04-09-2025, 03:42 AM
Día 39 de Verano, Año 16
Cuantas historias se cuentan en el trópico. Aventuras legendarias de aquellos que vienen y van a la isla Samba. ¿Cuantas leyendas del mar habrán caminado por estas calles, disfrutado de estos paisajes y se habrán deleitado de la gastronomía local y el ritmo de la fiesta? Ritmo. Esa es la clave. Un ritmo frenético, marchoso e hipnótico que envuelve a la isla de una atmósfera única. Quizás es por eso que todo lo que sucede aquí, sucede a lo grande. Que el mundo entero sabe que lo que nace en Samba, resuena por todos los rincones del planeta. Y esta noche... Esta noche está a punto de ver nacer a verdaderas estrellas. Estrellas del crimen, el saqueo y el pillaje. Pero, sobretodo... Estrellas del espectáculo.
La nocturnidad en Samba es curiosa. Mientras que las calles están vacías, los edificios están a rebosar de garitos clandestinos que no dejan a los ciudadanos dormir. Es una fiesta constante donde nadie tiene permitido retirarse y participan desde los más ricos, nobles y justos hasta los más rateros y malnacidos del lugar. Aquí estamos precisamente. En uno de tantos locales que propones una alternativa adulta al descanso. Es un segundo piso de un edificio de 3 plantas. Una gran sala, como si de un centro cívico se tratase. Para acceder hay unas escaleras que dan desde la calle a una puerta que insonoriza por completo la estancia. Una vez dentro, se puede ver de todo.
Una gran pista de baile preside la sala. Amplia como ella sola. Todos caben ahí, pero está tan abarrotada de decenas y decenas de personas que apenas cabe un alfiler. El suelo de la pista es pegajoso, víctima de cientos de bebidas derramas y vidrios rotos. Por encima de la gente, una bola de disco y media docena de focos de luces estroboscópicas. Una iluminación que hace parecer que la gente baila por fotogramas.
A la izquierda, una barra que ocupa lo largo de la pared. La gente se presenta ahí para pedir cualquier tipo de refrigerio o consumición... No tan legal. Tras la barra, un puñado de trabajadores para arriba y para abajo, a destajo y sin parar. Su sueldo se basa en propinas, así que son amables y rápidos con todo aquel que se les acerca, por mucho que varios impresentables pidan las cosas de mala manera.
En el fondo del todo desde el acceso principal, un puñado de mesas con sillas. Parecen reservados para clientes VIP. Todos los que se sientan ahí tienen pinta o de tener más pasta que el resto o de tener demasiados contactos. Todos llaman la atención, pero nadie destaca de forma significativa. Algunos parecen reunidos por negocios. Otros por consumo ilícito. Y los peores parecen pasarlo bien en compañía de hombres y mujeres con ganas de marcha. Hay una mesa libre. Un último reservado por si alguien quiere reunirse.
A la izquierda, un pequeño escenario formado por múltiples plataformas. Cada plataforma con una barra central que conecta hasta el techo. Ahí los más atrevidos suben para bailar y dar espectáculo a los de abajo. Hay quien baila mejor y es realmente agradable de ver. Otros solo hacen el ridículo y son rápidamente desterrados al centro. Todos son libres de subir, pero no todos son dignos de mantenerse.
Sin duda, un antro donde la noche vulgar se convierte en anécdota para toda una vida. Un sitio que recoge a mundanos y a aquellos que buscan ser algo más.
Aquí, en este mismo garito, se encuentran un conjunto de protagonistas de lo más variopinto. Algún ya se conocen. Otros están por hacerlo. Todavía no son conscientes de que sus destinos están entrelazados y de que... La noche es joven. ¿Así que porque no un poco de samba?
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