05-09-2025, 11:58 AM
Me quedé quieta en el hombro de Herber, respirando hondo, todavía con el pulso acelerado, a la espera de que los marines respondiesen a mis declaraciones. Aunque sabía que eran los protectores de la paz, también sabía que el poder corrompe a uno y nunca se sabe cuáles son los intereses personales de cada uno. Por eso es que hasta que no escuché la clara respuesta de uno de ellos, que sentí como los latidos de mi corazón empezaban a tornarse más normales. No era la primera vez que veía cómo la mentira se disfrazaba de respetabilidad y casi lograba engullir la verdad… pero sí era la primera vez que tenía la fuerza para impedirlo. Siempre me había sentido pequeña, nunca tenía el valor suficiente como para hacerme valer frente a los gigantes. Con el tiempo acabé entendiendo que había una gran diferencia entre ser y sentir.
El sonido de las esposas me supo a victoria, aunque no a una celebrada con júbilo, sino con la gravedad de quien sabe lo cerca que estuvo la tragedia, tanto para el propio Herber como para los propios animales y mi conciencia, que por mucho bien que pudiese causar, en este caso, el medio no justifica el fin.
Me giré hacia los marines, mis brazos en jarra, con la osadía que solo alguien de quince centímetros puede permitirse, tal vez por el simple hecho de ser siempre infravalorada.
— Gracias. No olvidéis que la justicia no siempre lleva uniforme ni viste de traje —me atreví a aconsejarles, aunque en el fondo también era un mensaje para mí misma. Luego bajé la mirada hacia Herber y asentí con una leve sonrisa—. Nos veremos en Torino. Y espero que, para entonces, ninguno de los dos tenga que cargar con más fantasmas del pasado.
Salté de su hombro, aterrizando ligera como el aire en el adoquinado del callejón. No tenía intención de seguirlos, a menos que quisieran tomarme declaración también, lo cual no parecían tener intención de hacer. Había cumplido mi papel: evitar que otro inocente quedara aplastado por el peso de un sistema ciego. Mientras el grupo se alejaba, me aferré al medallón contra mi pecho y murmuré, apenas para mí:— Hoy no se repitió la historia —. Y con eso, me interné en las calles de Samba, decidida a seguir caminando por la delgada línea que separa la medicina de la justicia.
El sonido de las esposas me supo a victoria, aunque no a una celebrada con júbilo, sino con la gravedad de quien sabe lo cerca que estuvo la tragedia, tanto para el propio Herber como para los propios animales y mi conciencia, que por mucho bien que pudiese causar, en este caso, el medio no justifica el fin.
Me giré hacia los marines, mis brazos en jarra, con la osadía que solo alguien de quince centímetros puede permitirse, tal vez por el simple hecho de ser siempre infravalorada.
— Gracias. No olvidéis que la justicia no siempre lleva uniforme ni viste de traje —me atreví a aconsejarles, aunque en el fondo también era un mensaje para mí misma. Luego bajé la mirada hacia Herber y asentí con una leve sonrisa—. Nos veremos en Torino. Y espero que, para entonces, ninguno de los dos tenga que cargar con más fantasmas del pasado.
Salté de su hombro, aterrizando ligera como el aire en el adoquinado del callejón. No tenía intención de seguirlos, a menos que quisieran tomarme declaración también, lo cual no parecían tener intención de hacer. Había cumplido mi papel: evitar que otro inocente quedara aplastado por el peso de un sistema ciego. Mientras el grupo se alejaba, me aferré al medallón contra mi pecho y murmuré, apenas para mí:— Hoy no se repitió la historia —. Y con eso, me interné en las calles de Samba, decidida a seguir caminando por la delgada línea que separa la medicina de la justicia.
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