28-08-2025, 09:37 PM
El silencio se quedó flotando en el aire, pesado como un ancla. Mis palabras, aquellas que Ashveil pretendía combatir con fuego en los ojos, parecían no haberlo doblegado del todo. Vi cómo apretaba los dientes y cómo aquella soberbia chispa seguía viva en él, como una vela empeñada en resistir a la tormenta. Me hubiera hecho reír, si no fuera porque estaba demasiado ocupado en contener el rugido de mi estómago, que también había decidido participar en la conversación.
Lo escuché dar su discurso con esa seguridad altanera que sólo tienen los hombres jóvenes, esos que confunden el ímpetu con sabiduría y la terquedad con destino. Caminaba a mi alrededor como si me estuviera estudiando, cual cazador que acecha a una bestia. Y yo, que había vivido batallas contra flotas enteras, que había navegado hasta islas donde el sol nunca se ponía, me limité a seguirlo con la mirada… hasta que levantó ese maldito costillar.
El aroma llegó como una bofetada a mis sentidos. Carne dorada, jugosa, con la grasa todavía brillando bajo la luz del día. Podía jurar que las brasas aún crepitaban asando cada fibra de ese trozo. Cerré los ojos un instante, aspirando fuerte, y cuando los abrí ya no veía a Ashveil, ni a los aldeanos, ni a nadie. Sólo aquel costillar, flotando en el aire como si fuera el tesoro más grande del mundo.
—Muchacho…— Dije con solemnidad, tratando de mantener la compostura, mi voz grave como un tambor de guerra. —Tus palabras no me doblegan. He visto mares que podrían tragarse tu fuego cien veces, y he cargado cosas más pesadas que tu orgullo. Pero esa carne…— Mi garganta tragó saliva con un sonido que los de la primera fila debieron escuchar. —Esa carne está jugando sucio.—
Cuando lo lanzó hacia mí, vi el costillar volar a cámara lenta, la grasa salpicando en el aire como si fueran estrellas cayendo del cielo. Abrí la boca y saqué la lengua, tratando de atraparlo al vuelo. La multitud contuvo el aliento. Y entonces, para desgracia mía, quedó a escasos centímetros, rebotando contra mi frente antes de caer al suelo. Mi lengua, por más larga y grandota que fuera, no logró alcanzarlo.
El silencio que siguió fue peor que cualquier derrota en batalla. Trate de alcanzar el costillar con la lengua pero no hubo caso, rojo de vergüenza, miré al alcalde, que estaba ahí con las manos juntas y una sonrisa nerviosa. Bajé la voz, como si intentara que sólo él me oyera… aunque, claro, mi voz retumbó por todo el lugar. —Eh… alcalde… ¿no me haría el favor de alcanzarme ese costillar?— Pregunté con total seriedad, como si estuviera pidiendo un tratado de paz.
Sonreí apenas, mostrando los dientes, mientras el olor a carne seguía perforando mi voluntad. Al final, los aldeanos no sabían si reír, temblar o salir corriendo, porque una cosa era cierta: no hay fuerza en el mundo que ponga más a prueba la paciencia de un gigante que un costillar jugoso a pocos metros de su alcance.
Lo escuché dar su discurso con esa seguridad altanera que sólo tienen los hombres jóvenes, esos que confunden el ímpetu con sabiduría y la terquedad con destino. Caminaba a mi alrededor como si me estuviera estudiando, cual cazador que acecha a una bestia. Y yo, que había vivido batallas contra flotas enteras, que había navegado hasta islas donde el sol nunca se ponía, me limité a seguirlo con la mirada… hasta que levantó ese maldito costillar.
El aroma llegó como una bofetada a mis sentidos. Carne dorada, jugosa, con la grasa todavía brillando bajo la luz del día. Podía jurar que las brasas aún crepitaban asando cada fibra de ese trozo. Cerré los ojos un instante, aspirando fuerte, y cuando los abrí ya no veía a Ashveil, ni a los aldeanos, ni a nadie. Sólo aquel costillar, flotando en el aire como si fuera el tesoro más grande del mundo.
—Muchacho…— Dije con solemnidad, tratando de mantener la compostura, mi voz grave como un tambor de guerra. —Tus palabras no me doblegan. He visto mares que podrían tragarse tu fuego cien veces, y he cargado cosas más pesadas que tu orgullo. Pero esa carne…— Mi garganta tragó saliva con un sonido que los de la primera fila debieron escuchar. —Esa carne está jugando sucio.—
Cuando lo lanzó hacia mí, vi el costillar volar a cámara lenta, la grasa salpicando en el aire como si fueran estrellas cayendo del cielo. Abrí la boca y saqué la lengua, tratando de atraparlo al vuelo. La multitud contuvo el aliento. Y entonces, para desgracia mía, quedó a escasos centímetros, rebotando contra mi frente antes de caer al suelo. Mi lengua, por más larga y grandota que fuera, no logró alcanzarlo.
El silencio que siguió fue peor que cualquier derrota en batalla. Trate de alcanzar el costillar con la lengua pero no hubo caso, rojo de vergüenza, miré al alcalde, que estaba ahí con las manos juntas y una sonrisa nerviosa. Bajé la voz, como si intentara que sólo él me oyera… aunque, claro, mi voz retumbó por todo el lugar. —Eh… alcalde… ¿no me haría el favor de alcanzarme ese costillar?— Pregunté con total seriedad, como si estuviera pidiendo un tratado de paz.
Sonreí apenas, mostrando los dientes, mientras el olor a carne seguía perforando mi voluntad. Al final, los aldeanos no sabían si reír, temblar o salir corriendo, porque una cosa era cierta: no hay fuerza en el mundo que ponga más a prueba la paciencia de un gigante que un costillar jugoso a pocos metros de su alcance.
