01-09-2025, 10:50 AM
Como era de intuir, tan solo hemos aplazado lo inevitable. Lo que no me esperaba era que aquel hombre que parecía tan bien vestido y por ende tan amable, acabase con un arma en la mano. Ingenua de mí al dejarme llevar por las apariencias. Esperaba la opción más pacífica: uno huyendo del otro; y sin embargo me encontré con la opción más bélica. ¿Es que no he aprendido nada de mis anteriores experiencias? Parece que hay una respuesta bastante clara: no. ¡Siempre igual, j*der! Tropezando dos veces con la misma maldita piedra. Estoy más que harta de la gente.
Pegué un sprint bajo y en diagonal para salir de la línea directa del caón. A medio camino, hundo mi cuerpo y salto, cogiendo velocidad y potencia, para engancharme al antebrazo de la mano armada del hombre bien vestido. Esperaba que el susto de ver un “bicho” escalando por su brazo le persuadiese y desviase la trayectoria del cañón hasta yo poder ascender a su mano, abrir con todas mis fuerzas sus dedos y desarmarle.
Fue entonces cuando una voz aguda y colérica, mi voz aguda y colérica intentó cortar la tensión. ¿Mi voz, mi enfado traspasaría más allá del sonido de la música de Samba?
— ¡¿Estáis locos o qué?! ¡¿Pensáis mataros aquí, en medio de la ciudad, como si no hubiera inocentes alrededor?!
Y ahí estaba yo: una tontatta minúscula, plantada en mitad del callejón, sobre un hombre más de diez veces más grande que yo, como si mis quince escasos centímetros de altura bastaran para separar a dos gigantes.
— ¡Bajad el arma, tontos de los c*jones! ¡No pienso dejar que nadie muera hoy! —escupí, señalando el charco verdoso del suelo que con tanto mimo parecía intentar proteger uno— . ¡Y tú, con tu cara de elegante de feria, apuntas con un arma como si fuese un juguete!
No descartaba que, a pesar de mi intervención, el más desaliñado intentase igualmente atacar a aquel hombre del que yo misma había intentado protegerle (al que a su vez había evitado que atacase). Si algo tenía claro, era que mi integridad física era lo primordial. No pensaba jugármela más por dos hombres alocados y sin sentido de la supervivencia.
Pegué un sprint bajo y en diagonal para salir de la línea directa del caón. A medio camino, hundo mi cuerpo y salto, cogiendo velocidad y potencia, para engancharme al antebrazo de la mano armada del hombre bien vestido. Esperaba que el susto de ver un “bicho” escalando por su brazo le persuadiese y desviase la trayectoria del cañón hasta yo poder ascender a su mano, abrir con todas mis fuerzas sus dedos y desarmarle.
Fue entonces cuando una voz aguda y colérica, mi voz aguda y colérica intentó cortar la tensión. ¿Mi voz, mi enfado traspasaría más allá del sonido de la música de Samba?
— ¡¿Estáis locos o qué?! ¡¿Pensáis mataros aquí, en medio de la ciudad, como si no hubiera inocentes alrededor?!
Y ahí estaba yo: una tontatta minúscula, plantada en mitad del callejón, sobre un hombre más de diez veces más grande que yo, como si mis quince escasos centímetros de altura bastaran para separar a dos gigantes.
— ¡Bajad el arma, tontos de los c*jones! ¡No pienso dejar que nadie muera hoy! —escupí, señalando el charco verdoso del suelo que con tanto mimo parecía intentar proteger uno— . ¡Y tú, con tu cara de elegante de feria, apuntas con un arma como si fuese un juguete!
No descartaba que, a pesar de mi intervención, el más desaliñado intentase igualmente atacar a aquel hombre del que yo misma había intentado protegerle (al que a su vez había evitado que atacase). Si algo tenía claro, era que mi integridad física era lo primordial. No pensaba jugármela más por dos hombres alocados y sin sentido de la supervivencia.
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