01-09-2025, 01:39 PM
Día 33 de Verano // Año 16
Reino de Samba, suburbios
Reino de Samba, suburbios
Cae la noche y con ella, el volumen de la música. Se va el Sol y tras él, el ambiente amigable de la ciudad. Sale la luna y trae consigo gente que busca problemas, de los que aprovechan cuanto menos brille su luz para mantenerse más en las sombras. La atmósfera festiva que recorre la ciudad durante el día, con sus melodías animadas y las calles llenas de gente que marcha de aquí para allá en sus quehaceres diarios con pequeños pasos de baile, como si estuvieran guiados por algún titiritero guasón, ha dejado paso a una algo más enrarecida. Fiestera, sí, pues en este reino la música es algo más que un hobby o una manera de amenizar salas de espera. El reino de Samba vive por y para la celebración, para la danza, para lo festivo. Pero al caer la noche ese trajín se transforma en muchas partes de la ciudad; locales con música estridente y luces estroboscópicas, gente con más excesos encima de los que les permite la consciencia de su cuerpo, rincones peligrosos aquí y allá.
Nos encontramos en los suburbios de la capital del reino de Samba, sonde se encuentran las mejores fiestas ilegales de la ciudad, en las que abundan las sustancias que darían la voz de alarma para la marina, fiestas en las que la gente entra para olvidar cualquiera de sus pesares sin darse cuenta de cuál es el más importante. Por las calles rebotan los sonidos que se escapan al abrir las puertas de aquellas fiestas y las voces de los que deciden cambiar un local por otro y no son conscientes ni de la hora que es, ni de que ahora caminan por una calle silenciosa en lugar de un pub abarrotado. La brisa no solo trae consigo el ruido de las fiestas, sino que también arrastra el salitre del mar que inunda tu nariz con su olor, tu boca con su sabor. La humedad del ambiente hace que el viento se note frío, fresco más bien, que refresque la piel haciendo que el cuerpo se relaje después de un largo día de calor, propio de esta época del año, sin llegar a erizar la piel, tan solo agradable.
Y recorriendo los suburbios, es como llegamos hasta Ryuu, el niño que nunca estaba solo, convertido ya en hombre adulto, de los que recorren los suburbios en busca de diversión de cualquier tipo, preferiblemente macabra. Frente a él se extiende una enrome avenida, de unos 20 metros de ancho. A sus lados, edificios de oficinas, o al menos lo fueron en otra época, cuando aquella parte de la ciudad aún era próspera. Sus tejados, a 4 pisos de altura, observan la calle como vigilantes, sabedores de las cosas que pasan a sus pies. Las farolas alumbran la calle, como las linternas de estos guardias, limitando las zonas en las que delinquir alegremente, dejando la sombra recluida tan solo a los callejones que salen de la avenida. Algunas de las ventanas de estos edificios de aspecto abandonado dejan salir de ellas ráfagas de luz verde, roja o azul de manera intermitente, señalando sin miedo aquellas plantas en las que se encuentran estas fiestas ilegales. La calle está prácticamente vacía, normal a esta hora en la que los fiesteros ya están demasiado perjudicados como para andar cambiando de un local de fiesta a otro. Unos metros más adelante, ves un hombre que se tambalea. Su manera de caminar ya la has visto muchas veces antes, la típica ruta que tiene un destino fijo, pero que lo busca con un camino serpenteante, avanzando más metros de lado que al frente. El hombre parece robusto y te pregunta cuánto o qué habrá tenido que beber para acabar en ese estado. Lleva una camiseta de tirantes que deja al descubierto sus musculados hombros. En uno de ellos, lleva un curioso tatuaje, uno compuesto por una calavera y una especie de patas de cangrejo. Algo que dejaba claro que aquel hombre era un pirata, y que no temía a mostrarlo.
El hombre avanzaba como podía hacia uno de los callejones. Cuando al fin hubo logrado apoyar una de sus manos en la esquina del edificio, un par de hombres nuevos gritaron tras de él. Estos no parecían ir en un estado como el de el pirata. Vestían unas camisetas que parecían formar parte de un uniforme o algo similar, pues los diferenciaba del resto. En el pecho portaban una insignia característica, pero nada que ver con la Jolly Roger de alguna banda pirata, no. Más bien parecía un símbolo como de alguna otra facción. Los hombres increpaban al borracho con una actitud de prepotencia y superioridad.
—¡Eh, viejo! No te vayas tan rápido. Aún no nos hemos tomado la última —ríe uno de ellos.
—Eso es, viaje gloria. Es hora de que tengamos nuestra recompensa.
El primer hombre entra en el callejón a toda prisa, esperando poder huir de sus captores. Sin embargo, los dos hombres lo alcanzan rápido y entran al callejón solo unos segundos después que él. ¿Cuáles serán las intenciones de estos dos? ¿A qué facción pertenecerán si es que no son piratas? ¿Cómo reaccionará Ryuu ante esta escena?
Nos encontramos en los suburbios de la capital del reino de Samba, sonde se encuentran las mejores fiestas ilegales de la ciudad, en las que abundan las sustancias que darían la voz de alarma para la marina, fiestas en las que la gente entra para olvidar cualquiera de sus pesares sin darse cuenta de cuál es el más importante. Por las calles rebotan los sonidos que se escapan al abrir las puertas de aquellas fiestas y las voces de los que deciden cambiar un local por otro y no son conscientes ni de la hora que es, ni de que ahora caminan por una calle silenciosa en lugar de un pub abarrotado. La brisa no solo trae consigo el ruido de las fiestas, sino que también arrastra el salitre del mar que inunda tu nariz con su olor, tu boca con su sabor. La humedad del ambiente hace que el viento se note frío, fresco más bien, que refresque la piel haciendo que el cuerpo se relaje después de un largo día de calor, propio de esta época del año, sin llegar a erizar la piel, tan solo agradable.
Y recorriendo los suburbios, es como llegamos hasta Ryuu, el niño que nunca estaba solo, convertido ya en hombre adulto, de los que recorren los suburbios en busca de diversión de cualquier tipo, preferiblemente macabra. Frente a él se extiende una enrome avenida, de unos 20 metros de ancho. A sus lados, edificios de oficinas, o al menos lo fueron en otra época, cuando aquella parte de la ciudad aún era próspera. Sus tejados, a 4 pisos de altura, observan la calle como vigilantes, sabedores de las cosas que pasan a sus pies. Las farolas alumbran la calle, como las linternas de estos guardias, limitando las zonas en las que delinquir alegremente, dejando la sombra recluida tan solo a los callejones que salen de la avenida. Algunas de las ventanas de estos edificios de aspecto abandonado dejan salir de ellas ráfagas de luz verde, roja o azul de manera intermitente, señalando sin miedo aquellas plantas en las que se encuentran estas fiestas ilegales. La calle está prácticamente vacía, normal a esta hora en la que los fiesteros ya están demasiado perjudicados como para andar cambiando de un local de fiesta a otro. Unos metros más adelante, ves un hombre que se tambalea. Su manera de caminar ya la has visto muchas veces antes, la típica ruta que tiene un destino fijo, pero que lo busca con un camino serpenteante, avanzando más metros de lado que al frente. El hombre parece robusto y te pregunta cuánto o qué habrá tenido que beber para acabar en ese estado. Lleva una camiseta de tirantes que deja al descubierto sus musculados hombros. En uno de ellos, lleva un curioso tatuaje, uno compuesto por una calavera y una especie de patas de cangrejo. Algo que dejaba claro que aquel hombre era un pirata, y que no temía a mostrarlo.
Tatuaje
Pirata Borracho
El hombre avanzaba como podía hacia uno de los callejones. Cuando al fin hubo logrado apoyar una de sus manos en la esquina del edificio, un par de hombres nuevos gritaron tras de él. Estos no parecían ir en un estado como el de el pirata. Vestían unas camisetas que parecían formar parte de un uniforme o algo similar, pues los diferenciaba del resto. En el pecho portaban una insignia característica, pero nada que ver con la Jolly Roger de alguna banda pirata, no. Más bien parecía un símbolo como de alguna otra facción. Los hombres increpaban al borracho con una actitud de prepotencia y superioridad.
—¡Eh, viejo! No te vayas tan rápido. Aún no nos hemos tomado la última —ríe uno de ellos.
—Eso es, viaje gloria. Es hora de que tengamos nuestra recompensa.
El primer hombre entra en el callejón a toda prisa, esperando poder huir de sus captores. Sin embargo, los dos hombres lo alcanzan rápido y entran al callejón solo unos segundos después que él. ¿Cuáles serán las intenciones de estos dos? ¿A qué facción pertenecerán si es que no son piratas? ¿Cómo reaccionará Ryuu ante esta escena?
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