28-08-2025, 11:59 PM
(Última modificación: 29-08-2025, 01:49 PM por Conrad Schwarz.)
Día 85 de primavera
Un suspiro salió de la garganta del hombre, uno pesado que denotaba cansancio y, por qué no, molestia. No había pasado demasiado tiempo desde que decidió echarse a la mar (si es que se le podía llamar a lo que hacía "echarse a la mar"), pero tampoco había necesitado más para asquearse por el estado del mundo en el que le había tocado vivir. Aquella isla, Sorbet, era un buen ejemplo de todo aquello que le molestaba. Un lugar donde las diferencias sociales estaban bien marcadas, entre aquellos que se encontraban arriba del todo en la pirámide social y... el resto. De hecho, hasta la geografía política de aquella isla parecía hacer referencia a esa situación, teniendo en cuenta que la parte norte acumulaba la riqueza y el desarrollo, mientras que la zona sur era humilde, pobre y mucho más atrasada tecnológicamente.
Había llegado a Sorbet con la intención de documentarse más, una buena forma de ganar conocimientos consistía en ir más allá de la teoría y pasar a la práctica. Visitar islas, conocer sus costumbres, leyendas, formas de vida y problemáticas internas formaban parte de las tareas de todo erudito que se preciara como tal. Inicialmente desembarcó en la zona norte, siguiendo el recorrido que había realizado un barco de civiles. No le había tomado demasiado tiempo para darse cuenta de que aquella zona no le agradaba demasiado, aunque por el bien de su erudición la exploró hasta donde le aguantaron los ánimos. Luego, con su falta de expresividad habitual, tomó rumbo hacia la zona sur.
Y allí se encontraba en aquellos momentos, andando un poco sin rumbo mientras observaba el estado del área más empobrecida. A decir verdad, no desentonaba mucho con el ambiente general, si acaso, él podía ir hasta peor. Vestido con ropajes largos y anchos, oscuros de color y que casi podrían calificarse como harapos, Conrad se sostenía con un recio bastón de madera de metro ochenta, del que se servía para caminar. El pelo tapaba sus ojos y gran parte de sus facciones, haciendo que pareciese poco más que un pordiosero que iba a pedir limosna. Para más inri, el tipo se sentó en el suelo, recostando su espalda en la pared de madera de una cabaña destartalada. A su alrededor había poca cosa, más allá de un camino vacío y polvoriento.
