01-09-2025, 08:36 PM
Según algunos principios de la física y la termodinámica, resulta mucho más fácil tender hacia el caos que propiciar un estado más ordenado que la etapa anterior al cambio. Así como es más sencillo romper un plato que arreglarlo tras hacerlo añicos, para los miembros de Magna resultaba mucho menos agotador acabar con todos y cada uno de ellos sin miramientos. Y sin embargo, quizás por lástima, honor, valores éticos o como futuros recursos, ninguno de los tres cazarrecompensas decidió mostrar, aún, ninguna hostilidad hacia los nativos que osaban apuntar sus armas hacia ellos.
Los Foodvaltienses adultos seguían impasibles, en sumo silencio, plantados en el mismo sitio, esperando alguna respuesta física por parte de sus invasores. No fue hasta que Sohem comenzó a aproximarse solemnemente a la línea más frontal del primer grupo defensivo del lugar que los guerreros reaccionaron mínimamente, colocándose los que portaban su escudo en una postura más defensiva - dejando gran parte de su cuerpo a cubierto de su arma - y, las unidades de infantería dando un paso hacia delante, empuñando con fiereza sus armas. Los niños, en cambio, no paraban de mirar dubitativos y de forma intercalada tanto a los adultos como a Sohem.- Aquí se va a liah la marimorena… - Vaticinaba, llevando su muñón a su redonda barbilla, desde una posición más segura, manteniéndose a 12 metros de las unidades con escudos.
Sin embargo, lejos de iniciar un ataque contra los civiles, el cazarrecompensas con gozo se presentó, junto a los miembros de su gremio para proceder con un discurso que no dejaría indiferente a nadie. Un discurso que, a pesar de venir de parte del enemigo de la persona que les proveía de dinero, a los Foodvaltienses se les hacía imposible poder no prestar atención a sus carismáticas palabras. Palabras que, conforme más escuchaban, más dudas generaban en los habitantes. Muchos de ellos empezaban a aflojar su agarre en sus armas aunque algunos otros, muchos más escépticos y dudosos de que sólo tres personas pudieran acabar con el reinado de Nitobo, seguían en sus quince de pelear por su vida. No obstante, antes de que pudieran hacer nada, una explosión de energía emergió del interior de Sohem, causando que todos los integrantes de la horda se quedaron completamente inmóviles, además del propio Tomás que se mostraba incrédulo ante lo que estaba sucediendo.- ¿Se m’an quedao’ dormíos los músculos o qué? Ojú shiquillo, para ver y no creer. -
Aquello, como una prueba fehaciente de que si iban a batallar en ese momento, tan sólo les esperaba una muerte segura y estúpida, hizo entender por completo en la situación en la que se encontraban los Foodvaltienses. Y aún así, a pesar de que las vidas de todos los guerreros contratados por Nitobo podían haber acabado allí en un abrir y cerrar de ojos, Sohem optó por proseguir con su discurso, brindando de esperanza a las desangeladas almas de los residentes, en especial de los más infantes, quienes no podían evitar llorar por una mezcla de miedo, incertidumbre y rabia, al ver cómo el dinero de ese magnate había conseguido corromper la cultura y vida que en antaño tenían y preservaban. Conforme el discurso avanzaba, más hondo calaba en el interior de todos los guerreros, ya no sólo de los niños, quienes recordaban como era la vida antes de que Nitobo llegara a Foodvalten.
Una vida dedicada por completo al campo y a la agricultura, sobre todo de hierbas medicinales, además de su libertad para venerar a su deidad, el señor de las profundidades y protector de Foodvalten. Era una vida sencilla y humilde pero que, a fin de cuentas, era suya propia y eran felices de esa manera. Era una vida que les fue totalmente arrebatada a la llegada de Nitobo, momento en el que sin reparo reclamó la isla como suya bajo su infinita y absurda fortuna, acompañado de su séquito de hombres trajeados, privando por completo a los nativos de la isla de sus recursos para trabajar directamente hacia Ilime, prometiendo un sinfín de riquezas que luego, jamás llegaban.
Los Foodvaltienses se sentían más liberados, quizás porque sentían haber vuelto a conectar con esa faceta suya que habían perdido años atrás, o bien porque el propio Sohem había desactivado la emisión del Haoshoku, momento en el que los habitantes comenzaron a mover cada uno de sus músculos, como si se hubieran quedado agarrotados por la parálisis. El discurso del enmascarado finalizó con prometer que, la gran cantidad de dinero acumulado en las arcas de Nitobo, se utilizara para hacer florecer la civilización en Foodvalten, terminando por preguntar quién estaba con ellos en aquella misión. En ese preciso instante, los guerreros comenzaron a mirarse atónitos, los unos a los otros, mientras seguían dándole vueltas a las palabras de quién podía convertirse en su nuevo salvador. ¿Y si su poder no era lo suficiente para destronar a Nitobo? ¿Y si lo llegaba a conseguir pero todas esas promesas quedaban en el aire? ¿Y si igualmente no están tan mal bajo el gobierno de Nitobo como quieren creer? Todas esas dudas seguían surgiendo en las mentes y corazones de los guerreros, o al menos en la de los adultos.
El silencio, hecho añicos por los repetidos gritos de Viktor, que aclamaban el nombre de su jefe en una señal de motivación hacia los lugareños de Foodvalten fue seguido, en un principio, por los más infantes de la línea de defensa, quienes soltaron sus cuchillos y dagas, haciendo resonar un eco metálico que indicaba el fin de su absurda lucha. Los adultos, al ver como, aquello que representaba el mismo futuro y esperanza de la isla de Foodvalten, escogían a esos forasteros por encima del Emperador del Inframundo, prontamente siguieron su ejemplo, exclamando al unísono el apellido de la persona que prometía liberarles del yugo impuesto por Nitobo, haciendo que la propia tierra bajo sus pies reverberaran por la magnitud del improvisado coro.- Hay que veh que bien que habla este mushasho, ojú, vaya fiera. - Asentía de brazos cruzados el mink, comenzando a caminar nuevamente hacia delante.- Pueh bien ehta lo que bien acaba. - Comentó como quien no quería la cosa Tomás, mirando a Shoto y a V, acelerando más el ritmo de sus pisadas hacia su humilde chabola.- Vía ir cogiendo lo que haga falta de mi shabolica, id tirándole, pishas. - Pasó a correr, en ese momento, pasando por la izquierda de Sohem y, a continuación, por la de los Foodvaltienses hasta que se adentró en su caseta consistente en cuatro tablones de madera mal puestos.
Sin dejar de corear el nombre de aquel que podía convertirse en su salvador, la improvisada guerrilla de Sohem marchaba de camino a Ciudad Rupia. Durante el trayecto, y una vez que se aprovisionó con lo necesario - y con lo único que tenía -, Tomás corrió como podía con sus cortitas piernas hasta alcanzar al avanzado grupo y, en ese momento, dirigirse hacia el birkaniano de pelos tiesos con algunos útiles en sus manos.- Cúshame, uhté que parese el más apañao’ de los treh. - Le habló, una vez estando posicionado junto a su izquierda, extendiéndole sus brazos con lo que había conseguido recolectar de su casa.- Ahí llevas dos surtío’ de masedonias y un botiquín que tenía por si me daba un jari un día de ehto, pisha. - Se lo cedió finalmente al joven científico.- No eh musha cosa, pero mejor que ná eh, ¿no creeh? - Posicionó sus manitas sobre su cadera - una vez entregada la comida y el botiquín -, entrecerrando sus ojos en lo que parecía ser una postura altanera y orgullosa.- Paese que la cosa pinta bien, están que se dehviven ethos prendas. - Observaba con tranquilidad a la enérgica masa de Foodvaltienses marchando en pos del grupo de Magna, pasando a mirar con detenimiento a los más pequeños que, habiendo tirado sus armas, se resguardaban entre los adultos que parecían ser sus padres y madres.- Habrá que tener cuidao’ con los criajos, o la espishan, eso sí. -
Tras alrededor de otra media hora caminando, el grupo cada vez más en auge, llegaba a las lindes de Ciudad de Rupia, pudiendo otear ya, no sólo lo que suponía ser la Mansión del Botín, sino también el resto de la civilización que componía la humilde urbe. En la propia entrada de la Ciudad, se podía distinguir la enorme Avenida Oeste de tierra de unos 150 metros de largo y 20 de ancho que, si continuaban hasta el fondo, llegarían hasta la Mansión del Botín, un enorme edificio construido de oro reluciente de 24 quilates y decorado con una cantidad insana de piedras preciosas y brillantes de tamaños exagerados en cada parte de la edificación. La mansión, se hallaba resguardada en todo su perímetro por unas vallas de acero reforzado de 10 metros de alto, aunque aún quedaba caminar un buen trecho hasta poder discernir con propiedad todos los detalles. A ambos lados de la Avenida, construidos sobre un césped natural, se hallaban las distintas edificaciones de los habitantes de Foodvalten, bloques de lo que parecía ser una mezcla de piedra y arcilla que, como mucho, llegaban a los 4 metros de alto. Ya que, en un principio, la población de Foodvalten se comportaba como una familia y una comunidad en toda regla, los edificios no poseían cristales en sus huecas ventanas o cerrojos en sus puertas de madera, pudiendo pasar al interior de una vivienda sin que esta ofrezca demasiada resistencia. A mitad de trayecto de la Avenida Oeste - es decir, recorridos 75 metros -, a mano izquierda - y mirando de cara hacia la mansión -, era posible apreciar un pasaje perpendicular, de tres metros de ancho, entre dos hileras de bloques de viviendas que daba a la Avenida Este de Foodvalten, confluyendo junto a la otra avenida en el extravagante edificio del Emperador del Inframundo, formando así, entre las dos avenidas y el pasaje, una suerte de “A”. En los extremos más hacia levante y poniente la ciudad, era posible presenciar varios campos de cultivos - actualmente abandonados - donde, otrora, eran dónde los lugareños plantaban tanto sus alimentos así como sus plantas medicinales.
Sin embargo, antes de se pudieran adentrar lo suficiente en la ciudad, en la propia entrada, a unos 10 metros de vosotros, 290 personas - fácilmente identificables como lugareños - aguardaban con el objetivo de defender su nación y, sobre todo, de pelear por el gran verde, al igual que hacían los que, hasta hace poco, podían considerarse vuestros enemigos. En esta ocasión, esta línea de defensa estaba compuesta tanto por hombres como mujeres con armas de filo, tanto pesadas como ligeras, posicionándose en 29 filas de 10 unidades, acaparando un rectángulo de 20 metros de alto y 10 de ancho. Muchos de los que ahora eran aliados de Magna, tras haber sido testigo de las palabras y actitud del líder, miraban con esperanza a los que ahora estaban en su bando contrario, acercándose un hombre con escudo, corpulento, con rubios cabellos y barba al enmascarado.- Señor Burnedead, ellos tampoco tienen culpa de nada, dejen que hablemos con ellos y así conseguir que se pongan de nuestra parte, por favor. - Razonó de forma educada el hombre del escudo con el jefe de Magna. Por otro lado, Viktor, quién seguía con su Kenbunshoku Haki activo, podía notar como, a unos 30 metros de distancia por detrás la línea más atrasada de aquel escuadrón defensivo, se encontraba aglomerada en lo alto de varios edificios colindantes varias presencias. Ahora debían escoger si reclutar a más activos para su ejército en contra de Nitobo, o empezar a arrasar con todo lo que vieran.
Los Foodvaltienses adultos seguían impasibles, en sumo silencio, plantados en el mismo sitio, esperando alguna respuesta física por parte de sus invasores. No fue hasta que Sohem comenzó a aproximarse solemnemente a la línea más frontal del primer grupo defensivo del lugar que los guerreros reaccionaron mínimamente, colocándose los que portaban su escudo en una postura más defensiva - dejando gran parte de su cuerpo a cubierto de su arma - y, las unidades de infantería dando un paso hacia delante, empuñando con fiereza sus armas. Los niños, en cambio, no paraban de mirar dubitativos y de forma intercalada tanto a los adultos como a Sohem.- Aquí se va a liah la marimorena… - Vaticinaba, llevando su muñón a su redonda barbilla, desde una posición más segura, manteniéndose a 12 metros de las unidades con escudos.
Sin embargo, lejos de iniciar un ataque contra los civiles, el cazarrecompensas con gozo se presentó, junto a los miembros de su gremio para proceder con un discurso que no dejaría indiferente a nadie. Un discurso que, a pesar de venir de parte del enemigo de la persona que les proveía de dinero, a los Foodvaltienses se les hacía imposible poder no prestar atención a sus carismáticas palabras. Palabras que, conforme más escuchaban, más dudas generaban en los habitantes. Muchos de ellos empezaban a aflojar su agarre en sus armas aunque algunos otros, muchos más escépticos y dudosos de que sólo tres personas pudieran acabar con el reinado de Nitobo, seguían en sus quince de pelear por su vida. No obstante, antes de que pudieran hacer nada, una explosión de energía emergió del interior de Sohem, causando que todos los integrantes de la horda se quedaron completamente inmóviles, además del propio Tomás que se mostraba incrédulo ante lo que estaba sucediendo.- ¿Se m’an quedao’ dormíos los músculos o qué? Ojú shiquillo, para ver y no creer. -
Aquello, como una prueba fehaciente de que si iban a batallar en ese momento, tan sólo les esperaba una muerte segura y estúpida, hizo entender por completo en la situación en la que se encontraban los Foodvaltienses. Y aún así, a pesar de que las vidas de todos los guerreros contratados por Nitobo podían haber acabado allí en un abrir y cerrar de ojos, Sohem optó por proseguir con su discurso, brindando de esperanza a las desangeladas almas de los residentes, en especial de los más infantes, quienes no podían evitar llorar por una mezcla de miedo, incertidumbre y rabia, al ver cómo el dinero de ese magnate había conseguido corromper la cultura y vida que en antaño tenían y preservaban. Conforme el discurso avanzaba, más hondo calaba en el interior de todos los guerreros, ya no sólo de los niños, quienes recordaban como era la vida antes de que Nitobo llegara a Foodvalten.
Una vida dedicada por completo al campo y a la agricultura, sobre todo de hierbas medicinales, además de su libertad para venerar a su deidad, el señor de las profundidades y protector de Foodvalten. Era una vida sencilla y humilde pero que, a fin de cuentas, era suya propia y eran felices de esa manera. Era una vida que les fue totalmente arrebatada a la llegada de Nitobo, momento en el que sin reparo reclamó la isla como suya bajo su infinita y absurda fortuna, acompañado de su séquito de hombres trajeados, privando por completo a los nativos de la isla de sus recursos para trabajar directamente hacia Ilime, prometiendo un sinfín de riquezas que luego, jamás llegaban.
Los Foodvaltienses se sentían más liberados, quizás porque sentían haber vuelto a conectar con esa faceta suya que habían perdido años atrás, o bien porque el propio Sohem había desactivado la emisión del Haoshoku, momento en el que los habitantes comenzaron a mover cada uno de sus músculos, como si se hubieran quedado agarrotados por la parálisis. El discurso del enmascarado finalizó con prometer que, la gran cantidad de dinero acumulado en las arcas de Nitobo, se utilizara para hacer florecer la civilización en Foodvalten, terminando por preguntar quién estaba con ellos en aquella misión. En ese preciso instante, los guerreros comenzaron a mirarse atónitos, los unos a los otros, mientras seguían dándole vueltas a las palabras de quién podía convertirse en su nuevo salvador. ¿Y si su poder no era lo suficiente para destronar a Nitobo? ¿Y si lo llegaba a conseguir pero todas esas promesas quedaban en el aire? ¿Y si igualmente no están tan mal bajo el gobierno de Nitobo como quieren creer? Todas esas dudas seguían surgiendo en las mentes y corazones de los guerreros, o al menos en la de los adultos.
El silencio, hecho añicos por los repetidos gritos de Viktor, que aclamaban el nombre de su jefe en una señal de motivación hacia los lugareños de Foodvalten fue seguido, en un principio, por los más infantes de la línea de defensa, quienes soltaron sus cuchillos y dagas, haciendo resonar un eco metálico que indicaba el fin de su absurda lucha. Los adultos, al ver como, aquello que representaba el mismo futuro y esperanza de la isla de Foodvalten, escogían a esos forasteros por encima del Emperador del Inframundo, prontamente siguieron su ejemplo, exclamando al unísono el apellido de la persona que prometía liberarles del yugo impuesto por Nitobo, haciendo que la propia tierra bajo sus pies reverberaran por la magnitud del improvisado coro.- Hay que veh que bien que habla este mushasho, ojú, vaya fiera. - Asentía de brazos cruzados el mink, comenzando a caminar nuevamente hacia delante.- Pueh bien ehta lo que bien acaba. - Comentó como quien no quería la cosa Tomás, mirando a Shoto y a V, acelerando más el ritmo de sus pisadas hacia su humilde chabola.- Vía ir cogiendo lo que haga falta de mi shabolica, id tirándole, pishas. - Pasó a correr, en ese momento, pasando por la izquierda de Sohem y, a continuación, por la de los Foodvaltienses hasta que se adentró en su caseta consistente en cuatro tablones de madera mal puestos.
Sin dejar de corear el nombre de aquel que podía convertirse en su salvador, la improvisada guerrilla de Sohem marchaba de camino a Ciudad Rupia. Durante el trayecto, y una vez que se aprovisionó con lo necesario - y con lo único que tenía -, Tomás corrió como podía con sus cortitas piernas hasta alcanzar al avanzado grupo y, en ese momento, dirigirse hacia el birkaniano de pelos tiesos con algunos útiles en sus manos.- Cúshame, uhté que parese el más apañao’ de los treh. - Le habló, una vez estando posicionado junto a su izquierda, extendiéndole sus brazos con lo que había conseguido recolectar de su casa.- Ahí llevas dos surtío’ de masedonias y un botiquín que tenía por si me daba un jari un día de ehto, pisha. - Se lo cedió finalmente al joven científico.- No eh musha cosa, pero mejor que ná eh, ¿no creeh? - Posicionó sus manitas sobre su cadera - una vez entregada la comida y el botiquín -, entrecerrando sus ojos en lo que parecía ser una postura altanera y orgullosa.- Paese que la cosa pinta bien, están que se dehviven ethos prendas. - Observaba con tranquilidad a la enérgica masa de Foodvaltienses marchando en pos del grupo de Magna, pasando a mirar con detenimiento a los más pequeños que, habiendo tirado sus armas, se resguardaban entre los adultos que parecían ser sus padres y madres.- Habrá que tener cuidao’ con los criajos, o la espishan, eso sí. -
Tras alrededor de otra media hora caminando, el grupo cada vez más en auge, llegaba a las lindes de Ciudad de Rupia, pudiendo otear ya, no sólo lo que suponía ser la Mansión del Botín, sino también el resto de la civilización que componía la humilde urbe. En la propia entrada de la Ciudad, se podía distinguir la enorme Avenida Oeste de tierra de unos 150 metros de largo y 20 de ancho que, si continuaban hasta el fondo, llegarían hasta la Mansión del Botín, un enorme edificio construido de oro reluciente de 24 quilates y decorado con una cantidad insana de piedras preciosas y brillantes de tamaños exagerados en cada parte de la edificación. La mansión, se hallaba resguardada en todo su perímetro por unas vallas de acero reforzado de 10 metros de alto, aunque aún quedaba caminar un buen trecho hasta poder discernir con propiedad todos los detalles. A ambos lados de la Avenida, construidos sobre un césped natural, se hallaban las distintas edificaciones de los habitantes de Foodvalten, bloques de lo que parecía ser una mezcla de piedra y arcilla que, como mucho, llegaban a los 4 metros de alto. Ya que, en un principio, la población de Foodvalten se comportaba como una familia y una comunidad en toda regla, los edificios no poseían cristales en sus huecas ventanas o cerrojos en sus puertas de madera, pudiendo pasar al interior de una vivienda sin que esta ofrezca demasiada resistencia. A mitad de trayecto de la Avenida Oeste - es decir, recorridos 75 metros -, a mano izquierda - y mirando de cara hacia la mansión -, era posible apreciar un pasaje perpendicular, de tres metros de ancho, entre dos hileras de bloques de viviendas que daba a la Avenida Este de Foodvalten, confluyendo junto a la otra avenida en el extravagante edificio del Emperador del Inframundo, formando así, entre las dos avenidas y el pasaje, una suerte de “A”. En los extremos más hacia levante y poniente la ciudad, era posible presenciar varios campos de cultivos - actualmente abandonados - donde, otrora, eran dónde los lugareños plantaban tanto sus alimentos así como sus plantas medicinales.
Sin embargo, antes de se pudieran adentrar lo suficiente en la ciudad, en la propia entrada, a unos 10 metros de vosotros, 290 personas - fácilmente identificables como lugareños - aguardaban con el objetivo de defender su nación y, sobre todo, de pelear por el gran verde, al igual que hacían los que, hasta hace poco, podían considerarse vuestros enemigos. En esta ocasión, esta línea de defensa estaba compuesta tanto por hombres como mujeres con armas de filo, tanto pesadas como ligeras, posicionándose en 29 filas de 10 unidades, acaparando un rectángulo de 20 metros de alto y 10 de ancho. Muchos de los que ahora eran aliados de Magna, tras haber sido testigo de las palabras y actitud del líder, miraban con esperanza a los que ahora estaban en su bando contrario, acercándose un hombre con escudo, corpulento, con rubios cabellos y barba al enmascarado.- Señor Burnedead, ellos tampoco tienen culpa de nada, dejen que hablemos con ellos y así conseguir que se pongan de nuestra parte, por favor. - Razonó de forma educada el hombre del escudo con el jefe de Magna. Por otro lado, Viktor, quién seguía con su Kenbunshoku Haki activo, podía notar como, a unos 30 metros de distancia por detrás la línea más atrasada de aquel escuadrón defensivo, se encontraba aglomerada en lo alto de varios edificios colindantes varias presencias. Ahora debían escoger si reclutar a más activos para su ejército en contra de Nitobo, o empezar a arrasar con todo lo que vieran.
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