El estruendo de las bombas sacudió la arena, levantando una nube espesa de humo y destellos que arrancó vítores y gritos de desconcierto del público. La multitud buscaba entre el caos a los combatientes, pero Krysser no perdió ni un instante en el desconcierto. Sus ojos felinos, habituados a la penumbra y a la confusión del bosque, no necesitaban claridad para cazar.
El tigre sonrió con una mueca apenas perceptible. La señal que había estado esperando había llegado, y no iba a desperdiciarla.
En lugar de retroceder como un luchador común haría ante la repentina explosión, Krysser se lanzó hacia delante, recorriendo la distancia en diagonal y hundiéndose en la cortina de humo como una sombra viviente. El rugido de la multitud se apagó para él, lo único que importaba era su oponente. Con aquel nivel de concentración podía oír el latido acelerado de su corazón, así como la vibración del suelo con sus pasos apresurados, aunque el caos del lugar hacía imposible confiar ciegamente en aquella información, y no estaba tan orgulloso de su oído para arriesgarse por algo así. Su afinado olfato, en otras ocasiones infalible, tal vez captaba ligeros rastros del aroma de Choromatsu, adornado con el olor metálico los puños americanos que llevaba, aunque no era algo confiable en medio de tanto humo, o con el olor de la explosión aún fresco. Sin embargo, nada podía evitar que captara la sombra que formaba la silueta de su enemigo, perceptible para su afilado ojo felino. Ahí estaba su presa.
El hermano serio corría hacia el frente, convencido de que la confusión jugaba a su favor, dispuesto a lanzarse gritando su burla. Pero antes de que pudiera siquiera distinguir entre la humareda el cuerpo de su adversario frente a él esperando, un destello naranja atravesaría la niebla desde su costado.
Krysser emergió del humo como un depredador en emboscada, con los músculos tensos tras el portentoso salto y la cola erguida en equilibrio. Con un puñetazo seco y un rugido gutural acompañándolo en forme de palabra, buscó interceptar el avance de Choromatsu, lanzándose con el ímpetu de un tigre que se abalanza desde la maleza.
-¡Goken! -Fue la forma que tomó su rugido, acompasando el sonido sordo del impacto en el rostro de su rival.
Su objetivo era simple, cortar su carrera en seco, romper su ritmo antes de que el puño de su oponente pudiera siquiera alzarse en su contra. En la guerra no había tiempo para palabras ni para fanfarrias. Así actuaba un cazador, de frente y anticipándose a la presa.
El tigre sonrió con una mueca apenas perceptible. La señal que había estado esperando había llegado, y no iba a desperdiciarla.
En lugar de retroceder como un luchador común haría ante la repentina explosión, Krysser se lanzó hacia delante, recorriendo la distancia en diagonal y hundiéndose en la cortina de humo como una sombra viviente. El rugido de la multitud se apagó para él, lo único que importaba era su oponente. Con aquel nivel de concentración podía oír el latido acelerado de su corazón, así como la vibración del suelo con sus pasos apresurados, aunque el caos del lugar hacía imposible confiar ciegamente en aquella información, y no estaba tan orgulloso de su oído para arriesgarse por algo así. Su afinado olfato, en otras ocasiones infalible, tal vez captaba ligeros rastros del aroma de Choromatsu, adornado con el olor metálico los puños americanos que llevaba, aunque no era algo confiable en medio de tanto humo, o con el olor de la explosión aún fresco. Sin embargo, nada podía evitar que captara la sombra que formaba la silueta de su enemigo, perceptible para su afilado ojo felino. Ahí estaba su presa.
El hermano serio corría hacia el frente, convencido de que la confusión jugaba a su favor, dispuesto a lanzarse gritando su burla. Pero antes de que pudiera siquiera distinguir entre la humareda el cuerpo de su adversario frente a él esperando, un destello naranja atravesaría la niebla desde su costado.
Krysser emergió del humo como un depredador en emboscada, con los músculos tensos tras el portentoso salto y la cola erguida en equilibrio. Con un puñetazo seco y un rugido gutural acompañándolo en forme de palabra, buscó interceptar el avance de Choromatsu, lanzándose con el ímpetu de un tigre que se abalanza desde la maleza.
-¡Goken! -Fue la forma que tomó su rugido, acompasando el sonido sordo del impacto en el rostro de su rival.
Su objetivo era simple, cortar su carrera en seco, romper su ritmo antes de que el puño de su oponente pudiera siquiera alzarse en su contra. En la guerra no había tiempo para palabras ni para fanfarrias. Así actuaba un cazador, de frente y anticipándose a la presa.
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