No Compres: Adopta! (Pasado/Bai Mudan)
#2
El sol aún se filtraba por la ventana de su alcoba —aquel estrecho aposento adosado torpemente al cuarto contiguo— cuando Bai, hastiada del encierro voluntario en el que se hallaba sumida, resolvió salir a dar un paseo. Y es que el cielo, conservando aún su brillante azul, la invitaba a visitar la lonja que, a esas horas, todavía mantenía abiertas sus puertas —y que, en el peor de los casos, siempre le quedaba la posibilidad de recorrer la calle de los artesanos, donde  podría aligerar la rigidez acumulada tras largas horas de estar en una misma posición.

Satisfecha con la idea, la mujer dejo la pluma sobre un viejo tintero sin apenas tinta en su interior, bostezó, estiró los brazos y se puso en pie echando un vistazo rápido a la habitación.

Allí dentro, un armario demasiado estrecho intentaba, sin éxito alguno, ocultar la puerta que comunicaba ambas estancias. Y digo intentar porque la madera dejaba entrever, con descaro, los bordes del marco. Aunque aquello suponía una afrenta evidente a su intimidad, prefería imaginar que, al otro lado, estaría mejor disimulada, como si así pudiera conservarse, de alguna retorcida manera, la ilusión de intimidad propia, al tiempo que se preservaba la armonía del lugar y el sosiego de cuantos allí vivían.
Pero, a decir verdad, nada de eso tenía ya demasiada importancia.
Desde su llegada a aquella modesta posada, impregnada del aroma penetrante de la madera y las azaleas, que todas las noches, sin excepción, le asaltaba la impresión de que la parede contigua estaba a punto de venirse sobre ella.

Quizá por eso había arrimado contra ella su baúl y el pesado cajón de libros, levantado así una ridícula e improvisada barricada, como si semejante fortificación pudiera frenar a las bestias desatadas que la mantenían en vela: sus vecinos, que parecían empeñados en convertir cada noche en un carnaval lúbrico, donde cada golpe contra la cama era un recordatorio obsceno de que en ese tugurio la intimidad se medía por decibelios. Y si te preguntas si en algún momento se había quejado, la respuesta sí. Se había quejado, pero sus palabras se habían perdido en el aire debido a que no había persona en el lugar que la entendiera. Además, los inquilinos del vestíbulo resultaban más cómplices que sordos, fingiendo no escuchar nada y ejerciendo sordera voluntaria prefiriendo fingir que no sabían nada al respecto de aquel amorio no aceptado.

A continuación, se movió con la característica languidez de alguien aletargado hasta el montón de ropa limpia que había sobre el viejo baúl. Escogió unos pantalones ceñidos, una blusa de algodón fino y transpirable, y se dirigió hacia la otra esquina, donde tenía un pequeño cuenco de agua que solía usar para limpiarse el sudor pegajoso del día a día. Se quitó la ropa, se pasó una toalla húmeda por la piel y se vistió.

Al abrir la puerta de su alcoba, su reciente y único consuelo apareció ante ella: un vestíbulo con suelo de parquet donde, entre la ventana y la puerta de enfrente, reposaban, sobre dos soportes, dos grandes macetas: una azalea y una araucaria, que le recordaban a los jardines de su hogar.

Para su fortuna, a esa hora del día, todavía no había nadie en aquella casona.

Así pues, tras cruzar el vestíbulo, salió a la calle, respiró profundamente el aire del atardecer y cerró la puerta tras de sí, dispuesta a iniciar su aventura diaria. Cierto era que no tenía demasiado para gastar, pero ¿por qué no mirar? Quizás, con algo de suerte, podría aprender —al menos en teoría— a reproducir los mecanismos que encontrara. Como aquella vez en que descubrió por primera vez un molino hidráulico y quedó tan fascinada que no descansó hasta comprender su fundamento teórico. Por supuesto, con sus conocimientos no habría manera de construir uno, y mucho menos de fabricarlo, pero nada le impedía saber, conocer y entender cómo dichos ingenios mejoraban la vida del ciudadano promedio.

Así pues, con esa idea en mente y energía renovada, echó a andar por el empedrado camino que recorría la zona; los niños jugaban a atraparse, los adultos conversaban con jolgorio y múltiples animales pululaban en busca de comida. Sí, era un día como cualquier otro… al menos hasta ese momento. Pues tan pronto como un pequeño y altivo gato se cruzase en su camino, todo cambiaría. Y así fue. Pues su primer encuentro con el felino resultó de lo más desastroso: estuvo a punto de pisarlo, ya que, como de costumbre, miraba al frente —o más bien, hacia el cielo que hacia el suelo—. Cuando se dio cuenta de que estaba tan cerca del animal que, si alguien la hubiera empujado, le habría dado una patada involuntaria.

Entonces, en su propia lengua, pidió disculpas mientras en su rostro se dibujaba un profundo malestar. Claro, si alguien hubiera sabido lo que decía, lo habría podido traducir por algo parecido a: «Lo lamento profundamente, amiguito», pero, en vez de eso, casi sonó a insulto. Por suerte, a esas palabras se sumó una voz apacible y suave, unos gestos de disculpa y un arrodillamiento con el que intentaba ponerse a la par del gato, pese a que era imposible. Luego extendió la mano y la dejó inmóvil, esperando que el animal se acercara, y añadió algo, también imposible de descifrar, que traducido sería un: «¿Hacemos las paces?».


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RE: No Compres: Adopta! (Pasado/Bai Mudan) - por Bai Mudan - 26-08-2025, 11:09 PM

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