28-08-2025, 08:24 PM
El disparo resonó con fuerza, seco y definitivo, atravesando el rugido del público como un trueno que partiera en dos el aire del estadio. La bala impactó en el cuádriceps derecho del joven, haciendo que su pierna se doblara de inmediato bajo su propio peso.
El muchacho soltó un alarido breve pero desgarrador, cayendo de costado sobre el suelo de bambú. Intentó sostenerse con la mano libre, arrastrándose apenas unos centímetros hacia adelante, pero su cuerpo ya no respondió. La sangre manaba a borbotones del hombro y ahora también de la pierna, debilitándolo con una rapidez implacable.
El coliseo entero explotó en un rugido ensordecedor. Algunos aplaudían con fuerza el desenlace, alabando la destreza del lunarian que había resuelto la pelea con frialdad quirúrgica. Otros, en cambio, abucheaban el uso del arma de fuego, vociferando su desdén por lo que consideraban una falta de respeto al espíritu marcial del torneo. Sin embargo, por encima de la división de opiniones, una cosa era indiscutible. El muchacho había mostrado un corazón tan grande como la montaña en cuyo hombro se erigía el Estadio Ki.
El público en la grada observó al rival del lunarian durante unos segundos más. El joven, tumbado de lado, respiraba con dificultad, pero aún mantenía los ojos abiertos, cargados de furia impotente y una voluntad que se negaba a apagarse. Había luchado con todo lo que tenía. Y eso bastaba para ganarse la ovación de buena parte de los asistentes.
El árbitro corrió hacia el centro de la arena, agitando los brazos en señal inequívoca.
-¡El combate ha terminado! ¡El vencedor es Fyodor! -El rugido del público volvió a elevarse, esta vez mezclando vítores con abucheos, creando un ambiente caótico y vibrante que resonaba en cada rincón del estadio.
El público no apreciaba demasiado a Fyodor, pero el tirador tampoco tenía nada de lo que enorgullecerse. Para él, aquello había sido solo un obstáculo necesario en su camino, un trámite que debía superar para avanzar hacia su verdadero objetivo, conseguir el premio del torneo y marcharse de esa isla junto a su compañero.
Mientras el joven derrotado era retirado en camilla por los asistentes del torneo, con parte del público coreando su valentía, lo único que alguien podría sentir por aquel joven era respeto.
Respeto hacia un rival que había caído, pero que nunca había retrocedido.
El muchacho soltó un alarido breve pero desgarrador, cayendo de costado sobre el suelo de bambú. Intentó sostenerse con la mano libre, arrastrándose apenas unos centímetros hacia adelante, pero su cuerpo ya no respondió. La sangre manaba a borbotones del hombro y ahora también de la pierna, debilitándolo con una rapidez implacable.
El coliseo entero explotó en un rugido ensordecedor. Algunos aplaudían con fuerza el desenlace, alabando la destreza del lunarian que había resuelto la pelea con frialdad quirúrgica. Otros, en cambio, abucheaban el uso del arma de fuego, vociferando su desdén por lo que consideraban una falta de respeto al espíritu marcial del torneo. Sin embargo, por encima de la división de opiniones, una cosa era indiscutible. El muchacho había mostrado un corazón tan grande como la montaña en cuyo hombro se erigía el Estadio Ki.
El público en la grada observó al rival del lunarian durante unos segundos más. El joven, tumbado de lado, respiraba con dificultad, pero aún mantenía los ojos abiertos, cargados de furia impotente y una voluntad que se negaba a apagarse. Había luchado con todo lo que tenía. Y eso bastaba para ganarse la ovación de buena parte de los asistentes.
El árbitro corrió hacia el centro de la arena, agitando los brazos en señal inequívoca.
-¡El combate ha terminado! ¡El vencedor es Fyodor! -El rugido del público volvió a elevarse, esta vez mezclando vítores con abucheos, creando un ambiente caótico y vibrante que resonaba en cada rincón del estadio.
El público no apreciaba demasiado a Fyodor, pero el tirador tampoco tenía nada de lo que enorgullecerse. Para él, aquello había sido solo un obstáculo necesario en su camino, un trámite que debía superar para avanzar hacia su verdadero objetivo, conseguir el premio del torneo y marcharse de esa isla junto a su compañero.
Mientras el joven derrotado era retirado en camilla por los asistentes del torneo, con parte del público coreando su valentía, lo único que alguien podría sentir por aquel joven era respeto.
Respeto hacia un rival que había caído, pero que nunca había retrocedido.
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