01-09-2025, 02:53 PM
El calor de la mañana en Samba era tan pegajoso que sentía cómo hasta la bufanda morada que siempre llevo conmigo se me adhería al cuello. Aun así, no dejaba que eso me quitara la sonrisa; el puerto era un festival en sí mismo. La gente cargaba cajas de pescado como si estuviera ensayando una coreografía, y yo no podía evitar marcar el paso con los pies, como si el aire mismo trajera música invisible.
Los olores eran un banquete antes del banquete: frituras doradas, ceviches frescos, sushi que parecía brillar bajo el sol… mi estómago rugió como si tuviera vida propia. Caminaba mirando todo con ojos brillantes, repitiéndome que cada isla era un tesoro culinario esperando a ser descubierto.
Entonces la escuché. Esa voz que se alzó por encima de todo: “¡Concurso de cocina del Caraty! ¡Con una plaza como cocinero y 100.000 berries de premio!”. Sentí cómo mi corazón daba un salto. Abrí los ojos como platos, llevé una mano a la frente fingiendo desmayo y solté mi carcajada característica —¡WUAWUAWUAWUAWUA! ¡Este e´ mi momento! —
Sin pensarlo, avancé como flecha entre la multitud. Claro que mi torpeza no podía faltar: choqué con un pescador que llevaba un balde lleno de langostinos y terminé con uno colgando de mi chaqueta, como si fuera un broche improvisado. Me disculpé entre risas, pero no reduje el paso.
—¡Apúnteme ya mismo! —dije cuando llegué frente a la mujer que anunciaba el concurso —Les prometo que mi cocina no solo alimenta, ¡hace bailar al alma! — La gente se me quedó mirando, algunos riendo, otros sorprendidos, y yo sonreí aún más, convencida de que esto era una señal del destino. Sin embargo, mientras me apuntaban, vi de reojo a dos tipos que se colaban al restaurante tras hacer un gesto extraño a uno de los cocineros. Mi instinto se encendió.
—Quizás esto no sea solo un concurso—, pensé, apretando la bufanda morada con fuerza. Pero sonreí, después de todo, ¿qué sería de una aventura sin un poco de intriga?
Los olores eran un banquete antes del banquete: frituras doradas, ceviches frescos, sushi que parecía brillar bajo el sol… mi estómago rugió como si tuviera vida propia. Caminaba mirando todo con ojos brillantes, repitiéndome que cada isla era un tesoro culinario esperando a ser descubierto.
Entonces la escuché. Esa voz que se alzó por encima de todo: “¡Concurso de cocina del Caraty! ¡Con una plaza como cocinero y 100.000 berries de premio!”. Sentí cómo mi corazón daba un salto. Abrí los ojos como platos, llevé una mano a la frente fingiendo desmayo y solté mi carcajada característica —¡WUAWUAWUAWUAWUA! ¡Este e´ mi momento! —
Sin pensarlo, avancé como flecha entre la multitud. Claro que mi torpeza no podía faltar: choqué con un pescador que llevaba un balde lleno de langostinos y terminé con uno colgando de mi chaqueta, como si fuera un broche improvisado. Me disculpé entre risas, pero no reduje el paso.
—¡Apúnteme ya mismo! —dije cuando llegué frente a la mujer que anunciaba el concurso —Les prometo que mi cocina no solo alimenta, ¡hace bailar al alma! — La gente se me quedó mirando, algunos riendo, otros sorprendidos, y yo sonreí aún más, convencida de que esto era una señal del destino. Sin embargo, mientras me apuntaban, vi de reojo a dos tipos que se colaban al restaurante tras hacer un gesto extraño a uno de los cocineros. Mi instinto se encendió.
—Quizás esto no sea solo un concurso—, pensé, apretando la bufanda morada con fuerza. Pero sonreí, después de todo, ¿qué sería de una aventura sin un poco de intriga?
