El dojo era bonito, no lo voy a negar. Lleno de jardines cuidados, árboles en flor y esos estanques con peces gordos que se veían demasiado sabrosos como para dejarlos ahí de adorno. Claro, yo no pude entrar, ya me lo habían dicho los okamas: “el gigante se queda afuera”. Y tenían razón, si daba un paso en ese corredor de bambú probablemente se vendría abajo con todo y discípulos. Así que me senté en el jardín exterior, apoyando la espalda contra una de las paredes del jardín que se doblaba como si estuviera sosteniendo el cielo entero. Desde ahí incliné la cabeza para mirar por la puerta corrediza, solo un ojo mío asomándose curioso. La vista no era la mejor, pero en mi cabeza ya me sentía parte de la charla. Un pobre aprendiz pasó justo delante de la puerta, levantó la vista y lo primero que vio fue mi ojo del tamaño de un plato sopero mirándolo fijo. El grito que pegó me hizo hasta dar un brinco. No fui capaz de decir nada, el pobre aprendiz ya estaba bastante lejos corriendo despavorido.
Al rato, escuché movimiento más serio. Los pasos de Maki y Uker sonaban distintos, más firmes, y cuando salieron junto con los dos okamas, pude ver que iban armados. Maki con esos guantes que hacen eco cuando choca los puños y Uker con su katana lista, aunque me fijé bien y parecía buscar un filo más romo del dojo. Yo arqueé una ceja, sin entender del todo qué estaba pasando. —¿Alguien me quiere explicar?— Pregunté, apoyando el codo sobre la rodilla y la barbilla en la mano, como un niño curioso. Fue Uker quien se tomó la molestia de aclarar la situación: un entrenamiento, una prueba para demostrar que podían encargarse de la misión del cinturón.
Al principio me pareció innecesario, pero tampoco iba a negarlo… no los había visto pelear juntos como un equipo, y si queríamos funcionar como tripulación, yo también debía confiar en ellos. Así que asentí despacio, con un gesto serio. —Bueno, está bien. Veamos de qué son capaces—. Mi voz resonó más grave de lo normal, quizás porque quería darles esa seguridad de que los estaba respaldando.
Eso sí, cortésmente levanté ambas manos y rechacé participar yo. —Con todo respeto, si me meto en este jardín lo parto en dos. No quiero tener que pagarles la reconstrucción del dojo, ni tampoco terminar cargándolos en camilla—. Lo dije con una sonrisa amplia, tratando de suavizar lo que en realidad era cierto: mi tamaño no ayudaba en un combate de práctica. —Así que me quedaré aquí, a un costado. Observaré y, si la cosa se pone demasiado intensa, intervendré. Pero por ahora quiero ver hasta dónde llegan ustedes—.
Me recosté como pude en el suelo, mientras mis piernas se extendían ocupando casi todo el sendero de grava. Desde ahí tenía una vista perfecta del jardín, y aunque no me movía, mi sombra seguía cubriendo parte del tatami exterior. Con los brazos cruzados, miré a mis dos compañeros prepararse para el enfrentamiento. Para mí, aquello no solo era una prueba de los okamas: también era una manera de que yo, como vicecapitán, midiera a los míos.
—Vamos, parejita… muéstrenme que puedo confiar en ustedes cuando el mar se ponga feo— Murmuré para mis adentros, con una mezcla de orgullo y curiosidad. Y entonces, con una sonrisa que se me escapó sin querer, añadí más fuerte: —¡No me decepcionen, que apuesto mi cena de esta noche a que ganan!—
Al rato, escuché movimiento más serio. Los pasos de Maki y Uker sonaban distintos, más firmes, y cuando salieron junto con los dos okamas, pude ver que iban armados. Maki con esos guantes que hacen eco cuando choca los puños y Uker con su katana lista, aunque me fijé bien y parecía buscar un filo más romo del dojo. Yo arqueé una ceja, sin entender del todo qué estaba pasando. —¿Alguien me quiere explicar?— Pregunté, apoyando el codo sobre la rodilla y la barbilla en la mano, como un niño curioso. Fue Uker quien se tomó la molestia de aclarar la situación: un entrenamiento, una prueba para demostrar que podían encargarse de la misión del cinturón.
Al principio me pareció innecesario, pero tampoco iba a negarlo… no los había visto pelear juntos como un equipo, y si queríamos funcionar como tripulación, yo también debía confiar en ellos. Así que asentí despacio, con un gesto serio. —Bueno, está bien. Veamos de qué son capaces—. Mi voz resonó más grave de lo normal, quizás porque quería darles esa seguridad de que los estaba respaldando.
Eso sí, cortésmente levanté ambas manos y rechacé participar yo. —Con todo respeto, si me meto en este jardín lo parto en dos. No quiero tener que pagarles la reconstrucción del dojo, ni tampoco terminar cargándolos en camilla—. Lo dije con una sonrisa amplia, tratando de suavizar lo que en realidad era cierto: mi tamaño no ayudaba en un combate de práctica. —Así que me quedaré aquí, a un costado. Observaré y, si la cosa se pone demasiado intensa, intervendré. Pero por ahora quiero ver hasta dónde llegan ustedes—.
Me recosté como pude en el suelo, mientras mis piernas se extendían ocupando casi todo el sendero de grava. Desde ahí tenía una vista perfecta del jardín, y aunque no me movía, mi sombra seguía cubriendo parte del tatami exterior. Con los brazos cruzados, miré a mis dos compañeros prepararse para el enfrentamiento. Para mí, aquello no solo era una prueba de los okamas: también era una manera de que yo, como vicecapitán, midiera a los míos.
—Vamos, parejita… muéstrenme que puedo confiar en ustedes cuando el mar se ponga feo— Murmuré para mis adentros, con una mezcla de orgullo y curiosidad. Y entonces, con una sonrisa que se me escapó sin querer, añadí más fuerte: —¡No me decepcionen, que apuesto mi cena de esta noche a que ganan!—
