28-08-2025, 04:16 PM
(Última modificación: 29-08-2025, 09:24 AM por Varoganchin.
Razón: Olvidé poner un título a la aventura
)
Día 25 de Verano // Año 16
Reino de Samba
Tambores. Maracas. Cánticos. La cuidad parece estar envuelta en una fiesta constante en esta época del año. Los adultos cantan y tocan alegres melodías que ponen a bailar hasta a aquellos que hacen lo posible por mantener la compostura, los que logran atar sus caderas para que no se bamboleen al son que recorre las calles, pero que no consiguen retener el golpeteo de sus pies al compás. Los niños corren alegres por las grandes avenidas que llegan hasta la playa, en la que vuelan sus cometas o juegan a elaborar formas en la arena; castillos, fortalezas, pequeños animales...
Nos encontramos en la capital del reino de Samba, alejados de la selva espesa que cubre casi la totalidad de la isla. Alejados del río, lejos de las clases menos pudientes y de costumbres más humildes. Un lugar donde cada día es una fiesta y hasta el más rígido de los cuerpos sabe vibrar con la música. La ciudad parece un oasis de piedra en una isla en la que la naturaleza aún conserva su posición de superioridad, de la pureza de antaño. El viento arrastra la bruma marina que producen las olas al golpear contra los diques del puerto, trayendo consigo el olor al salitre y a las frituras de pescado que abundan en los comercios del paseo marítimo. Es un día fresco para lo habitual de la estación, lo cual significa que la brisa hace llevadero el pasear por las calles bajo la intensidad abrasadora del sol.
Y aquí, si nos fijamos con detalle, podemos ver a Alana en una caminata matinal a lo largo de una de las avenidas que llevan hacia el puerto. Los edificios se levantan imponentes a los lados de la amplia calle, separando ambas aceras en unos 25 metros. El empedrado resuena a cada paso que dan los viandantes que corren, o más bien danzan, hacia sus quehaceres diarios: un hombre, que gira sobre sí mismo mientras vuelve de comprar el pan; una pareja baila acaramelados con sus hijos camino de la escuela; un par de señoras mayores siguen el compás de la música con sus brazos mientras comentan los rumores de la ciudad.
—...otro más. Esta vez ha sido en casa de los Curaçao. Pobre animal... —comenta una de ellas afligida.
—No entiendo qué puede estar pasando.
—¿No es obvio, tesouro? —contesta sin detener su extraña danza—. Alguien está envenenando a los animales. Pobres gatinhos.
—Y no solo os gatinhos. El otro día apareció un pájaro en casa de mi amiga la del...
Las mujeres continúan su charla más allá de tu alcance, sin dejar de avanzar, sin dejar de bailar.
La avenida está apropiadamente decorada, no como las ciudades de ladrillo y alquitrán, no. Una planificación acorde al clima de la isla, pues todas las calles principales están pobladas de plantas y árboles tropicales, los cuales permiten transitarlas por unas agradables sombras que esconden a los peatones de los rayos del sol, creando una espesa capa que cubre la calle como lo haría una inmensa sombrilla. Alana pasa desapercibida a la vista gracias a las sombras y su reducido tamaño, pero no lo hace así el elegante hombre que avanza por la calle en su dirección. Un hombre de mediana edad, con un bigote perfectamente recortado, como si acabara de salir de la barbería. Su cuerpo va envuelto con un traje de de alta confección; ni una puntada de más, ni un detalle de menos. Avanza con seguridad por la calle, saludando a todo aquel que se cruza con él haciendo un apropiado gesto con el sombrero, sin soltar la bolsa de papel que lleva bajo el brazo, seguramente, porque se trate de algo de valor o que no quiere exponer demasiado. Un par de saludos más, y dobla a uno de los callejones que salen desde la avenida principal.
Hombre elegante
Tras él, un individuo que llama aún más la atención de Alana, no por pulcritud, sino más bien por todo lo contrario. Sus pantalones, raídos y polvorientos, parecen sacados de la peor de las minas de carbón. De ellos sobresale una camisa blanca, o blanca fue en algún momento. Por último, y no por ello menos peculiar, su chaqueta. Dejando a un lado lo extraño que es que alguien vaya abrigado en esta época del año en esta isla, usa la chaqueta para cubrir su brazo derecho manteniéndolo oculto con la solapa del otro lado y su otro brazo. En un último alarde por parecer más sospechoso, el hombre lleva un pequeño sombrero y un pañuelo que solo dejan al aire la zona de los ojos, los cuales no paran de ir de un lado a otro como si buscaran algo, o más bien, como para asegurarse de que nadie lo busca a él. Tan pronto como el primer hombre gira hacia el callejón, el segundo hombre revisa en todas direcciones y se adentra tras él a toda velocidad.
Hombre Sospechoso
¿Qué puede estar tramando? ¿Cómo reaccionará Alana? ¿Usará sus dotes de espía y sigilo para perseguir a estos hombres, o preferirá mantenerse a salvo?
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