[EVENTO LOCAL - TOROS NEGROS] - Para el pueblo lo que es del pueblo
#30
Si al recibir la noticia de la muerte de su compañero el líder revolucionario no se había podido permitir mostrar debilidad, no había sido igual al incinerar su cuerpo. El antiguo pescador, aun manteniendo la misma expresión de siempre, había dejado escapar dos solitarias lágrimas, las cuales caían lentamente por sus mejillas, emitiendo un leve brillo a causa de las llamas. Este sutil a la vez que importante gesto, paso completamente desapercibido para todos los que allí se encontraban, pues la gran mayoría de los rebeldes se encontraban ocupados mostrando sus respetos al mink caído, recitando diversas plegarias o simplemente rezando porque su alma encontrara el descanso eterno.

Las llamas habían comenzado a crecer, alimentadas por la leña que componía la pira funeraria, cuando el Comandante de los Ejércitos del Oeste alzó su puño y se giró para dirigirse a los allí presentes. Tan pronto comenzó a hablar, todo el mundo guardó el más absoluto silencio, haciendo que lo único que se escuchara fuera el propio crepitar de las llamas y las palabras del revolucionario. La primera parte de su discurso se trataba de una disculpa. Una disculpa de parte de su grupo y de todo el Ejército Revolucionario por no haber llegado antes. Esta disculpa, si bien era sincera, dejó una triste sensación en algunos de los rebeldes, quienes sentían el dolor y la pérdida al recordar todo el sufrimiento vivido. Pero la tristeza fue rápidamente disipada con el continuar del discurso del hombre. Las llamas se alzaron a su espalda mientras hablaba, dando a este una apariencia imponente, casi grandiosa. La promesa de luchar a su lado hasta recuperar su pueblo de las garras de aquel tirano provocaron que los corazones de la gente se llenaran, no de odio ni rabia, si no de esperanza. El final del discurso, si bien podía ser innecesario dada la completa confianza que parecían tener los rebeldes, sirvió para mostrar más todavía lo humano que era el espadachín.

- ¡SALUD Y REVOLUCIÓN! - gritaron aquellos hombres y mujeres al unísono tras el discurso. Un discurso que, de haberse dado en otro lugar, podría haber movilizado a una población entera para que se alzara y luchara por sus derechos pero que, aun así, había logrado para hacer arder en todos los presentes la llama de la revolución. Una llama que sin lugar a dudas se extendería.

Todo el mundo se quedó, retomando algunos las plegarias mientras otros contenían la emoción que sentían, hasta que el fuego de la pira se consumió por completo. Tras recoger el padre Tuck las cenizas y guardarlas en una pequeña urna de barro, le hizo entrega de ella a los tres revolucionarios - Aquí tenéis, hijos. Seguro que su alma ya descansa con el Dios - Habló solemnemente el hombre de fe. Tuck era un hombre bajo, de no más de metro cincuenta y cinco. Tenía la cabeza bastante grande y un peinado típico de monje, con la coronilla rapada. Un enorme hábito cubría su orondo cuerpo, el cual no hacía más que dejar claro que era un glotón - Que el Dios os proteja en vuestra lucha. Yo rezaré porque podáis salvar al pueblo de este sufrimiento - se despidió cordialmente del trío, antes de alejarse. El resto de los rebeldes se disperaron también, yendo la gran mayoría a descansar para estar listos para el día siguiente, mientras tres de grupos de cuatro personas se preparaban y partían para avisar a sus compañeros en la ciudad y en las cercanías, ya que los encargados de avisar a los más lejanos habían partido antes de que anocheciera.



Día 41 del año 16, Primavera - 3:45 p.m.
Campamento de los forajidos, Reino Mogaro

La noche había pasado sin ningún contratiempo, más allá de algunas personas que habían tenido problemas para conciliar el sueño. Los guardias que terminaban su turno se encargaron de despertar a sus compañeros, los cuales a su vez iban avisando a los demás antes de comenzar a alistarse. Los que se encargaban del desayuno redoblaron sus esfuerzos para tener todo listo lo antes posible, pues tan pronto como comenzaran a salir los primeros rayos de sol tenían que estar todos listos. Uno de los rebeldes fue también a despertar a los revolucionarios, quienes descansaban en la misma cabaña en la que habían estado antes, invitándoles a ir a desayunar con todos. La gente comía rápidamente, antes de recoger sus cuencos e ir a prepararse.


Alrededor de una hora después de que el rebelde hubiera ido a avisar a los revolucionarios, todo el mundo se encontraba ya listo para salir hacia la capital. Cada hombre y mujer que iba a participar, que eran todos a excepción de los más ancianos y los niños, quienes se quedarían a cargo del padre Tuck y de un par de guardias que se dedicarían a custodiar el campamento.

Tal y como estaba previsto, el grupo partió al alba. Les esperaba un camino de más de dos horas, en el que tendrían que atravesar el bosque sin detenerse más de lo necesario. Algunos de los rebeldes silbaban rítmicamente, mientras otros tarareaban una canción, haciendo bastante más ameno el viaje.

Canción que silban y tararean


- Una vez llegemos a la capital nos separaremos en dos grupos - El líder de los rebeldes se dirigió a los tres revolucionarios - Nosotros iremos a la prisión, y vosotros iréis al arsenal. Les he pedido a Rian, Dima y Lei que vayan con vosotros. Ellas se encargarán de llevaros hasta el arsenal sin que os encontréis a nadie - expuso su idea - Sé que pueden parecer algo infantiles a veces, pero os aseguro que no os vais a arrepentir de que os acompañen. No es que no confíe en el resto, pero si tuviera que elegir a alguien para confiarle mi vida, sería a ellas tres - sonrio, mirando levemente en la dirección en la que se encontraban las chicas, quienes ayudaban a algunos de los rezagados - Vuestro plan para el arsenal me parece una gran idea, he de decir - asintió - Aunque, no se si os sería muy útil la distracción del maese Beto si deciden cerrar las puertas a cal y canto. Así que podéis confiar en las chicas para eso



Día 41 del año 16, Primavera - 7:20 p.m.
Afueras de Kamome, Reino Mogaro

Desde el lugar en el que se encontraba el grupo rebelde se podían ver las casas que conformaban las afueras de Kamome. Se trataba de edificaciones de una planta, hechas de blanca madera y cuyos tejados eran de color azul marino. Bastante más lejos, aunque no por ello menos visible, destacaba el majestuoso castillo, cuyas enormes murallas y puntas de pico disuadían a la gente de tratar de acercarse aun desde la distancia. Las calles estaban prácticamente vacías, pues la gente que se levantaba realmente temprano para trabajar había salido ya, y todavía restaba algo más de una hora y media para que las diferentes tiendas comenzaran con su actividad habitual.

- Hermanos y hermanas - Robin, quien se había subido a una rama para que se le viera mejor, comenzó a hablar al grupo - Hoy es el día. Hoy, como hemos hecho durante años, lucharemos para recuperar nuestro pueblo, y para terminar con la tiranía del Rey y sus lacayos - siguió hablando - Pero, a diferencia de otros días, hoy será mucho más peligroso. Siempre ha sido peligroso, pero hoy varios de nosotros podríamos morir - expuso - Sé que todos tenéis familia o seres queridos, y por eso mismo no os voy a obligar a venir conmigo. Todos habéis accedido a venir, lo sé. Pero quiero que sepáis que nadie va a juzgaros si decidís volver al campamento. Nadie va a miraros mal, ni va a maldeciros si algo le sucede. Por eso, quiero que si alguno de vosotros prefiere de corazón no arriesgar su vida hoy, por favor se marche ahora para poder luchar un día más - miraba a los rostros de sus compañeros, sus hermanos y hermanas - Si alguien decidiera marcharse, yo le prometo que el resto de hermanos y hermanas que luchemos hoy lucharemos con sudor y sangre y lograremos liberar a nuestro pueblo - el hombre esperó a la respuesta de los allí presentes. Ninguno de los rebeldes se movió un ápice. En otra situación hubieran estallado en vítores y gritos, pero en el lugar en el que estaban hacer algo como eso daría la alarma. En cambio, todos se mantuvieron en silencio, diciéndole de esa forma a su líder que no se iban a ir y que lucharían - Ya veo. Entonces, tengo que pediros una última cosa - señaló con su mano siniestra hacia la ciudad - Cuando estemos allí, luchando en las calles, quiero que ante todo prioricéis salvar las vidas de vuestros hermanos y hermanas, y de toda la gente que podáis. No sirve de nada lograr hoy la victoria si es a costa de las vidas de nuestra gente.

Tras aquellas palabras de Robin el grupo se dividió en dos. Por un lado estaban los tres revolucionarios, mientras que por el otro se encontraban todos los rebeldes. Una de las tres jóvenes se acercó entonces a Robin, a quien le dio un beso en la mejilla, provocando los celos de sus dos hermanas y haciendo que comenzaran a discutir - Chicas, chicas. Dejad de discutir - el líder rebelde trató de calmarlas, antes de abrazarlas con fuerza - Tened mucho cuidado, ¿vale? Cuidad las unas de las otras, y luego nos veremos - les dio un beso en la cabeza a cada una y les subió las capuchas, antes de separarse de ellas y que ellas fueran donde los Toros Negros, comenzando a caminar hacia la ciudad.

- Robin nos ha contado vuestro plan. No os podemos ayudar mucho una vez dentro, porque no conocemos el sitio - les dijo una de ellas, mientras caminaban por las empedradas calles de Komome - Nosotras nos encargamos de abriros la puerta. No os preocupéis, que tenemos nuestros... recursos - habló la segunda haciéndose la interesante, mientras la tercera les hacía un gesto levantando ambos pulgares hacia arriba - No nos han presentado. Yo soi Lei - dijo la primera - Yo Dima - habló la segunda - Y yo me llamo Lei - dijo la tercera con una sonrisa - Rian... - las dos primeras se quejaron al unísono - Jeje, no ha colado. Soy Rian - volvió a sonreir.

Cuando estuvieron a alderedor de trescientos metros del arsenal, las tres chicas que les guiaban se pararon - Vale, ya estamos casi ahí. Nosotras nos adelantamos. Vosotros tenéis que ir por esta calle, girar luego en la primera a la derecha, y luego otra vez en la primera a la derecha, y cuando lleguéis ya os habremos abierto la puerta - explicó Dima - Recordad, derecha, derecha. Y son alrededor de trescientos metros - explicó Rian - Vais a reconocer el edificio sin problemas, porque es el más grande y el único que no tiene pareces blancas. Bueno, y por si acaso estaremos en la puerta para que no os perdáis


Tras explicarles su plan las tres chicas echaron a correr por otra calle que no era la que les habían indicado a los hombres. Tras hacer uso de sus poderes para acercarse hasta el arsenal sin ser detectados, los tres revolucionarios siguieron las indicaciones de las chicas, siendo Kisuke quien guiaba a los otros dos, al ser el monje invidente y al estar su úrsido compañero bajo tierra. Cuando el hombre de hollín dobló la segunda esquina pudo ver el enorme edificio, el cual tenía unas paredes construidas en piedra. No encajaba para nada con las del resto de edificios de la ciudad, casi tanto que parecía como si alguien hubiera colocado aquel edificio allí de manera completamente arbitraria. Las colosales puertas del edificio alcanzaban casi hasta el comienzo del picudo tejado. Junto a las puertas abiertas, se encontraban las tres chicas, estando dos de ellas al lado izquierdo y la tercera al lado derecho, utilizando las gruesas paredes de piedra como cobertura. Entre ellas y en el suelo, yacían diez guardias inconscientes - Maese Beto, puede proceder con su visita - dijo Rian - ¿Quiere saber cómo lo he conseguido? No puedo decírselo. Ya sabe, nunca le pregunte a Robin cuál de las tres le gusta más, al padre Tuck cuantas jarras de cerveza ha bebido ya y a Lei cómo ha conseguido que los guardias abran la puerta y salgan - sonrió Lei - Ha tirado una piedra a la ventana - habló la tercera - Pero Dima, no se lo digas que así se pierde la emoción - se quejó a la que estaba a su lado - Eso te pasa por darle un beso a Robin - se encogió de hombros la otra.

La discusión de las trillizas fue interrumpida por el sonido de los guardias que se encontraban en el interior, quienes no solo habían escuchado el cristal romperse si no que habían visto a sus compañeros ser apaleados. Mientras el invidente y gigante monje retomaba su aspecto habitual en el umbral de aquellas enormes puertas, los dos grupos de guardias se posicionaban en el interior. La puerta principal daba a un pasillo de unos veinticinco metros de largo, el cual en su final contaba con una puerta metálica y de apariencia robusta a su izquierda, tras la cual podían sentirse más de un centenar de personas, y a la derecha lo que parecía otro pasillo, a lo largo del cual podían sentir a otras noventa presencias. En las gruesas y resistentes paredes del pasillo había varios cuadros colgados, así como algunas lámparas que iluminaban el largo de este.

El plan del trío revolucionario parecía marchar viento en popa. El gigante de arcilla tenía toda la atención de los setenta guardias que se encontraban entre él y la pared del final del pasillo, los cuales se encontraban en dos grupos. El primer grupo, a siete metros del gigante, estaba compuesto por cuarenta personas armadas con sables. Ocho metros más lejos y cubiertos en parte por los anteriores, una treintena de tiradores comenzaban a tomar posición, preparándose para abrir fuego. Aquella distracción había permitido que el líder del grupo y Comandante de los Ejércitos del Oeste se ocultara tras su compañero convertido en hollín, mientras que el mariscal que portaba la D en su nombre había conseguido infiltrarse por completo haciendo gala de sus poderes, encontrándose dos metros por delante del gigante y a un metro de profundidad.

La batalla por liberar al pueblo acababa de comenzar



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RE: [EVENTO LOCAL - TOROS NEGROS] - Para el pueblo lo que es del pueblo - por Voz Seductora - 31-08-2025, 01:42 AM

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