05-09-2025, 12:52 PM
Había seguido el murmullo de la gente como quien sigue un hilo invisible; seguir un sonido así en Samba era como seguir a la nada. Quizás después de tanta tensión necesitaba comprobar que el corazón de Samba latía en otra cadencia, menos violenta, más humana, y la gente en Samba solo iba allá a donde iba la fiesta. Además, sabía bien que en lugares así se encuentran los secretos que nunca aparecen en un informe oficial: experimentos, contactos, tratos sucios, e incluso rumores sobre médicos caídos en desgracia o investigaciones robadas. No creía que el caso de Herber fuese el único en aquel aparente lugar de alegría y jolgorio.
Y también estaba, claro, el puro impulso de vivir. Por mucho que me vistiera de princesa o que cargara con la cruz de mi pasado, seguía siendo alguien que sabía moverse entre antros y cabarets. No había entrado al local como “la tontatta médico”. Me había tomado mi tiempo antes de subir esas escaleras: me había agenciado un pañuelo de seda raído y lo había enrollado en torno a mi cuerpo a modo de vestido improvisado. El color era un rojo opaco, apagado por el uso, que la hacía confundirse con las alfombras, luces y sombras del lugar. Me convertí en una más de las sombras que pululaban por la sala. Desde abajo, si alguien reparaba en mí, lo más probable era que me confundieran con una rata o un gato curioso correteando entre botellas y tacones. En realidad, ese era el truco: nadie mira dos veces a algo tan común. Y, sin embargo, yo creía verlo todo.
Así que ahí estaba. Caminando por la barra con la seguridad de quien mide quince centímetros pero se comporta como si midiera dos metros. La música me golpeó en cuanto crucé la puerta, como si el aire mismo estuviera hecho de percusión y sudor. Miraba a la pista de baile con cierto deseo, el deseo de quien anhela ciertas cosas que por uno u otro motivo no puede obtener. Ser una más. Quizás suba a una de esas plataformas, quizás no. Pero por ahora lo mío es observar. Ver quién se reunía en las mesas VIP, qué manos cambiaban bolsitas sospechosas o qué labios soltaban información sin darse cuenta.
El suelo pegajoso me obligaba a calcular cada paso, pero nadie parecía notarlo: la gente bailaba con una energía tan caótica que uno podía jurar que se alimentaban del mismo ruido. A mi alrededor, demasiadas caras, demasiadas sombras que iban y venían, cada una con su propio secreto. Mis pasos eran medidos, casi minuciosos, como si no quisiera dejar huella entre la marea de cuerpos que rebotaban y chocaban a mi alrededor.
“Si algo tiene la noche de Samba, es que nunca sabes si volverás a casa con un secreto o con un enemigo...”, pensé con una sonrisa torcida.
Pocos eran los que no bailaban, bebían, charlaban, reían o lo hacían todo junto a la vez. Dos extremos de la misma moneda en el mismo local: el silencio vigilante y el estruendo descarado. Me abrí paso entre ambos mundos, buscando no perderme en ninguno. Pero en este caso, si lanzabas la moneda, tenías más probabilidades de sacar una cara que la otra. Una moneda evidentemente trucada. ¿Cuántas trampas podía haber en aquel lugar? Lejos de eso, sabía de alguien que podía llegar a pasárselo muy bien en ese antro y, con suerte, brillar.
Me movía con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo los detalles que podía: vasos con sombrillas, risas que retumban por encima de la música, el olor a alcohol y perfume barato que se mezclaba con el sudor y la adrenalina de la multitud, y aunque sentía un hormigueo de alerta recorriéndome el cuerpo, también había algo que me fascinaba. Cada gesto, cada movimiento, cada expresión decía más de lo que las palabras podrían. Yo no bailaba, no gritaba, no pedía atención, pero mi mente absorbía todo con la misma precisión que un médico estudia un síntoma: analizando, decodificando, sintiendo. Por un instante, me descubrí sonriendo por dentro. Entre tanto ruido y locura, me sentía viva y alerta. Como siempre, entre la multitud, invisible y presente al mismo tiempo.
Y también estaba, claro, el puro impulso de vivir. Por mucho que me vistiera de princesa o que cargara con la cruz de mi pasado, seguía siendo alguien que sabía moverse entre antros y cabarets. No había entrado al local como “la tontatta médico”. Me había tomado mi tiempo antes de subir esas escaleras: me había agenciado un pañuelo de seda raído y lo había enrollado en torno a mi cuerpo a modo de vestido improvisado. El color era un rojo opaco, apagado por el uso, que la hacía confundirse con las alfombras, luces y sombras del lugar. Me convertí en una más de las sombras que pululaban por la sala. Desde abajo, si alguien reparaba en mí, lo más probable era que me confundieran con una rata o un gato curioso correteando entre botellas y tacones. En realidad, ese era el truco: nadie mira dos veces a algo tan común. Y, sin embargo, yo creía verlo todo.
Así que ahí estaba. Caminando por la barra con la seguridad de quien mide quince centímetros pero se comporta como si midiera dos metros. La música me golpeó en cuanto crucé la puerta, como si el aire mismo estuviera hecho de percusión y sudor. Miraba a la pista de baile con cierto deseo, el deseo de quien anhela ciertas cosas que por uno u otro motivo no puede obtener. Ser una más. Quizás suba a una de esas plataformas, quizás no. Pero por ahora lo mío es observar. Ver quién se reunía en las mesas VIP, qué manos cambiaban bolsitas sospechosas o qué labios soltaban información sin darse cuenta.
El suelo pegajoso me obligaba a calcular cada paso, pero nadie parecía notarlo: la gente bailaba con una energía tan caótica que uno podía jurar que se alimentaban del mismo ruido. A mi alrededor, demasiadas caras, demasiadas sombras que iban y venían, cada una con su propio secreto. Mis pasos eran medidos, casi minuciosos, como si no quisiera dejar huella entre la marea de cuerpos que rebotaban y chocaban a mi alrededor.
“Si algo tiene la noche de Samba, es que nunca sabes si volverás a casa con un secreto o con un enemigo...”, pensé con una sonrisa torcida.
Pocos eran los que no bailaban, bebían, charlaban, reían o lo hacían todo junto a la vez. Dos extremos de la misma moneda en el mismo local: el silencio vigilante y el estruendo descarado. Me abrí paso entre ambos mundos, buscando no perderme en ninguno. Pero en este caso, si lanzabas la moneda, tenías más probabilidades de sacar una cara que la otra. Una moneda evidentemente trucada. ¿Cuántas trampas podía haber en aquel lugar? Lejos de eso, sabía de alguien que podía llegar a pasárselo muy bien en ese antro y, con suerte, brillar.
Me movía con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo los detalles que podía: vasos con sombrillas, risas que retumban por encima de la música, el olor a alcohol y perfume barato que se mezclaba con el sudor y la adrenalina de la multitud, y aunque sentía un hormigueo de alerta recorriéndome el cuerpo, también había algo que me fascinaba. Cada gesto, cada movimiento, cada expresión decía más de lo que las palabras podrían. Yo no bailaba, no gritaba, no pedía atención, pero mi mente absorbía todo con la misma precisión que un médico estudia un síntoma: analizando, decodificando, sintiendo. Por un instante, me descubrí sonriendo por dentro. Entre tanto ruido y locura, me sentía viva y alerta. Como siempre, entre la multitud, invisible y presente al mismo tiempo.
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