31-08-2025, 12:01 AM
La hoja brilla en lo alto, como si quisiera tomar el protagonismo que tiene un verdugo antes de ajusticiar a un preso. Curioso eufemismo ese de ajusticiar, pues como en el caso del verdugo, solo suele tratarse de una ejecución en la que nada tiene que ver la justicia. Y en eso estamos, una daga pendiente de dictar sentencia, de acabar con una trifulca que parece venir de lejos, pero en la que solo encontraría justo el resultado quien empuña el arma.
La hoja comienza su descenso y a su vez lo hace nuestra intrépida tonttata. Se descuelga desde el canalón, un objetivo claro en mente. No pretende exponerse demasiado, pero tampoco está dispuesta a dejar de lado su compromiso como médico. No puede permitir que el frío metal encuentre el calor del pecho de aquel elegante hombre. De alguien que, por lo que ella sabe, podría ser inocente.
Se lanza hacia abajo, ayudándose de la cuerda que une los banderines que decoran la calle, los que dejan claro el carácter festivo de la ciudad en aquellos días. Desciende directa a hacia su diana; la tapa del contenedor de basura. Impacta en ella y la hace salir volando. No una distancia exagerada, no. Solo lo suficiente para desprenderla del cubo y que caiga al suelo. Un estruendo llena el callejón. No tan fuerte como para resonar por encima de la música que anima la calle, pero lo justo para llamar la atención de Herber. El hombre se gira buscando la fuente de aquel ruido, pero su brazo ya había comenzado su viaje con la daga como piloto. El arma desciende, aunque la falta de atención del atacante hace que su destino sea uno distinto al deseado.
-Qué ha sido eso? -Herber se gira hacia la tapa del contenedor-. Juraría haber visto algo. O alguien...
La daga, finalmente, impacta. Rasga. No corta carne, tampoco piel. Ni siquiera el elegante traje del hombre. Solo secciona la bolsa que porta el hombre. Un gran tajo, a lo largo de toda la bolsa. Del agujero asoma un frasco, de vidrio. Es grande y está lleno, tanto que su peso acaba por romper la bolsa y el tarro se precipita al suelo. La fracción de segundo que tarda en caer da para mucho, pues el gesto del hombre cambia por completo a la sorpresa en cuanto nota que la bolsa ha dejado de pesar. En un gesto instintivo, lanza su pie para evitar el impacto. No lo consigue y el tarro golpea en el suelo, se estalla y puedes ver cómo su contenido se desparrama por el suelo. Tan pronto como se extiende, comienzan a formarse unas volutas verdes sobre él y el hombre retira tan rápido como puede el pie que había alargado para evitar la rotura del frasco. Se aparta rápido, su cara llena de temor.
-Herber, maldito! Sabes lo que me ha costado desarrollar esta muestra??
-Fitz, has sido tú, verdad? Tú eres quien...
-Cállate! -interrumpe el hombre elegante-. No debí dejarte con vida cuando tuve oportunidad.
Fitz mete la mano en su chaqueta y la saca a toda velocidad. Una pistola. Apuntando al pecho de Herber. Aprieta el gatillo y un estallido rompe el aire.
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La hoja comienza su descenso y a su vez lo hace nuestra intrépida tonttata. Se descuelga desde el canalón, un objetivo claro en mente. No pretende exponerse demasiado, pero tampoco está dispuesta a dejar de lado su compromiso como médico. No puede permitir que el frío metal encuentre el calor del pecho de aquel elegante hombre. De alguien que, por lo que ella sabe, podría ser inocente.
Se lanza hacia abajo, ayudándose de la cuerda que une los banderines que decoran la calle, los que dejan claro el carácter festivo de la ciudad en aquellos días. Desciende directa a hacia su diana; la tapa del contenedor de basura. Impacta en ella y la hace salir volando. No una distancia exagerada, no. Solo lo suficiente para desprenderla del cubo y que caiga al suelo. Un estruendo llena el callejón. No tan fuerte como para resonar por encima de la música que anima la calle, pero lo justo para llamar la atención de Herber. El hombre se gira buscando la fuente de aquel ruido, pero su brazo ya había comenzado su viaje con la daga como piloto. El arma desciende, aunque la falta de atención del atacante hace que su destino sea uno distinto al deseado.
-Qué ha sido eso? -Herber se gira hacia la tapa del contenedor-. Juraría haber visto algo. O alguien...
La daga, finalmente, impacta. Rasga. No corta carne, tampoco piel. Ni siquiera el elegante traje del hombre. Solo secciona la bolsa que porta el hombre. Un gran tajo, a lo largo de toda la bolsa. Del agujero asoma un frasco, de vidrio. Es grande y está lleno, tanto que su peso acaba por romper la bolsa y el tarro se precipita al suelo. La fracción de segundo que tarda en caer da para mucho, pues el gesto del hombre cambia por completo a la sorpresa en cuanto nota que la bolsa ha dejado de pesar. En un gesto instintivo, lanza su pie para evitar el impacto. No lo consigue y el tarro golpea en el suelo, se estalla y puedes ver cómo su contenido se desparrama por el suelo. Tan pronto como se extiende, comienzan a formarse unas volutas verdes sobre él y el hombre retira tan rápido como puede el pie que había alargado para evitar la rotura del frasco. Se aparta rápido, su cara llena de temor.
-Herber, maldito! Sabes lo que me ha costado desarrollar esta muestra??
-Fitz, has sido tú, verdad? Tú eres quien...
-Cállate! -interrumpe el hombre elegante-. No debí dejarte con vida cuando tuve oportunidad.
Fitz mete la mano en su chaqueta y la saca a toda velocidad. Una pistola. Apuntando al pecho de Herber. Aprieta el gatillo y un estallido rompe el aire.
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