07-09-2025, 01:52 AM
Hoy decidí salir a dar una vuelta por la ciudad. No porque lo necesitara, sino porque me gusta que la gente me vea. No cualquiera puede presumir de alas negras extendidas bajo el sol, una figura que se abre paso sin pedir permiso, y un guacamayo azul sobre el hombro que hace que incluso los niños se queden mirando embobados, Blue me roba parte del protagonismo, lo sé, pero no me importa, él es la única criatura que dejo que brille a mi lado.
La calle olía a especias, humo y sudor humano, y aunque muchos se quejarían, para mí fue como un mapa vivo, podía distinguir qué vendedor había cocinado pescado hace un rato, cuál trataba de disimular la carne pasada con demasiada pimienta, e incluso quién llevaba escondido un trozo de pan en la bolsa colgando de su cintura. Mi olfato nunca falla, y aunque algunos dicen que mi propio aroma me delata a aloe vera, por cierto, no me culpen si hasta oliendo diferente soy inolvidable, yo lo veo como una marca. Algo que hace que no puedan ignorarme aunque lo intenten.
Blue graznó fuerte cuando pasamos junto a un puesto en el que tenían un par de liebres colgadas. Fruncí el ceño de inmediato. El vendedor pensó que era simple curiosidad, pero no, era indignación. ¿Qué clase de monstruo mata a un animal tan indefenso solo para adornar una mesa o vestir un cuello? Mi mano acarició el cuello de mi guacamayo para calmarlo, aunque era yo quien necesitaba tranquilizarse. Me mordí la lengua antes de sacar las pistolas y darle una lección a ese mercader. Sé que la Marina no vería con buenos ojos que yo “ejecutara justicia” a mi manera, pero si algo tengo claro es que los animales siempre estarán por encima de las reglas humanas.
Seguí caminando, con las manos en las pistolas gemelas, más para recordarme a mí misma lo que soy que porque pensara usarlas. Y lo soy, la mejor tiradora de la Marina, no necesito modestia porque la modestia es para los inseguros, cada disparo que hago es perfecto, cada blanco que cae es prueba de que la puntería corre por mis venas como la sangre. A veces me pregunto qué harían sin mí en los enfrentamientos, pero lo que hacen es seguramente perder el tiempo y disparar al aire esperando acertar por suerte.
Me detuve frente a un puesto callejero. El olor me llamó la atención, picante, dulce y algo más que no identifiqué al instante y eso, créanme, es raro. Blue inclinó la cabeza como si también estuviera intrigado, pedí un plato y agua, no porque lo necesitara, sino porque quería probar algo distinto.
Mientras esperaba, me recosté con los brazos cruzados, alas medio extendidas y la seguridad pintada en la sonrisa, porque sí, cualquiera puede sentarse a comer, pero pocos logran que toda una calle se detenga a mirar cómo lo hace.
La calle olía a especias, humo y sudor humano, y aunque muchos se quejarían, para mí fue como un mapa vivo, podía distinguir qué vendedor había cocinado pescado hace un rato, cuál trataba de disimular la carne pasada con demasiada pimienta, e incluso quién llevaba escondido un trozo de pan en la bolsa colgando de su cintura. Mi olfato nunca falla, y aunque algunos dicen que mi propio aroma me delata a aloe vera, por cierto, no me culpen si hasta oliendo diferente soy inolvidable, yo lo veo como una marca. Algo que hace que no puedan ignorarme aunque lo intenten.
Blue graznó fuerte cuando pasamos junto a un puesto en el que tenían un par de liebres colgadas. Fruncí el ceño de inmediato. El vendedor pensó que era simple curiosidad, pero no, era indignación. ¿Qué clase de monstruo mata a un animal tan indefenso solo para adornar una mesa o vestir un cuello? Mi mano acarició el cuello de mi guacamayo para calmarlo, aunque era yo quien necesitaba tranquilizarse. Me mordí la lengua antes de sacar las pistolas y darle una lección a ese mercader. Sé que la Marina no vería con buenos ojos que yo “ejecutara justicia” a mi manera, pero si algo tengo claro es que los animales siempre estarán por encima de las reglas humanas.
Seguí caminando, con las manos en las pistolas gemelas, más para recordarme a mí misma lo que soy que porque pensara usarlas. Y lo soy, la mejor tiradora de la Marina, no necesito modestia porque la modestia es para los inseguros, cada disparo que hago es perfecto, cada blanco que cae es prueba de que la puntería corre por mis venas como la sangre. A veces me pregunto qué harían sin mí en los enfrentamientos, pero lo que hacen es seguramente perder el tiempo y disparar al aire esperando acertar por suerte.
Me detuve frente a un puesto callejero. El olor me llamó la atención, picante, dulce y algo más que no identifiqué al instante y eso, créanme, es raro. Blue inclinó la cabeza como si también estuviera intrigado, pedí un plato y agua, no porque lo necesitara, sino porque quería probar algo distinto.
Mientras esperaba, me recosté con los brazos cruzados, alas medio extendidas y la seguridad pintada en la sonrisa, porque sí, cualquiera puede sentarse a comer, pero pocos logran que toda una calle se detenga a mirar cómo lo hace.
