05-09-2025, 07:21 AM
—¿En mi vida? ¿O solo por ahora? —Preguntas que se mezclaron con respiraciones entrecortadas cuando las manos ajenas sobre su pantalón se hicieron evidentes y, aunque él siguió con su propia tarea, no detuvo al pelinegro de librarlo de la estorbosa tela que, para este punto, no era más que una tortura, una que podría terminar en cualquier momento si tan solo se tocara a si mismo o si, así como le hizo hacer a su cliente, rogaba por una caricia, pero…no, no lo haría, porque la expectativa podía más que sus ansias y porque, aunque no lo dijera en voz alta, ese “dolor” solo aumentaba su placer.
Nada más dulce que la desesperación provocada por sus labios, por su lengua, nada que aumentara más las sensaciones de su propio cuerpo que ver el desastre que provocaba en el ajeno.
Sonrió.
El sonido del mueble arrastrándose en el suelo, una mano desesperada palpando sobre la madera para encontrar la protección solicitada y lo que le parecían jadeos reprimidos, fueron suficientes para que no soportara más.
Su lengua fue más generosa, el movimiento de su boca más rápido, más desesperado y una de sus manos bajó para encontrarse con su propia erección aún atrapada entre su ropa interior, solo pensó en tocarse por encima, pasar sus dedos sobre la tela como si tuvieran temor de encontrar lo que había debajo, pero la presión repentina en su cabeza, sus cabellos siendo jalados con más fuerza de la prevista y un nuevo ritmo impuesto por su amante improvisado, fueron los causantes de que su mano se apretara un poco más de lo que tenía en mente sobre su miembro y, sin querer, empezara a tocarse con ese ritmo impaciente obligado por el otro hombre.
La habitación se habría llenado con sus gemidos de no ser porque se sintió atragantar, tuvo que hacer un esfuerzo para no arquear y arruinar el momento. Sus ojos se cerraron, ocultando el lagrimeo inevitable que empañó su mirada por los segundos que estuvieron abiertos.
¿Qué no parara? ¿Cómo hacerlo cuándo el control cambió de un momento a otro? Ahora esas palabras dichas minutos antes le parecieron incluso una burla anticipada por lo que el destino se traía entre manos y que ahora probaba de primera mano.
¿Era una queja? No.
El cambio repentino solo hizo que sus piernas flaquearan y que su mente terminara por cederle todo el control a su instinto, hasta que, de un momento a otro, el agarre cesó y, con eso, su rostro se alzó para tomar una bocanada de aire que, hasta ese momento, no supo que necesitaba.
Su pecho se movía de arriba a abajo, su cabello ahora era un desastre que tendría que arreglar antes de salir de ese salón y su rostro debía ser un poema escrito en tinta roja y, aunque su mirada ahora ya no brillara con la malicia inicial y ahora estuviera empañada por un lagrimeo hambriento de deseo, no temió en sostenerla con la del pelinegro, aun cuando sabía que debía ser un desastre y aun cuando un ronroneo bajo se escapara de su garganta al sentir los dedos ajenos recorrer su columna y provocarle escalofríos, no solo por el gesto si no por entender la implicación de esas últimas palabras.
—Permítame dudarlo —. Pareció recuperar el conocimiento por tiempo suficiente para obligarse a sentarse sobre los muslos ajenos, oportunidad que aprovechó para bajar un poco más su propio pantalón y, ahora sí, su ropa interior, dejando que su miembro se liberara por fin de la prisión y se encontrara de frente con el del pelinegro, lo que le permitió pegarse más a él, rozarse piel con piel, como debía haber sido desde hace minutos atrás. —Es que…verá usted —susurró, con voz ronca, directo en su oído —…yo pensaba hacer lo mismo con el suyo —. Sus manos, en un inicio sobre los hombros del pelinegro, bajaron con paciencia por los costados hasta que llegaron a la cintura, en donde se detuvieron un rato para pegar sus cuerpos aún más, si se podía y luego, llegar a las nalgas ajenas, aunque, a diferencia de lo que el pelinegro hizo antes, él toco con paciencia, como descubriendo cada palmo de piel, sabiendo bien, gracias a su propio anfitrión, que disponían de toda la noche. —¿Eso le molestaría? —dijo en voz baja antes de morder el lóbulo de la oreja del otro hombre.
Podía esperar por la respuesta mientras su cuerpo se movía con lentitud sobre el otro, aumentando la fricción entre las pieles, aumentando las ansias, las respiraciones agitadas, sus gemidos que ahora, sin nada que los detuviera, salían sin vergüenza de su garganta.
¿Era su imaginación o el calor aumenta con cada segundo que pasa en ese salón?
Mordió sus labios con fuerza, ahora reprimiendo, sin querer, los sonidos que salían de su boca, más que nada porque su mente le gritaba que dejara todo de lado y tomara al pelinegro ahí mismo, pero…quería hacer gala de su autocontrol, tanto como tomar aire y alzar una de sus manos para acariciar la mandíbula ajena con una dulzura que contrastaba con el momento y, finalmente, llevar su dedo índice y corazón cerca de los labios ajenos, los que se atrevió a repasar con lentitud, apreciando la suavidad de estos.
