04-09-2025, 11:12 AM
Siempre me he sentido mas a gusto en las noches, dónde yo era el que acechaba en busca de víctimas a las que robar. Aunque sería más apropiado decir que era como un carroñero, me colaba en sus madrigueras para tomar aquello de valor que tuviesen allí. Ahora, las noches me han convertido en un incauto roedor que sale a por comida, sin saber si tiene sobre él los ojos de un búho, esperando el momento exacto para clavar las garras en su espalda. Los días son aún peores, pues no se cuántos de esos ojos pueden delatarme, o cuales de ellos me andan buscando. Es por ello que ya solo salgo con la luna, rapiño los contenedores del puerto con rapidez y vuelvo a mi rincón oculto sobre la lonja. Pero lo sucedido hace un par de noches me ha hecho volverme algo paranoico. ¿Puedo ya estar seguro allí? ¿Cuánto tiempo tardarán en aparecer los compañeros de aquella chica? ¿Trabajaría para Reena? ¿Cómo de grande será el grupo que envíe esta vez a por mi? Después de lo que le hice a aquellos chicos seguro que no escatima en fuerzas...
Mis pensamientos se habían convertido en una cárcel, ya que por ellos me había recluido en mi guarida los últimos días. Pero ya no aguantaba más. Allí nunca encontraré aliados con los que poder huir de esta isla, con los que intentar sentirme a salvo. Sin embargo, no era una tarea fácil; la única persona con la que había hablado en los últimos días no dudó en sacar una navaja e intentar clavármela en el pecho sin apenas haber cruzado dos frases. Estuve horas meditando, tal vez días. Pensaba que mi situación no tendría solución, que debería buscar una opción de huir de aquí yo solo. Pero entonces, lo recordé. Aquel sitio del demonio en el que acabé la noche que toda mi vida se torció. Aquella en la que creía que comenzaba mi libertad, y en la que lo acabé perdiendo todo, o bueno, casi todo, pienso mientras agarro el colgante que me dio mi madre.
Es por eso que acabé aquí. Un lugar lleno de gente que viven fuera de la ley, o que, como poco, prefieren que sus actividades pasen desapercibidas. Luces de colores, música a gran volumen y de ritmo acelerado, gente sudada frotándose unos con otros. Unos vienen para dejar a un lado la rutina, otros para olvidarla por completo bajo el influjo de diferentes sustancias. Otros en cambio, vienen para hacer negocios, como bien pude comprobar la noche que huía de la mansión Reena. Si bien algunos eligen una apartada azotea para intercambiar fajos de billetes por bolsas llenas de pastillas, otros prefieren realizar sus actividades comerciales donde está la acción, en locales en los que el público es más extenso, y en los que cuentan con el paraguas de que todo lo que sucede a su alrededor tenga también un carácter poco legal. Sin duda, un sitio como este es el mejor para encontrar compañeros en una situación parecida a la mía; prófugos o delincuentes, me da igual. Solo me importa que no sean ni marines ni hombres de Reena.
Los destellos golpean mis ojos y hacen difícil distinguir las caras de la gente que baila en el centro del local entre tanto movimiento parpadeante. No pienso entrar ahí, demasiada gente, demasiado roce. La enorme bola que pende sobre ellos reparte haces de luz por toda la sala, como si intentase atrapar nuevas víctimas que quedarán atrapadas a sus pies, pegadas a un suelo cubierto de cristales y mugre, tanto que me cuesta creer que no pierdan el calzado en cada bote que dan. Yo prefiero quedarme a un costado, sin llamar la atención, analizando la gente que hay disfrutando de la fiesta, buscando algún posible compañero futuro. Camino despacio hasta llegar a la barra, la cuál está llena de gente pidiendo bebidas y algún otro tipo de «especial de la casa». Me deslizo hacia la esquina, a una zona más resguardada, menos expuesta, y apoyo mi codo sobre la madera. Gran error, pues noto como la manga de mi chaqueta se frena y queda adherida al más mínimo contacto. Tendré que buscar una fuente más adelante en la que pueda quitar la mancha que seguro se está formando en ella. Ordeno una bebida, un San francisco, un combinado de varios zumos de frutas y siropes. El camarero me mira y arruga su frente nada más escucharme. Veo como se acerca a su compañera y le dice algo al oído. Ella encoge sus hombros y él decide coger un par de botellas de zumo y mezclarlas en un vaso directamente, sin hielos ni nada. Me acerca el vaso y mi gesto de confusión debe ser tal, que puedo ver cómo el camarero comienza a buscar algo de lado a lado, hasta que finalmente coloca una sombrillita de papel en mi bebida y sonríe de manera forzada. Asiento y tomo la bebida, pues no estoy aquí para deleitarme y esto es mucho mejor que lo que he podido tomar desde hace días. Pago y entrego algunos berries extra al camarero, el cual se guarda a toda prisa en el bolsillo como si de ellos dependiera su vida.
Busco la zona algo más sombría tras de mi y me apoyo en la pared para establecer mi torre de vigilancia improvisada. Desde aquí pienso revisar la sala en busca de gente interesante a la que poderme unir. No amigos, eso no creo que vaya a encontrarlo en un lugar como este. Tan solo compañeros.Mis pensamientos se habían convertido en una cárcel, ya que por ellos me había recluido en mi guarida los últimos días. Pero ya no aguantaba más. Allí nunca encontraré aliados con los que poder huir de esta isla, con los que intentar sentirme a salvo. Sin embargo, no era una tarea fácil; la única persona con la que había hablado en los últimos días no dudó en sacar una navaja e intentar clavármela en el pecho sin apenas haber cruzado dos frases. Estuve horas meditando, tal vez días. Pensaba que mi situación no tendría solución, que debería buscar una opción de huir de aquí yo solo. Pero entonces, lo recordé. Aquel sitio del demonio en el que acabé la noche que toda mi vida se torció. Aquella en la que creía que comenzaba mi libertad, y en la que lo acabé perdiendo todo, o bueno, casi todo, pienso mientras agarro el colgante que me dio mi madre.
Es por eso que acabé aquí. Un lugar lleno de gente que viven fuera de la ley, o que, como poco, prefieren que sus actividades pasen desapercibidas. Luces de colores, música a gran volumen y de ritmo acelerado, gente sudada frotándose unos con otros. Unos vienen para dejar a un lado la rutina, otros para olvidarla por completo bajo el influjo de diferentes sustancias. Otros en cambio, vienen para hacer negocios, como bien pude comprobar la noche que huía de la mansión Reena. Si bien algunos eligen una apartada azotea para intercambiar fajos de billetes por bolsas llenas de pastillas, otros prefieren realizar sus actividades comerciales donde está la acción, en locales en los que el público es más extenso, y en los que cuentan con el paraguas de que todo lo que sucede a su alrededor tenga también un carácter poco legal. Sin duda, un sitio como este es el mejor para encontrar compañeros en una situación parecida a la mía; prófugos o delincuentes, me da igual. Solo me importa que no sean ni marines ni hombres de Reena.
Los destellos golpean mis ojos y hacen difícil distinguir las caras de la gente que baila en el centro del local entre tanto movimiento parpadeante. No pienso entrar ahí, demasiada gente, demasiado roce. La enorme bola que pende sobre ellos reparte haces de luz por toda la sala, como si intentase atrapar nuevas víctimas que quedarán atrapadas a sus pies, pegadas a un suelo cubierto de cristales y mugre, tanto que me cuesta creer que no pierdan el calzado en cada bote que dan. Yo prefiero quedarme a un costado, sin llamar la atención, analizando la gente que hay disfrutando de la fiesta, buscando algún posible compañero futuro. Camino despacio hasta llegar a la barra, la cuál está llena de gente pidiendo bebidas y algún otro tipo de «especial de la casa». Me deslizo hacia la esquina, a una zona más resguardada, menos expuesta, y apoyo mi codo sobre la madera. Gran error, pues noto como la manga de mi chaqueta se frena y queda adherida al más mínimo contacto. Tendré que buscar una fuente más adelante en la que pueda quitar la mancha que seguro se está formando en ella. Ordeno una bebida, un San francisco, un combinado de varios zumos de frutas y siropes. El camarero me mira y arruga su frente nada más escucharme. Veo como se acerca a su compañera y le dice algo al oído. Ella encoge sus hombros y él decide coger un par de botellas de zumo y mezclarlas en un vaso directamente, sin hielos ni nada. Me acerca el vaso y mi gesto de confusión debe ser tal, que puedo ver cómo el camarero comienza a buscar algo de lado a lado, hasta que finalmente coloca una sombrillita de papel en mi bebida y sonríe de manera forzada. Asiento y tomo la bebida, pues no estoy aquí para deleitarme y esto es mucho mejor que lo que he podido tomar desde hace días. Pago y entrego algunos berries extra al camarero, el cual se guarda a toda prisa en el bolsillo como si de ellos dependiera su vida.
Al fondo de la sala puedo ver una zona de sillas y mesas algo apartadas del bullicio. Me recuerdan a aquellas que había la otra noche, esas dónde había gente apostando a las cartas. Siento un impulso irrefrenable por ir a ver si alguien quiere jugar a algo o si me dejan unirme a alguna de sus partidas, pero rápido recuerdo lo que me pasó la última vez y decido que estoy bien donde estoy. Es más, viendo la gente que se encuentra allí diría que estoy más seguro alejado de ellos. Los hay que parecen tener el dinero por castigo, de los que buscan nuevas formas en las que derrocharlo puesto que no saben ya en qué hacerlo. Y luego un segundo grupo, uno que me trae malos recuerdos, pues varios de ellos tienen la misma actitud que sostenía Reena con todos sus subordinados. Esa creencia en que eran superiores al resto solo por tener más poder, más contactos.
Continúo con mi barrido visual. Veo muchas personas que podrían ser ciudadanos de lo más normal, gente que me hubiese cruzado yendo a por el pan, de haber sido otra mi vida. Pero entre la multitud, haciendo un buen esfuerzo por destacar individuos entre toda esa masa de cabezas brincando, puedo ver varias personas que llaman mi atención. ¿Será alguno de ellos un posible compañero?
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