23-09-2023, 10:01 PM
Ah... qué aventuras más emocionantes e interesantes. El mundo fuera de vuestro alcance estaba más vivo que nunca y vosotros aun no podíais ni oler lo que se estaba cocinando. La inmensidad del mar se escapaba a vuestra comprensión y ese periódico no era si no una pequeña rendija por la que poder mirar hacia ese salvaje y desconocido mundo que otrora no pensabais ni que pudierais formar parte. Pues si, esos periódicos se estaban repartiendo por todo el mundo y a donde fuere que llegasen, cualesquiera que lo recibiesen, podrían saber sobre vosotros. Las cartas del sino estaban echadas.
Jolgorio y algarabía eran la esencia de la mañana entre los residentes, visitantes, y trabajadores abordo de los grandes corceles de madera que surcaban las olas del frío océano, así como de los polizones que, aparentemente ajenos a todo comenzaban a interactuar entre ellos. Leían la prensa, hablaban unos con otros, planeaban, argumentaban, protestaban, buscaban como corregir sus actos y enmendarlos, o poder ser presa de los mismos aceptándonos con orgullo y la cabeza alta. Pero eso al titiritero de vuestros caminos, honestamente no le importaba lo más mínimo.
Él, fuera quien fuera si es que había alguien, pareciera un niño soplando la vela de su barco de juguete en su bañera haciendo que las embarcaciones en las que os encontrabais comenzasen a adelantarse dejando la isla atrás, empequeñeciendo en la distancia y cobrando una diferencia de varias decenas, o incluso pocas centenas, de metros entre ellos. En este basto mundo, navegaríais en pos de un sueño surcando el ancho mar que se extendía frente a vosotros. El puerto del destino era el mañana, cada día más incierto. Ahora estabais todos en el mismo barco, relativamente, y vuestra bandera, era la libertad. El mar tiene tesoros increíbles y lo mejor en esta vida, era encontrarlos. Sabíais que vuestro camino os llevaría directos hacia allí, viviendo cada día con emoción esperando una nueva aventura.
'Bon voyage'. pareciera escucharse en el ambiente entre el crepitar de las olas y el crujir de las maderas, acompañadas por los golpes del viento en las velas y el chirriar de las sogas amarradas.
Los barcos tardarían pocos minutos en comenzar a usar la corriente ascendente de la Red Line, un río que ascendía desde del mar hacia la cumbre más alta de aquella impasible montaña, ganando más y más velocidad a cada palmo recorrido y precipitándose a un evento que, siendo sinceros, civiles de a pie y niños no eran capaces de sobrellevar y, dado el carácter informal al que habían subido a los barcos, seguramente necesitasen de algo de ayuda externa... ¿pero podrían encontrarla en vosotros? El tiempo apremiaba, las olas cada vez eran más fuertes y la marea no jugaba, porque esto no era un juego. De forma impertérrita e inenarrable vuestra embarcación comenzó a ascender por la corriente y a tambalearse de lado a lado, alguna incluso rozando contras las pedregosas paredes y dilucidando un muy mal destino para quien no tuviera a alguien competente al volante. La velocidad cada vez era mayor, y el peligro creía de forma exponencial. En pocos minutos, estaríais en la cima... si es que conseguíais llegar.
Jolgorio y algarabía eran la esencia de la mañana entre los residentes, visitantes, y trabajadores abordo de los grandes corceles de madera que surcaban las olas del frío océano, así como de los polizones que, aparentemente ajenos a todo comenzaban a interactuar entre ellos. Leían la prensa, hablaban unos con otros, planeaban, argumentaban, protestaban, buscaban como corregir sus actos y enmendarlos, o poder ser presa de los mismos aceptándonos con orgullo y la cabeza alta. Pero eso al titiritero de vuestros caminos, honestamente no le importaba lo más mínimo.
Él, fuera quien fuera si es que había alguien, pareciera un niño soplando la vela de su barco de juguete en su bañera haciendo que las embarcaciones en las que os encontrabais comenzasen a adelantarse dejando la isla atrás, empequeñeciendo en la distancia y cobrando una diferencia de varias decenas, o incluso pocas centenas, de metros entre ellos. En este basto mundo, navegaríais en pos de un sueño surcando el ancho mar que se extendía frente a vosotros. El puerto del destino era el mañana, cada día más incierto. Ahora estabais todos en el mismo barco, relativamente, y vuestra bandera, era la libertad. El mar tiene tesoros increíbles y lo mejor en esta vida, era encontrarlos. Sabíais que vuestro camino os llevaría directos hacia allí, viviendo cada día con emoción esperando una nueva aventura.
'Bon voyage'. pareciera escucharse en el ambiente entre el crepitar de las olas y el crujir de las maderas, acompañadas por los golpes del viento en las velas y el chirriar de las sogas amarradas.
Los barcos tardarían pocos minutos en comenzar a usar la corriente ascendente de la Red Line, un río que ascendía desde del mar hacia la cumbre más alta de aquella impasible montaña, ganando más y más velocidad a cada palmo recorrido y precipitándose a un evento que, siendo sinceros, civiles de a pie y niños no eran capaces de sobrellevar y, dado el carácter informal al que habían subido a los barcos, seguramente necesitasen de algo de ayuda externa... ¿pero podrían encontrarla en vosotros? El tiempo apremiaba, las olas cada vez eran más fuertes y la marea no jugaba, porque esto no era un juego. De forma impertérrita e inenarrable vuestra embarcación comenzó a ascender por la corriente y a tambalearse de lado a lado, alguna incluso rozando contras las pedregosas paredes y dilucidando un muy mal destino para quien no tuviera a alguien competente al volante. La velocidad cada vez era mayor, y el peligro creía de forma exponencial. En pocos minutos, estaríais en la cima... si es que conseguíais llegar.
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