[FIC][Pasado] Por amor al arte
#1
Día 17 de Otoño // Año 9
La primera vez que Varo robó una mansión no recordaba el frío ni el hambre de aquella noche, aunque ambos lo atenazaban. Lo que sí recordaba, con una claridad casi dolorosa, era el olor a cera derretida. El aire estaba impregnado de ese aroma dulce y tenue, mezcla de velas caras y abandono. El contraste le pareció extraño: demasiada riqueza para estar tan poco vigilada, como si el dueño hubiera confiado más en su apellido que en sus cerraduras. Una costumbre muy útil para ladrones jóvenes y nerviosos.
No era la primera vez que trabajaba para la familia Reena, pero sí la primera vez que lo dejaban entrar en solitario, sin nadie que respirase sobre su hombro. El encargo era sencillo: “Tráenos la caja de plata que guarda el anciano Reinmar en su sala de música. Nada más. Nada menos”. Esa última advertencia había sido repetida varias veces, como si alguien temiera que Varo se dejara llevar por la avaricia. Por aquel entonces, aún no sabían que su verdadera debilidad sería otra.
Avanzó por un pasillo interminable, tan pulcro y silencioso que casi podía escuchar el golpeteo nervioso de su propio corazón. El mármol brillaba bajo la luna que se colaba a través de un ventanal, y sus pasos, aunque ligeros, parecían demasiado ruidosos. Apretó los dientes, odiando la idea de que una losa pudiera delatarlo.
El plan había sido diseñado con precisión: entrar por la ventana trasera, pasar por el pasillo de servicio y dirigirse directo a la sala de música. Sin rodeos. Sin detenerse. Pero cuando empujó por accidente una puerta entreabierta, el destino decidió ser caprichoso.
El cuarto era estrecho, apenas iluminado por una lámpara de aceite a punto de apagarse. En otro momento, Varo habría seguido de largo. Pero lo detuvo un destello. Una tela, vieja y agrietada, descansaba sobre un atril. Era un cuadro, a medias cubierto por un trapo polvoriento. El joven estiró una mano —una mano entrenada para abrir cerrojos y palpar cerraduras— y levantó con cuidado la tela que lo ocultaba.
El aire se le escapó en un suspiro que no esperaba.
No supo describirlo de inmediato. El cuadro representaba un río, tan vivo que parecía fluir fuera del marco. La pintura tenía ese don inexplicable de capturar un instante y hacerlo eterno: la bruma de la mañana sobre el agua, el reflejo tembloroso de un sauce, la insinuación de una barca apenas esbozada en un rincón. Varo se descubrió inclinando la cabeza, como si al mirarlo desde otro ángulo pudiera descubrir un secreto escondido en la corriente.
Fue entonces cuando comprendió lo absurdo de la situación. Allí estaba, en medio de un robo, jugándose el cuello por un encargo que apenas le reportaría unas cuantas monedas, y en lugar de avanzar hacia la sala de música estaba plantado frente a una pintura, con los ojos brillando como un niño frente a un escaparate.
Ironías de la vida.
Apartó la vista a la fuerza, obligándose a pensar en la caja de plata. Pero al girar, algo más llamó su atención. Había estantes con vasijas antiguas, algunas descascarilladas, otras intactas. Había estatuillas con formas que apenas reconocía, piezas de culturas que tal vez ya ni existían. Y todas ellas estaban allí, cubiertas de polvo, abandonadas en un cuarto secundario, como sobras de un banquete olvidado.
El muchacho apretó los labios. Había crecido escuchando a sus padres hablar de exploraciones y hallazgos, de viajes que lo habían llevado a imaginar mundos enteros más allá de su alcance. Para ellos, cada objeto antiguo era una voz del pasado, una historia esperando a ser contada. Ahora, frente a esas reliquias relegadas al polvo, sintió un cosquilleo extraño. Una mezcla de nostalgia y rabia.
—Qué desperdicio —susurró, apenas consciente de haber hablado.
Podía imaginar al dueño de la mansión presumiendo de sus tesoros en alguna fiesta, sin verlos realmente. Gente rica con objetos valiosos que no entendían. Personas que compraban cuadros para colgarlos en una pared y olvidarlos, sin nunca detenerse a observar el modo en que un pintor había acariciado la tela con un pincel tembloroso.
Varo permaneció demasiado tiempo allí. Demasiado, para alguien que debía huir antes de ser descubierto. Pero fue en ese exceso, en ese descuido imperdonable, donde germinó algo en su interior. Una fascinación silenciosa, un amor tierno y obstinado por todo aquello que los demás daban por sentado.
Al fin, con un esfuerzo casi físico, se obligó a cerrar la puerta. Se encaminó hacia la sala de música, donde encontró la dichosa caja de plata. Pesaba menos de lo esperado, y el diseño no tenía nada de especial: sólo adornos recargados, como quien intenta gritar riqueza a los cuatro vientos. La tomó sin más, sintiéndose sucio. No por el robo, claro está, sino por la comparación inevitable. La caja era banal, mientras que lo que había dejado atrás tenía alma.
Cuando escapó por la misma ventana por la que había entrado, llevaba la caja bajo el brazo y una idea fija en la cabeza: algún día, volvería a por aquellas cosas que de verdad importaban.
Esa noche, Varo descubrió que su peor enemigo no era la marina, ni los guardias, ni la familia Reena con sus exigencias desmedidas. No. Su mayor enemigo sería la belleza olvidada, el arte maltratado. Porque había aprendido que podía resistir el miedo, la presión y hasta la tentación del oro. Pero ante un cuadro cubierto de polvo, estaba perdido.
Y aunque no lo admitiría en voz alta, sonrió.
Porque, al fin y al cabo, todo ladrón necesita una debilidad.
  Responder


Mensajes en este tema
[FIC][Pasado] Por amor al arte - por Varoganchin - 20-09-2025, 12:09 PM
RE: [FIC][Pasado] Por amor al arte - por Varoganchin - 24-09-2025, 06:59 AM
RE: [FIC][Pasado] Por amor al arte - por Varoganchin - 11-10-2025, 06:01 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)