07-09-2025, 12:12 AM
La cabeza le daba vueltas...
El gato había emitido un sonido extraño, uno inclasificable en el catálogo de maullidos habituales. ¿Acaso efa un error de percepción suya, una construcción mental que había confundido con un lenguaje? Pero si no era así, entonces no había garantía de que ese sonido significara algo para el gato en el mismo sentido en que significa algo para ella. Pues, quizás, para el animal no era palabra sino pura vibración, y, ella, lo interpretaba como una forma de gramática secreta.
Esos pensamientos se reflejaban en la mano sostenida en el aire. En un gesto a medio camino que se cortaba por el horror de sus pensamientos. Pues, por un lado, le estremecía la idea de haberle hecho daño, por el otro, se preguntaba si lo que había escuchado no era más que su propio deseo de lenguaje reflejado en un animal. Y aún así, se maldecía por ese gesto velado y roto que manifestaba de forma física la incertidumbre.
Entonces, ocurrió algo extraño. Su pierna avanzó queriendo acercarse, su mano continuó extendida pero el gato... esa mirada dolida, lastimera y traicionada, compungió su corazón haciéndole pensar lo siguiente: —¿Por qué temo a lo desconocido si mi pathos es conocer?
Pero antes de que su cuerpo reaccionara el animal ya se había ido.
Y entonces volvió el vértigo de lo inefable.
¿Por qué ella, amante del conocimiento, se sentía así? Simple: porque, si hablaba, el peligro ya no estaba solo en sus garras ni en su biología, sino en el mismísimo lenguaje. Porque entonces ya no era solo un animal, sino un locutor. Y, en ese caso, ¿qué derecho tendría ella a llevárselo, castrarlo o domesticarlo? Ya no sería un gato, sino otro.
Y, al ser otro y aceptar que hablaba, ¿no debería también aceptar su libertad? Pero si lo rechazaba, si pensaba que era una ilusión, ¿no la condenaría a la duda eterna de si acababa de silenciar a un interlocutor único en el universo?
En ese punto, lo “peligroso” ya no era el gato, sino la pregunta que se instalaba en su mente: ¿qué era hablar, y quién tenía derecho a hacerlo?
Pero el animal se había ido, las dudas ya se habían instalado y ella… ella simplemente no sabía qué hacer. Sus piernas aún temblaban por la extraña situación, el frío miedo resultante de sus posibles desafortunadas acciones se mezclaban con la fiebre del conocimiento, y, en ese cruce de sensaciones, no pude hacer otra cosa que llevarse la mano al pecho y respirar profundamente.
Una, dos y tres veces.
Cerró los ojos y volvió a respirar una vez más.
Y entonces lo comprendió: debía buscarlo. Mas de nada le serviría preguntar a su alrededor, pues nadie hablaba su idioma. Así que pensó en algo diferente. Era inteligente, lista, y debía usar la creatividad.
¿Cómo se caza a un cazador?
¿Cómo se gana al hambriento?
Tal vez la única forma de “cazarlo” era dejar de perseguirlo; tal vez la única manera de saciar al hambriento era ofrecerle algo más que alimento. Y eso haría. Así que buscó la tienda más cercana de comida en la que hubieran símbolos numéricos, compró un poco de pan y luego se alejó buscando rastros del animal.
Así que finalmente lo encontró, junto a su aparente amo: un vagabundo de la ciudad que lo hospedaba. Nada que ver con ese gato limpio y fino que estaba a su lado.
Extrañas costumbres para una curiosa isla, pensó.
Mas no se detuvo en sus intenciones.
Se adentró un poco en el callejón, sin dejar de observar lo que ella creía que era una relación entre hombre-animal y, con un gedto suave, dejó el pan como ofrenda. Después, simplemente se retiro.
El gato había emitido un sonido extraño, uno inclasificable en el catálogo de maullidos habituales. ¿Acaso efa un error de percepción suya, una construcción mental que había confundido con un lenguaje? Pero si no era así, entonces no había garantía de que ese sonido significara algo para el gato en el mismo sentido en que significa algo para ella. Pues, quizás, para el animal no era palabra sino pura vibración, y, ella, lo interpretaba como una forma de gramática secreta.
Esos pensamientos se reflejaban en la mano sostenida en el aire. En un gesto a medio camino que se cortaba por el horror de sus pensamientos. Pues, por un lado, le estremecía la idea de haberle hecho daño, por el otro, se preguntaba si lo que había escuchado no era más que su propio deseo de lenguaje reflejado en un animal. Y aún así, se maldecía por ese gesto velado y roto que manifestaba de forma física la incertidumbre.
Entonces, ocurrió algo extraño. Su pierna avanzó queriendo acercarse, su mano continuó extendida pero el gato... esa mirada dolida, lastimera y traicionada, compungió su corazón haciéndole pensar lo siguiente: —¿Por qué temo a lo desconocido si mi pathos es conocer?
Pero antes de que su cuerpo reaccionara el animal ya se había ido.
Y entonces volvió el vértigo de lo inefable.
¿Por qué ella, amante del conocimiento, se sentía así? Simple: porque, si hablaba, el peligro ya no estaba solo en sus garras ni en su biología, sino en el mismísimo lenguaje. Porque entonces ya no era solo un animal, sino un locutor. Y, en ese caso, ¿qué derecho tendría ella a llevárselo, castrarlo o domesticarlo? Ya no sería un gato, sino otro.
Y, al ser otro y aceptar que hablaba, ¿no debería también aceptar su libertad? Pero si lo rechazaba, si pensaba que era una ilusión, ¿no la condenaría a la duda eterna de si acababa de silenciar a un interlocutor único en el universo?
En ese punto, lo “peligroso” ya no era el gato, sino la pregunta que se instalaba en su mente: ¿qué era hablar, y quién tenía derecho a hacerlo?
Pero el animal se había ido, las dudas ya se habían instalado y ella… ella simplemente no sabía qué hacer. Sus piernas aún temblaban por la extraña situación, el frío miedo resultante de sus posibles desafortunadas acciones se mezclaban con la fiebre del conocimiento, y, en ese cruce de sensaciones, no pude hacer otra cosa que llevarse la mano al pecho y respirar profundamente.
Una, dos y tres veces.
Cerró los ojos y volvió a respirar una vez más.
Y entonces lo comprendió: debía buscarlo. Mas de nada le serviría preguntar a su alrededor, pues nadie hablaba su idioma. Así que pensó en algo diferente. Era inteligente, lista, y debía usar la creatividad.
¿Cómo se caza a un cazador?
¿Cómo se gana al hambriento?
Tal vez la única forma de “cazarlo” era dejar de perseguirlo; tal vez la única manera de saciar al hambriento era ofrecerle algo más que alimento. Y eso haría. Así que buscó la tienda más cercana de comida en la que hubieran símbolos numéricos, compró un poco de pan y luego se alejó buscando rastros del animal.
Así que finalmente lo encontró, junto a su aparente amo: un vagabundo de la ciudad que lo hospedaba. Nada que ver con ese gato limpio y fino que estaba a su lado.
Extrañas costumbres para una curiosa isla, pensó.
Mas no se detuvo en sus intenciones.
Se adentró un poco en el callejón, sin dejar de observar lo que ella creía que era una relación entre hombre-animal y, con un gedto suave, dejó el pan como ofrenda. Después, simplemente se retiro.
