01-09-2025, 02:51 PM
El primer impacto había sido solo el comienzo. Krysser no necesitaba comprobar el daño para saber que había alcanzado su objetivo, pues el cuerpo de Choromatsu se había resentido, siendo al instante privado de la iniciativa que intentaba recuperar. Y aunque otro luchador habría permitido que se incorporara para buscar un intercambio más “justo”, el tigre no concedía ese tipo de lujos. La justicia, en un combate, se definía únicamente por la capacidad de mantenerse en pie. O por la de impedir que el rival lo hiciera.
Por eso, apenas un segundo después de su puñetazo inicial, Krysser descargó otro con la misma precisión implacable.
Su brazo derecho se replegó y volvió a lanzarse con un giro seco de la cadera, buscando hundirse nuevamente en el torso del rival todavía en el suelo. El movimiento fue rápido, sin pausa, un encadenamiento que no permitía respiro ni levantamiento alguno. El suelo tembló bajo el peso de su embestida, y el aire se cortó con el ruido sordo del golpe al impactar contra las costillas de Choromatsu.
El combate había terminado, mas como siempre, el mink no necesitó levantar la voz ni soltar un rugido de triunfo. El lenguaje del cuerpo caído frente a él ya decía lo suficiente. Los músculos que intentaban levantarse se relajaban de golpe, la respiración se volvía entrecortada, y la voluntad de continuar se apagaba como una llama sofocada bajo la lluvia. Choromatsu no se levantaría más. La amenaza había quedado neutralizada, reducida a un cuerpo sin fuerzas y tendido en el suelo de la arena, al borde de la inconsciencia.
Sin embargo, en el fragor de la acción, mientras su atención permanecía clavada en el derrotado, el peligro se acercaba desde otro ángulo. El mink se volteó a observar el escenario general, tratando de evaluar la situación. Sin embargo, a pesar de voltear, no se percató de la llegada del hermano mayor de aquel sujeto, al menos no hasta que la embestida se materializó en un impacto brutal contra su pecho. La patada le alcanzó con toda la fuerza que el salto había acumulado, atravesando su guardia inexistente por completo y obligándole a encajar el golpe de lleno.
El cuerpo del tigre se arqueó hacia detrás con el impacto, un gruñido grave escapando entre sus dientes apretados. El dolor se encendió en su espalda como un latigazo candente, empujándole y forzando a su pierna derecha a dar un paso atrás para no perder el equilibrio. El aire se comprimió en sus pulmones, robándole momentáneamente el aliento.
Y aun así, no cayó. La musculatura endurecida y los reflejos curtidos en mil combates se activaron al instante, obligando al cuerpo a resistir lo que habría derribado a otro luchador. Krysser encajó el golpe, con la piel aún ardiendo, pero con los pies todavía firmes sobre la arena. La mandíbula se tensó, los colmillos asomaron bajo el labio superior, y sus orejas giraron hacia delante, siguiendo ahora la presencia que había irrumpido en la contienda.
Lo tenía frente a él, otro de aquellos malditos hermanos tan parecidos como molestos. El tigre sonrió, pues tenía otra oportunidad para repetir la misma hazaña.
-Siguiente. -Murmuró con calma y voz baja, aún renqueante por el ataque recibido, sin quitar el ojo de encima de su nuevo enemigo, a pesar de que su cabeza aún daba vueltas y no podía pensar con claridad. Avanzó despacio, como una tormenta lenta pero ineludible, bloqueando la luz bajo su paso. Tres metros de músculo salvaje, una bestia que acababa de dejar fuera de combate a uno de aquellos sujetos, y ahora, posaba su mirada en Karamatsu.
Había recibido el ataque, sí. El ardor en su cuerpo era la prueba innegable de ello. Pero donde otros verían desventaja, Krysser veía únicamente una certeza. Tenía otra presa a la que cazar.
Por eso, apenas un segundo después de su puñetazo inicial, Krysser descargó otro con la misma precisión implacable.
Su brazo derecho se replegó y volvió a lanzarse con un giro seco de la cadera, buscando hundirse nuevamente en el torso del rival todavía en el suelo. El movimiento fue rápido, sin pausa, un encadenamiento que no permitía respiro ni levantamiento alguno. El suelo tembló bajo el peso de su embestida, y el aire se cortó con el ruido sordo del golpe al impactar contra las costillas de Choromatsu.
El combate había terminado, mas como siempre, el mink no necesitó levantar la voz ni soltar un rugido de triunfo. El lenguaje del cuerpo caído frente a él ya decía lo suficiente. Los músculos que intentaban levantarse se relajaban de golpe, la respiración se volvía entrecortada, y la voluntad de continuar se apagaba como una llama sofocada bajo la lluvia. Choromatsu no se levantaría más. La amenaza había quedado neutralizada, reducida a un cuerpo sin fuerzas y tendido en el suelo de la arena, al borde de la inconsciencia.
Sin embargo, en el fragor de la acción, mientras su atención permanecía clavada en el derrotado, el peligro se acercaba desde otro ángulo. El mink se volteó a observar el escenario general, tratando de evaluar la situación. Sin embargo, a pesar de voltear, no se percató de la llegada del hermano mayor de aquel sujeto, al menos no hasta que la embestida se materializó en un impacto brutal contra su pecho. La patada le alcanzó con toda la fuerza que el salto había acumulado, atravesando su guardia inexistente por completo y obligándole a encajar el golpe de lleno.
El cuerpo del tigre se arqueó hacia detrás con el impacto, un gruñido grave escapando entre sus dientes apretados. El dolor se encendió en su espalda como un latigazo candente, empujándole y forzando a su pierna derecha a dar un paso atrás para no perder el equilibrio. El aire se comprimió en sus pulmones, robándole momentáneamente el aliento.
Y aun así, no cayó. La musculatura endurecida y los reflejos curtidos en mil combates se activaron al instante, obligando al cuerpo a resistir lo que habría derribado a otro luchador. Krysser encajó el golpe, con la piel aún ardiendo, pero con los pies todavía firmes sobre la arena. La mandíbula se tensó, los colmillos asomaron bajo el labio superior, y sus orejas giraron hacia delante, siguiendo ahora la presencia que había irrumpido en la contienda.
Lo tenía frente a él, otro de aquellos malditos hermanos tan parecidos como molestos. El tigre sonrió, pues tenía otra oportunidad para repetir la misma hazaña.
-Siguiente. -Murmuró con calma y voz baja, aún renqueante por el ataque recibido, sin quitar el ojo de encima de su nuevo enemigo, a pesar de que su cabeza aún daba vueltas y no podía pensar con claridad. Avanzó despacio, como una tormenta lenta pero ineludible, bloqueando la luz bajo su paso. Tres metros de músculo salvaje, una bestia que acababa de dejar fuera de combate a uno de aquellos sujetos, y ahora, posaba su mirada en Karamatsu.
Había recibido el ataque, sí. El ardor en su cuerpo era la prueba innegable de ello. Pero donde otros verían desventaja, Krysser veía únicamente una certeza. Tenía otra presa a la que cazar.
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