03-09-2025, 04:30 AM
(Última modificación: 03-09-2025, 04:31 AM por Maria Merlot.)
Narrador / María Merlot
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¿Está muerta?
Claro que no… no aún.
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¿Está muerta?
Claro que no… no aún.
Su diatriba llamaba la atención de los transeúntes pero al igual que antes, nadie se acercaba, solo miraban de reojo el espectáculo, espectáculo de una mujer de rodillas ante un hombre. Al final del día, la humanidad era así, solo velaban por sus propios intereses, nunca por otros. María lo sabía, porque desde que tenía recuerdos siempre había quedado marginada, siempre había sido el centro de murmullos y miradas pero nunca de empatía. Por eso el blindaje de su piel, o indiferencia de su ser, tras la fachada de locura lo contaremos después.
“Parece que te has llevado un buen golpe”
Su voz volvió a sonar, una voz que eclipsaba el ruido del alrededor. Los ojos ámbar de la dama se fijaron en los castaños de él, y más aún cuando toda su altura se posiciono para quedar a su nivel. Él era alto, más alto que ella seguramente. Su tez blanca le recordaba a la espuma del mar, pero lo que más llamaba su atención era su escrutinio: no lascivo, no valuador, no malicioso… sino más bien ¿compasivo? ¡Qué hombre tan curioso!
“Empecemos por el principio: No estás muerta, no soy un dios y no se si te reencarnaras con un lujurioso pandero”
Los orbes de la fémina se abrieron con sorpresa, y su postura arrodillada se enderezo un poco, hasta el dolor que sentía antes se esfumó y ni hablar del hambre. ¿Por qué? Porque él realmente la había escuchado, él le estaba respondiendo a sus divagaciones de una manera tan sincera y noble que la dejó enmudecida y cautivada. Y más aún, porque el movimiento suave de sus manos, específicamente de sus dedos, enumeraba una a una cada respuesta como si fuera un secreto mágico entre ambos. María le sonrió, aún más ampliamente que antes.
“Tan solo soy un mendigo preocupado por las heridas en tu rostro”
Continuó el masculino mientras la harapienta escuchaba con atención, muy poco común en ella. ¿Mendigo? Ahora que lo piensa, y dado que ha visto a muchas personas, en muchos lados y situaciones, si detallaban bien su ropa, cualquiera se daría cuenta que no pertenecía a la clase pudiente, y eso estaba bien, mientras más tenía una persona… más podía comprar… ¿comprar qué? Mujeres como ella. ¿Él estaba preocupado por las heridas causadas hace horas? Solo era un labio roto y un ojo morado, en peores condiciones había estado. Quería decirle que no tenía que preocuparse, también quería decirle que se alegraba mucho de no estar muerta y que para ella, él sí era un Kami… ¿acaso sus acciones no lo demostraban? Pero sus orbes castaños parecían tenerla en trance porque no pudo coordinar las palabras y exteriorizarlas con su boca.
“Ponte esto en el labio, sanará tu herida. Con lo del ojo... No puedo hacer nada, tendremos que esperar a que se deshinche solo.”
Le ofreció un ungüento, un objeto a simple vista sin valor alguno… desgastado, pequeño y poco llamativo. La muchacha lo tomó entre sus manos, bajando la mirada hacia esa cosa — Ungüento… — repitió más para sí misma, un leve susurro, su cerebro se apagó por un momento, la jaula de grillos que siempre la atormentaba estaba off y su mirada se perdía en lo que descansaba sobre sus palmas. Él le estaba dando medicina para su herida, este hombre desconocido que se detuvo para advertirle sobre el agua, que escucho sus palabras atropelladas y respondió sus inquietudes con amabilidad… le estaba dando medicina. Un nudo se formó en su garganta, una sensación la invadió, una calidez desconocida hasta ese momento. Él se levantó nuevamente, colocando sus brazos en jarras y siendo rodeado por el halo del sol: Definitivamente para ella siempre era un Kami.
“Ahora solucionemos tu sed y tu hambre. Ven, te invito a algo de comer. Algo de comer... Que sea barato.”
Se dio la vuelta y empezó a caminar. El cortocircuito en la cabeza de la peliceleste aún seguía, así que por inercia, o la costumbre de seguir a un amo, se levantó y lo siguió. Él le sacaba por lo menos unos 8 cm. Ella iba detrás de él como un cachorro, pero su lengua estaba enredada y sus ojos no podían despegarse del ungüento, en estos momentos era su posesión más valiosa, y no precisamente porque fuera medicina, sino porque era la nobleza de un corazón en forma de pasta pegajosa que tenía el plus de sanarla.
La chica lo abrió con cuidado, y tomo una porción en su dedo índice, no olía extraño y su color perla era ciertamente bonito. Primero lo probó con la punta de la lengua ¿sabría bien? Bueno, para su sorpresa tenía un sabor pasable… luego se lo colocó justo donde le dolía el labio. La sensación sobre su piel adolorida fue refrescante pero el mayor impacto fue a su corazón, si fuera de las que lloraba estuviera haciéndolo ¿Por qué? Porque nadie, durante mucho tiempo, se preocupó así por ella. Volvió a tapar el frasquito, necesitaba conseguir una forma de aislarlo del agua para evitar que cuando se fuera de esa isla el mar lo dañara.
La chica lo abrió con cuidado, y tomo una porción en su dedo índice, no olía extraño y su color perla era ciertamente bonito. Primero lo probó con la punta de la lengua ¿sabría bien? Bueno, para su sorpresa tenía un sabor pasable… luego se lo colocó justo donde le dolía el labio. La sensación sobre su piel adolorida fue refrescante pero el mayor impacto fue a su corazón, si fuera de las que lloraba estuviera haciéndolo ¿Por qué? Porque nadie, durante mucho tiempo, se preocupó así por ella. Volvió a tapar el frasquito, necesitaba conseguir una forma de aislarlo del agua para evitar que cuando se fuera de esa isla el mar lo dañara.
— Gracias… — susurro la chica saliendo de su embobamiento — Kami, muchas gracias. Será mi más grande tesoro, lo cuidare por los siglos de los siglos. Aunque tenga un sabor raro me gusta, me gusta mucho — le comentaba a su espalda con mucha alegría, como si hubiera bajado una estrella para ella o le hubiera dado el diamante más grande de la tierra — Jamás había recibido un regalo tan valioso y este día he recibido muchos. Primero encontrarme con esa fuente de agua, luego con Kami y este ungüento, descubrir que no estoy muerta y ahora vamos por comida ¿Cómo puede ser mi vida tan buena? — sonrió con felicidad lanzando la pregunta al aire mientras abrazaba el ungüento contra su corazón. Sus palabras podrían ser contradictorias porque ella era la viva imagen de una vida muy mala, pero para aquellos que no tienen nada lo poco que tienen lo aprecian con el alma — … me gustan las papas, nada de peces, los peces son amigos. Tampoco nada de carne de ningún tipo, no me gusta. Ni nada que venga del mar, o que haya podido tener una madre. Una papa estaría bien, si está cocinada mejor, pero cruda tampoco me importaría — empezó a hablar nuevamente, la impresión inicial estaba pasando mientras caminaban entre el mercadillo cuando por el rabillo del ojo la fémina se percató de algo, fue momentáneo pero pudo jurar que la vio. Una de las mujeres de la tripulación, una de las secuaces de Grizelda.
Un escalofríos la recorrió, no era cobarde, nunca lo había sido pero estaba cansada, adolorida y pasando un buen momento, no quería problemas pero en el fondo sabía que el esperpento de Grizelda no la dejaría ir tan fácilmente, después de todo tenía un trato con ese tal Paltear Von Karst. La peliceleste sabía que tenía que huir, seguir intentándolo, aun si la capturaban seguiría intentando zafarse de esa tripulación de brujas. Por un momento viendo la espalda del hombre desgarbado pensó en pedirle ayuda pero lo descarto, él parecía estar en una situación similar a la suya, hasta descalzo iba… y ya le había regalado unos grato y atesorables momentos que la alejaron de su realidad, no podía arrastrarlo a un problema. Entonces, la decisión estaba tomada.
— ¿Kami? — lo llamó para que se detuviera al tiempo que pasaba a su lado y se plantaba frente a él — ¡Kami! — lo llamo de nuevo dedicando una risueña sonrisa — … si quería (ir a comer) pero no puedo, no puedo… debo irme, debo ir al mar, encontrar el mar, porque es el único sitio donde estoy a salvo pero si tuviera la oportunidad si comería contigo, tal vez una deliciosa y dulce fruta, una sandía roja, Las sandías son muy ricas, una vez probé una, espero que tú también puedas probarla alguna vez… pero ten cuidado con sus semillas, son traicioneras, yo no lo sabía pero me trague varias por error. No hagas caso a los cuentos, no crecen plantas en tu estómago. Soy la prueba viviente de ello… — le comentaba entre susurros como si estuviera contándole el secreto más grande del mundo — Kami… — lo llamo mirándolo a sus ojos mientras tomaba su diestra y colocaba el ungüento en su palma para luego, con un gesto suave, cerrar sus dedos sobre él, envolviendo su mano con las suyas (tu mano derecha está entre las manos de Maria) — … gracias… yo… no puedo llevarlo conmigo al mar, se dañara, no tengo cómo proteger algo tan valioso… yo… si creo que eres un Kami, porque un Kami definitivamente actuaría como tu… — le decía viéndolo a los ojos para expresar toda su sinceridad, luego sus orbes se desviarán más allá de él. Definitivamente eran esas brujas, y ella no iba a involucrar a nadie, y menos a un buen hombre, en su lucha personal — … debo irme al mar… pero espero que nos veamos de nuevo lo deseo con todo el corazón — lo soltó dedicando una última sonrisa para girarse y empezar a correr entre la multitud. Justo después que ella comenzó a correr dos mujeres de aspecto dudoso pasaron al lado del masculino, en la misma dirección que se fue la ambarina. Una dirección totalmente opuesta al mar, es más, llevaba hasta el centro de la isla.
Un escalofríos la recorrió, no era cobarde, nunca lo había sido pero estaba cansada, adolorida y pasando un buen momento, no quería problemas pero en el fondo sabía que el esperpento de Grizelda no la dejaría ir tan fácilmente, después de todo tenía un trato con ese tal Paltear Von Karst. La peliceleste sabía que tenía que huir, seguir intentándolo, aun si la capturaban seguiría intentando zafarse de esa tripulación de brujas. Por un momento viendo la espalda del hombre desgarbado pensó en pedirle ayuda pero lo descarto, él parecía estar en una situación similar a la suya, hasta descalzo iba… y ya le había regalado unos grato y atesorables momentos que la alejaron de su realidad, no podía arrastrarlo a un problema. Entonces, la decisión estaba tomada.
— ¿Kami? — lo llamó para que se detuviera al tiempo que pasaba a su lado y se plantaba frente a él — ¡Kami! — lo llamo de nuevo dedicando una risueña sonrisa — … si quería (ir a comer) pero no puedo, no puedo… debo irme, debo ir al mar, encontrar el mar, porque es el único sitio donde estoy a salvo pero si tuviera la oportunidad si comería contigo, tal vez una deliciosa y dulce fruta, una sandía roja, Las sandías son muy ricas, una vez probé una, espero que tú también puedas probarla alguna vez… pero ten cuidado con sus semillas, son traicioneras, yo no lo sabía pero me trague varias por error. No hagas caso a los cuentos, no crecen plantas en tu estómago. Soy la prueba viviente de ello… — le comentaba entre susurros como si estuviera contándole el secreto más grande del mundo — Kami… — lo llamo mirándolo a sus ojos mientras tomaba su diestra y colocaba el ungüento en su palma para luego, con un gesto suave, cerrar sus dedos sobre él, envolviendo su mano con las suyas (tu mano derecha está entre las manos de Maria) — … gracias… yo… no puedo llevarlo conmigo al mar, se dañara, no tengo cómo proteger algo tan valioso… yo… si creo que eres un Kami, porque un Kami definitivamente actuaría como tu… — le decía viéndolo a los ojos para expresar toda su sinceridad, luego sus orbes se desviarán más allá de él. Definitivamente eran esas brujas, y ella no iba a involucrar a nadie, y menos a un buen hombre, en su lucha personal — … debo irme al mar… pero espero que nos veamos de nuevo lo deseo con todo el corazón — lo soltó dedicando una última sonrisa para girarse y empezar a correr entre la multitud. Justo después que ella comenzó a correr dos mujeres de aspecto dudoso pasaron al lado del masculino, en la misma dirección que se fue la ambarina. Una dirección totalmente opuesta al mar, es más, llevaba hasta el centro de la isla.
¡Qué terrible orientación!
¡Harás que te maten!
¡Harás que te maten!
María corrió, corrió lo que sus piernas y fuerza la dejaron, todo con un solo pensamiento en mente: Si llegaba al mar podría perder a las secuaces de Grizelda, porque todas eran unas tontas y ella tenía ventaja en ese elemento. Las personas iban quedando atrás, el mercadillo y su Kami. Se internó en un callejón, salió y se perdió en otra calle, y otro callejón, cuando vio la salida cometío el error de mirar atrás y fue entonces cuando chocó contra algo que la impulsó en dirección contraria. — Ayyyyy — soltó cayendo sobre el piso, ahí iban unos raspones nuevos, cuando levanto la vista y la vio… — Esto tiene que ser una horrible pesadilla. ¿Por qué estaré soñando con monstruosas solteronas? ¿Qué castigo estoy pagando? — bromeo, no había otro manera, estaba muerta, por lo menos las atormentaría con palabras.
— ¡Ja! ¿Pesadilla, dices? ¡La pesadilla es tener que escuchar tus quejidos! Me gustaría que fuera un sueño, para poder rebanarte la lengua y dejar de oír tu voz de rata. Pero te salvas porque te tengo negociada… — escupió la fea pirata mientras miraba atrás de María, dónde llegaban sus dos marineras: Kraistal y Pen —... agarrenla y vámonos… — les ordenó, y cada uno procedió a sujetar a Maria de un brazo, la muchacha intentó luchar pero fue inutil.
— Noooooooooo quieroooooo iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiirrrrrrrrrrrrrr ayudaaaaaaaaaaaaaaaaaa — empezo a gritar la peliceleste, no quería regresar al barco, no a ese barco — AYUDAAAAAAAAAAAAAAAAAA — sus gritos fueron acallados por una bofetada, en su lado bueno, esta mujer la iba a desfigurar.
— ¡Callate! — le ordenó Grizelda, quien fue la artífice del golpe. El golpe aturdió a la rehén por un momento.
— No… no pienso callarme, no puedo quedarme tranquila, eres mala… mala, solterona y fea, y pienso gritar, y pelear y morder, y lo que sea necesario para atormentarte — comenzó a decir volviendo a intentar zafarse pero era inútil — AYUDAAAAAAAAAAAA — grito nuevamente pero justo ese lado del pueblo estaba desierto. ¿Dónde estaba la gente?
— ¡He dicho que te calles, Perra Loca! — la vena le saltaba a la parchada mujer quien volvió a abofetearla, esta vez en el lado de su ojo morado haciendo que el labio volviera a sangrar, lo que significaba que el ungüento fue desperdiciado — ¿Vas a venir por las buenas o por las malas? — le pregunto mientras tomaba un puño de su cabello para levantarle la cabeza.
— ¿Te… tengo op...opción? — pregunto entrecortadamente entre una suave risa la peliceleste — ¡Mil veces por las malas! Gusana marina horrorosa y apestosa — concluyó escupiendole la cara con saliva llena de sangre.
La acción desató la ira de Grizelda quien la utilizó como saco de boxeo al punto que sus dos secuaces tuvieron que soltar a Maria, quien se hizo un ovillo en el suelo prefiriendo morir que ser llevadas con ellas. La bruja pirata la pateaba y en cualquier momento perdería el conocimiento, seguramente ahora si moriría…
— ¡Ja! ¿Pesadilla, dices? ¡La pesadilla es tener que escuchar tus quejidos! Me gustaría que fuera un sueño, para poder rebanarte la lengua y dejar de oír tu voz de rata. Pero te salvas porque te tengo negociada… — escupió la fea pirata mientras miraba atrás de María, dónde llegaban sus dos marineras: Kraistal y Pen —... agarrenla y vámonos… — les ordenó, y cada uno procedió a sujetar a Maria de un brazo, la muchacha intentó luchar pero fue inutil.
— Noooooooooo quieroooooo iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiirrrrrrrrrrrrrr ayudaaaaaaaaaaaaaaaaaa — empezo a gritar la peliceleste, no quería regresar al barco, no a ese barco — AYUDAAAAAAAAAAAAAAAAAA — sus gritos fueron acallados por una bofetada, en su lado bueno, esta mujer la iba a desfigurar.
— ¡Callate! — le ordenó Grizelda, quien fue la artífice del golpe. El golpe aturdió a la rehén por un momento.
— No… no pienso callarme, no puedo quedarme tranquila, eres mala… mala, solterona y fea, y pienso gritar, y pelear y morder, y lo que sea necesario para atormentarte — comenzó a decir volviendo a intentar zafarse pero era inútil — AYUDAAAAAAAAAAAA — grito nuevamente pero justo ese lado del pueblo estaba desierto. ¿Dónde estaba la gente?
— ¡He dicho que te calles, Perra Loca! — la vena le saltaba a la parchada mujer quien volvió a abofetearla, esta vez en el lado de su ojo morado haciendo que el labio volviera a sangrar, lo que significaba que el ungüento fue desperdiciado — ¿Vas a venir por las buenas o por las malas? — le pregunto mientras tomaba un puño de su cabello para levantarle la cabeza.
— ¿Te… tengo op...opción? — pregunto entrecortadamente entre una suave risa la peliceleste — ¡Mil veces por las malas! Gusana marina horrorosa y apestosa — concluyó escupiendole la cara con saliva llena de sangre.
La acción desató la ira de Grizelda quien la utilizó como saco de boxeo al punto que sus dos secuaces tuvieron que soltar a Maria, quien se hizo un ovillo en el suelo prefiriendo morir que ser llevadas con ellas. La bruja pirata la pateaba y en cualquier momento perdería el conocimiento, seguramente ahora si moriría…
Karma Fanático: Hyakinthos.
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