27-08-2025, 05:06 PM
(Última modificación: 28-08-2025, 03:44 PM por Rackham Uker.)
Ya había pasado mucho tiempo sentado y el cansancio no se iba. Tal vez se le había hecho tarde, no estuvo vigilando la hora y por eso no sabía cuánto había tardado en acomodar todo. Pensaba en irse a la cama, pero el sonido de una puerta abriéndose a sus espaldas lo hizo girar su cabeza para ver de quien se trataba. - Oh, lo siento, ¿hice mucho ruido? -. Pensaba que ella ya estaba durmiendo, y tal vez lo estaba y él fue quien la despertó. - Solo estaba organizando todo para no tener problemas mañana en el desayuno -. A diferencia de ella, el pelinegro no prestó atención a la mujer, ni a como iba vestida, se limitó a mirar hacia los gabinetes para apreciar su trabajo terminado.
- Creo que tenemos mucho más alcohol que comida, así que no creo queeeeee… -. Su frase fue cortada a mitad de camino, pues fue en ese momento que giró su rostro hacia ella y pudo notar la poca vestimenta que cargaba la mujer. Sus ojos se abrieron como platos al verla, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta y su rostro se puso tan rojo como un tomate, razón por la cual tuvo que desviar la mirada hacia otro lado y taparse la boca con su mano, intentando disimular no haber visto nada. - Ah, ¿si? No… n… no creo que tenga problema p… para preparar lo que tú quieras… -.
Fue en ese momento que ella se plantó frente a él. La mirada del muchacho recorrió de arriba a abajo el cuerpo de la cantante, teniendo que tragar saliva al momento en que notó sus pechos casi al descubierto. Su acercamiento puso en alerta todos los sentidos de Uker, y eso terminó con un trozo de queso entre sus labios.
¿Acaso quería torturarlo? Tampoco la detuvo en cuanto ella tomó por asiento su regazo, juntando sus cuerpos y obligándolo a verla a los ojos, mientras sus nariz se llenaba del olor a almendras y vainilla que ella desprendía. Quería hablar, preguntar el porqué de esas acciones, pero la voz dulce que ella le dejó escuchar hizo que esas ansias se perdieran en sus pensamientos. Dejó que sus brazos se relajaran y sus manos tomaran la cintura ajena con un poco de temor, tal vez deseando que no se separara de él.
Era atrevida, lanzada, no parecía mentir ni con sus palabras ni con sus acciones. El cocinero no podía evitar las preguntas que se adueñaban de su cabeza, la cual se aclaró por completo cuando ella dividió aún más la poca distancia que los separaba, mordiendo el queso entre sus labios. El resto del alimento cayó dentro de la boca del joven, quien lo mordió con calma, sin dejar de ver a la mujer, hasta tragar y poder hablar finalmente. - Yo… No creo poder tener miedo si tú… si tú… si tú estás cerca… Maki… -.
Sus mejillas rojas por la vergüenza, el leve temblor en su voz, todo indicaba que nunca había estado en una situación similar, y aún así su mente le pedía que esto no terminara, que ella siga tan cerca de él como ahora. - Nunca pude volver a preguntar, pero… ¿cómo está tu pierna? -. Una de sus manos se movió con delicadeza, posándose sobre el muslo en el cual ella había resultado dañada el día que se conocieron. Su otra mano también se movió, pero esta comenzó a recorrer el torso ajeno, pasando a su espalda antes de llegar a sus pechos. Sentir su piel, su cercanía, sus brazos rodeando su cuello y obligándolo a verla a esos ojos que parecían rebozar en llamas.
- Lo siento, nunca… nunca hice algo así, con nadie, pero… -. La mano que recorría su espalda utilizó un poco de fuerza, atrayéndola hacia él y pegando aún más sus cuerpos. - ¿Puedo… puedo atreverme a… pedir que no te separes…? -. Sus labios ahora se rozaban al hablar, como si ella fuera a volver a dar una mordida a ese queso, ya inexistente. Deseaba probarla, conocer cómo se sentía aquello que venía a su mente, y no pasó mucho tiempo antes de que cediera a sus instintos. Terminó por sellar la distancia entre ellos, acercando sus labios y besando a la mujer con pasión, aunque, lo más seguro es que le faltara mucha práctica.
- Creo que tenemos mucho más alcohol que comida, así que no creo queeeeee… -. Su frase fue cortada a mitad de camino, pues fue en ese momento que giró su rostro hacia ella y pudo notar la poca vestimenta que cargaba la mujer. Sus ojos se abrieron como platos al verla, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta y su rostro se puso tan rojo como un tomate, razón por la cual tuvo que desviar la mirada hacia otro lado y taparse la boca con su mano, intentando disimular no haber visto nada. - Ah, ¿si? No… n… no creo que tenga problema p… para preparar lo que tú quieras… -.
Fue en ese momento que ella se plantó frente a él. La mirada del muchacho recorrió de arriba a abajo el cuerpo de la cantante, teniendo que tragar saliva al momento en que notó sus pechos casi al descubierto. Su acercamiento puso en alerta todos los sentidos de Uker, y eso terminó con un trozo de queso entre sus labios.
¿Acaso quería torturarlo? Tampoco la detuvo en cuanto ella tomó por asiento su regazo, juntando sus cuerpos y obligándolo a verla a los ojos, mientras sus nariz se llenaba del olor a almendras y vainilla que ella desprendía. Quería hablar, preguntar el porqué de esas acciones, pero la voz dulce que ella le dejó escuchar hizo que esas ansias se perdieran en sus pensamientos. Dejó que sus brazos se relajaran y sus manos tomaran la cintura ajena con un poco de temor, tal vez deseando que no se separara de él.
Era atrevida, lanzada, no parecía mentir ni con sus palabras ni con sus acciones. El cocinero no podía evitar las preguntas que se adueñaban de su cabeza, la cual se aclaró por completo cuando ella dividió aún más la poca distancia que los separaba, mordiendo el queso entre sus labios. El resto del alimento cayó dentro de la boca del joven, quien lo mordió con calma, sin dejar de ver a la mujer, hasta tragar y poder hablar finalmente. - Yo… No creo poder tener miedo si tú… si tú… si tú estás cerca… Maki… -.
Sus mejillas rojas por la vergüenza, el leve temblor en su voz, todo indicaba que nunca había estado en una situación similar, y aún así su mente le pedía que esto no terminara, que ella siga tan cerca de él como ahora. - Nunca pude volver a preguntar, pero… ¿cómo está tu pierna? -. Una de sus manos se movió con delicadeza, posándose sobre el muslo en el cual ella había resultado dañada el día que se conocieron. Su otra mano también se movió, pero esta comenzó a recorrer el torso ajeno, pasando a su espalda antes de llegar a sus pechos. Sentir su piel, su cercanía, sus brazos rodeando su cuello y obligándolo a verla a esos ojos que parecían rebozar en llamas.
- Lo siento, nunca… nunca hice algo así, con nadie, pero… -. La mano que recorría su espalda utilizó un poco de fuerza, atrayéndola hacia él y pegando aún más sus cuerpos. - ¿Puedo… puedo atreverme a… pedir que no te separes…? -. Sus labios ahora se rozaban al hablar, como si ella fuera a volver a dar una mordida a ese queso, ya inexistente. Deseaba probarla, conocer cómo se sentía aquello que venía a su mente, y no pasó mucho tiempo antes de que cediera a sus instintos. Terminó por sellar la distancia entre ellos, acercando sus labios y besando a la mujer con pasión, aunque, lo más seguro es que le faltara mucha práctica.
