31-08-2025, 12:40 AM
Hay encuentros que son pretendidos, como los de un hombre con su mujer, otros son sin mas fortuitos, como el de un barco contra un iceberg, los mas raros son destinados, como los que te llevan por tu camino, pero todos maravillosos si sabes apreciarlos.
Caminaba con paso tranquilo, sin rumbo ni objetivo, solo paseaba mirando las calles y la vida que las envolvía: niños corriendo con sus sonrisas, mercaderes vendiendo con energía y caminantes que se acercaban a los puestos con curiosidad. El poblado vibraba con fuerza, como una estrella en el firmamento que a todo marinero guía, y eso me hacía sonreír. Sonreía con sinceridad, al ver la pureza bajo la luz de día, al sentir que la esperanza siempre llegaba con el amanecer y los sueños que dejábamos en la noche podíamos realizarlos con trabajo y esfuerzo. El sol brillaba con rabia y las nubes no aparecían, el azul del cielo se confundía en el horizonte con el del mar y las aves graznaban sin problema ni ansiedad.
Mi caminar caprichoso me terminó llevando a la entrada de la plaza, todo estaba como siempre allí, o bueno, casi todo. Tras lanzar una vista panorámica pude apreciar a una mujer, o bueno, eso intuí por su pelo, ya que su rompa no decía mucho, si acaso que se vestía como una patata. La miré con curiosidad mientras bebía de la fuente, sin plantearse que ese agua no era potable. "Menuda cagalera le va a entrar..." Pensé mientras me percataba de que nadie la iba a avisar, miré a cada lado, esperando que alguien la viese, mas parecía invisible para cualquiera que pasase. Suspiré al ver a la gente y su indiferencia, me llevé la mano a la nuca y y caminé dispuesto a ayudar. Al llegar hasta la chica, con una voz llena de amabilidad le dije. -Disculpa... Ese agua no esta tratada... No es potable...- Le dije para evitar daños estomacales mayores. Si ella se hubiese girado a verme, vería una amplia sonrisa, una de una persona que parecía haber encontrado la paz, un rostro tranquilo y sin malicia, el rostro de un monje sin templo y un musico sin orquesta. Las rpas serían las típicas en mi, pues no tenía otras, un kimono que en sus días fue de calidad, pero el tiempo, el uso y el vivir en la calle lo había deslustrado mucho, de colore negro y detalles rojos caía hasta mis tobillos. Por debajo llevaría unos pantalones, aunque no se verían mas que por algunos agujeros que tendría la prenda de encima. Mi pelo, largo hasta mis hombros, se recogía en una coleta de cola de caballo atada por una cinta roja, el mi cinturón, bermellón, una flauta de bambú verde y radiante se encontraba atada; y mis pies, siempre descalzos tenían un aspecto algo sucio y desatendido.
Caminaba con paso tranquilo, sin rumbo ni objetivo, solo paseaba mirando las calles y la vida que las envolvía: niños corriendo con sus sonrisas, mercaderes vendiendo con energía y caminantes que se acercaban a los puestos con curiosidad. El poblado vibraba con fuerza, como una estrella en el firmamento que a todo marinero guía, y eso me hacía sonreír. Sonreía con sinceridad, al ver la pureza bajo la luz de día, al sentir que la esperanza siempre llegaba con el amanecer y los sueños que dejábamos en la noche podíamos realizarlos con trabajo y esfuerzo. El sol brillaba con rabia y las nubes no aparecían, el azul del cielo se confundía en el horizonte con el del mar y las aves graznaban sin problema ni ansiedad.
Mi caminar caprichoso me terminó llevando a la entrada de la plaza, todo estaba como siempre allí, o bueno, casi todo. Tras lanzar una vista panorámica pude apreciar a una mujer, o bueno, eso intuí por su pelo, ya que su rompa no decía mucho, si acaso que se vestía como una patata. La miré con curiosidad mientras bebía de la fuente, sin plantearse que ese agua no era potable. "Menuda cagalera le va a entrar..." Pensé mientras me percataba de que nadie la iba a avisar, miré a cada lado, esperando que alguien la viese, mas parecía invisible para cualquiera que pasase. Suspiré al ver a la gente y su indiferencia, me llevé la mano a la nuca y y caminé dispuesto a ayudar. Al llegar hasta la chica, con una voz llena de amabilidad le dije. -Disculpa... Ese agua no esta tratada... No es potable...- Le dije para evitar daños estomacales mayores. Si ella se hubiese girado a verme, vería una amplia sonrisa, una de una persona que parecía haber encontrado la paz, un rostro tranquilo y sin malicia, el rostro de un monje sin templo y un musico sin orquesta. Las rpas serían las típicas en mi, pues no tenía otras, un kimono que en sus días fue de calidad, pero el tiempo, el uso y el vivir en la calle lo había deslustrado mucho, de colore negro y detalles rojos caía hasta mis tobillos. Por debajo llevaría unos pantalones, aunque no se verían mas que por algunos agujeros que tendría la prenda de encima. Mi pelo, largo hasta mis hombros, se recogía en una coleta de cola de caballo atada por una cinta roja, el mi cinturón, bermellón, una flauta de bambú verde y radiante se encontraba atada; y mis pies, siempre descalzos tenían un aspecto algo sucio y desatendido.
