26-08-2025, 05:38 AM
(Última modificación: 26-08-2025, 05:39 AM por Hyákinthos.)
La indignación se plantó en su rostro el tiempo suficiente para que se notara su boca semi abierta incluso antes de que alguna palabra saliera de esta. —¿Disculpa? No soy un diamante en bruto, estoy muy bien pulido —dijo en voz baja antes de recuperar la sonrisa de medio lado que lo acompañaba desde que pasó por la puerta del salón privado —, pero, viniendo de usted, puedo dejarlo pasar —mencionó mientras se acomodaba mejor, dejando que su mejilla se apoyara sobre su propio puño.
—¿Ah sí? En ese caso, me alegrará mucho hacer negocios con usted, estoy ansioso por conocer a esos otros clientes, además, debo concordar en lo que dice, no creo que esta sea la primera y última vez que nos veamos —. Eso lo tenía más que claro, ya fuera que le mostrara su trabajo esta misma noche o la siguiente, algo le decía que el trato ya estaba casi cerrado ¿Qué faltaba? ¿Darse la mano y firmar un contrato? ¿Por qué no hacerlo ya de todos modos? Pensarlo le hacía sonreír y llenar su mente con el confort que le daría todo el dinero que obtendría de este trato; sin embargo, tampoco quería pecar de inocente ni adelantarse a los hechos, por eso prefería escuchar todo lo que el pelinegro tuviera que decirle antes de hacer algún comentario más atrevido con respecto al negocio.
—¿Puede hacerlo? ¿Ayudarme a esquivar los conflictos legales? —Se acomodó mejor en el sillón, irguiéndose y mostrando su altura natural, dispuesto a sincerarse con su nuevo futuro cliente. —Eso sería conveniente, después de todo, trabajo solo desde hace seis meses y la discreción es importante para mí, no tengo un cartel de recompensa por mi cabeza y espero que así se mantengan las cosas, por eso es importante que sepa que mi tiempo en esta isla caduca pronto —. Porque desde que llegó al South Blue, específicamente al Reino Sorbet, había pasado año y medio intentando ganarse la vida por las buenas, funcionó relativamente bien, pero…necesitaba más y eso lo hizo recaer en viejos hábitos que empezaron a darle mucho más de lo que tenía, pero…empezaba a sentirse incómodo, empezaba a sentir ojos sobre sí y eso…eso no es agradable para alguien que pretende no hacerse notar. —¿Le importaría si mi mercancía viene de otras islas? Disculpe…reformulo ¿Le importaría expandir sus negocios a otras islas?
Sonrió más confiado, incluso de forma amigable y educada cuando escuchó que, como esperaba, el pelinegro aceptaba la solicitud de observarlo en su trabajo, eso lo emocionó suficiente como para que sus ojos brillaran como los de un niño al que le acaban de regalar su juguete soñado, solo necesitaba dar algo, una fecha y una hora, pero ¿Estaba en verdad eso en sus manos? —No, no le daré una fecha ni una hora, eso dígamelo usted, mi trabajo me permite ser flexible con los horarios considerando que soy mi propio jefe, así que…dejo en sus manos que agende nuestra próxima cita.
No obtuvo respuesta.
No, claro que no.
La provocación llegó muy lejos.
La presión en su nuca lo hizo abrir sus ojos y su boca ¿Iba a quejarse? No, no pudo, no le dio tiempo, tampoco tenía las ganas de evitar el contacto que anheló desde que cruzó por la puerta y que se intensificó con aquella lamida en su labio que, aunque lo desconcertó, lo hizo desear más y luego, luego vino ese beso, ese choque de sus labios que dejó atrás las medias tintas, las formalidades, el profesionalismo…¿Fueron profesionales para empezar?
Sus manos enguantadas se elevaron y sujetaron con fuerza la camisa ajena sin importar las arrugas que eso pudiera causar en la tela planchada, pegó su cuerpo más al ajeno y usó su lengua para batallar por un dominio que sabía perdido, pero por el que quería pelear, aunque fuera momentáneamente; sin embargo, supo que perdió cuando la mano ajena se apretó en una de sus nalgas, haciéndolo dar un respingo y dejando escapar un jadeo que murió en la boca contraria justo antes de que se separara.
—Disfrutemos el viaje entonces —. Dejó que el pelinegro deshiciera su corbata mientras que sus manos buscaron deshacerse de sus propios guantes, con una lentitud tortuosa, contrastando con el actuar impulsivo del otro hombre. —Pareces desesperado —. Intentó que su voz sonara apacible, pero un temblor en ella, sumado al calor de su cuerpo y el propio movimiento de sus caderas que buscaban las otras para sentir la erección que ocultaban sus pantalones, fueron el cóctel que reveló que la excitación crecía con cada caricia que recibía.
—Creo que hace rato dejamos las formalidades, Jin ¿No lo crees? —Se dejó caer de espaldas al sillón rojo, dejando que, por el momento, fuera el otro hombre quién guiara el momento y, cuando por fin este se colocó sobre él, sus manos, ahora sin tela de por medio y aprovechando la camisa desabrochada del otro, se apresaron en la espalda ajena mientras que sus labios correspondían al beso con la misma hambre que el pelinegro mostrara; sin embargo, mucho de jugar a ser tan sumiso podía pasarle factura.
Sus manos, al menos la libre, recorrió el torso ajeno sintiendo bajo la yema de sus dedos los firmes músculos contrarios, mientras que la otra apretó con más fuerza la que el pelinegro había tomado entre la suya y, luego, levantó una de sus piernas, dejando que su rodilla se interpusiera entre sus cuerpos, lo que aprovechó para empujar, tanto con su pierna como con su mano, al otro hombre hacia atrás, lo que haría que ambos quedaran sentados sobre el sofá rojizo, una posición que el de cabello rosa aprovecharía para acariciar con suavidad la erección, aun cuando la tela le estorbara.
—Tsk…al inicio dijo que solía hacer que sus invitados se arrodillaran y sé que dije que no le daría el gusto, pero…ahora mismo podría pensármelo —Su otra mano bajó también para empezar a quitar el cinturón. —…sí consideraras rogar un poco por ello —. Apartó la correa, así como los botones del pantalón y bajó la cremallera con más paciencia de la que podía permitirse para abrir después el pantalón y dejar los calzoncillos expuestos a su vista y una vista más clara de lo que estos esconden. Sonrió.
—Pero por ahora, podría enseñarte que tan buenas son mis manos —. Empezó a acariciar sobre la tela de arriba a abajo, cuidando de ser delicado, pero no tanto para ser considerado un mojigato, aplicó algo de presión y, mientras, llevó sus labios al cuello del contrario, presionándolos sobre este y empezando a trazar un camino de besos mojados que no buscaban dejar una marca, pero si estimular.
Descendió hasta llegar a la clavícula, besó a lo largo y, cuando se acercó más al centro, se atrevió a succionar un poco, nada tan fuerte como para que fuera grave, pero la sensación lo hizo sonreír —. ¿Y entonces? Estoy esperando ese ruego, Jin…
