quedo con mi banquete diario y mis siestas largas. Tú ve a conquistar el mundo, y tráeme un barril de cerveza cuando seas famoso, ¿trato hecho?—
—Muchacho…— Dije al fin, soltando un resoplido tan fuerte que le revolví el cabello como si hubiera metido la cabeza en una tormenta. —Lo cuentas muy bonito, eh. Oro, fama, mujeres, barcos, monstruos marinos… ¡suena delicioso! Pero te diré algo: yo ya hice todo eso. Y lo hice con tripas llenas, no con un estómago que suena como tambor viejo como el tuyo.—
Sonreí de oreja a oreja, dejando que mis dientes brillaran bajo el sol, y arqueé la ceja con picardía. —¿Sabes qué he visto yo en mis años en el mar? Cosas que te dejarían los calzones más mojados que esta plaza después de una tormenta. Reyes Marinos que usaban barcos enteros como mondadientes, tormentas que tragaban islas, banquetes que duraban semanas. Créeme, chiquillo, lo que yo he vivido no lo ves ni aunque te metas cien años en el mar… y eso suponiendo que no te coma la primera gaviota hambrienta.—
Incliné la cabeza un poco hacia los aldeanos, que ya se habían calmado con mi voz, y añadí con una sonrisa burlona: —Además, ¿qué motivos tengo para irme? Aquí me alimentan todos los días, me dan cerveza, me cuentan chismes del pueblo y los niños me pintan la cara como si fuera un mural. ¿Tú crees que allá afuera alguien va a traerme pan recién horneado hasta la boca? ¿O flores para adornar mi barba? Ni en tus sueños más húmedos, amigo.—
La plaza entera retumbó cuando solté mi carcajada:
—¡GUH-HUH-HUH-HUH-HUUUHH!—.
Algunos niños imitaron el sonido y yo les guiñé un ojo, haciéndolos reír aún más. —Mírame, estoy enterrado hasta el cuello y aún así vivo mejor que muchos capitanes de barco. No me mojo, no me mareo, y el único monstruo que me ataca es la suegra del alcalde cuando me da sopa aguada.—
Volví a clavar mis ojos en el muchacho, pero con esa chispa juguetona que nunca me falta. —Ashveil, ¿no? Mira, tú sigue soñando con tu oro y tus cielos infinitos. ¡Eso está bien! Pero a mí no me vengas a vender libertad cuando aquí tengo un techo, comida, compañía y un hoyo hecho a mi medida. Tú dirías que soy prisionero… yo digo que soy el huésped más consentido del East Blue.—
Con un último bufido, me acomodé lo poco que podía dentro de la tierra y cerré un ojo, como quien decide volver a la siesta. —Cuando cumpla mi condena, volveré a surcar mares… pero por ahora, chiquillo, yo me quedo con mi banquete diario y mis siestas largas. Tú ve a conquistar el mundo, y tráeme un barril de cerveza cuando seas famoso, ¿trato hecho?—
