07-09-2025, 02:44 PM
Bai no quiso esperar. Aunque, a decir verdad, sí lo deseaba. ¿Quizás el temor al rechazo se estaba imponía sobre su voluntad? Era, sin duda, algo más que plausible. Así que que, en su retirada, lo único que atinó a hacer fue dedicarle al gato un leve gesto con la cabeza —un discreto símbolo de despedida—, para luego girarse sin ofrecer respuesta a la interrogante que el felino parecía formular con su mirada insondable. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Seguir desperdiciando el tiempo en algo tan curioso como revelador? Desde luego que…
Por su mente cruzó, con la fuerza de mil relámpagos, la idea de intentar hacerse comprender; junto a ella emergió también el recuerdo de la bitácora que guardaba celosamente en su habitación: las hojas amarillentas, el aroma a tinta vieja, los trazos de su puño y letra… ¿Qué era, en definitiva, más importante?
¿Debía seguir al prodigio zoológico que tenía frente a ella? A esa herida en la jerarquía natural, o, ¿quizás debía volver a su vida contemplativa dónde el centro del conocimiento era ella?
Pensando en esa disyuntiva se detuvo al llegar a la entrada de la calle, justo en el umbral del angosto callejón, y entonces lo comprendió: jamás había presenciado algo semejante, y precisamente por ello resultaba imprescindible consignarlo en sus notas. Sobre todo porque, sabía de buena mano que, depende de cómo lo contrara, incluso podría hablar de ese encuentro como el de uno con con un oráculo viviente. Así que, al final, volvió a girarse hacia el animal, y de sus labios brotó, por primera vez en mucho tiempo, palabras suaves:
—Por favor, acompáñame, pequeño.
A esto le acompañó un gesto: una palmada suave en su muslo, y, de nuevo, le dio la espalda para salir de ahí.
¡Por supuesto que era una jugada arriesgada! Quizá la más arriesgada de todas; mas valía la pena intentarlo. Al fin y al cabo, los materiales que tanto buscaba podían aguardar. Y pensado eso, volvió hacia atrás, deshaciendo paso a paso el camino que había recorrido, hasta encaminarse otra vez hacia aquel diminuto y claustrofóbico cuarto del que, de cuando en cuando, se se escuchaban reververar incómodos gemidos.
Por su mente cruzó, con la fuerza de mil relámpagos, la idea de intentar hacerse comprender; junto a ella emergió también el recuerdo de la bitácora que guardaba celosamente en su habitación: las hojas amarillentas, el aroma a tinta vieja, los trazos de su puño y letra… ¿Qué era, en definitiva, más importante?
¿Debía seguir al prodigio zoológico que tenía frente a ella? A esa herida en la jerarquía natural, o, ¿quizás debía volver a su vida contemplativa dónde el centro del conocimiento era ella?
Pensando en esa disyuntiva se detuvo al llegar a la entrada de la calle, justo en el umbral del angosto callejón, y entonces lo comprendió: jamás había presenciado algo semejante, y precisamente por ello resultaba imprescindible consignarlo en sus notas. Sobre todo porque, sabía de buena mano que, depende de cómo lo contrara, incluso podría hablar de ese encuentro como el de uno con con un oráculo viviente. Así que, al final, volvió a girarse hacia el animal, y de sus labios brotó, por primera vez en mucho tiempo, palabras suaves:
—Por favor, acompáñame, pequeño.
A esto le acompañó un gesto: una palmada suave en su muslo, y, de nuevo, le dio la espalda para salir de ahí.
¡Por supuesto que era una jugada arriesgada! Quizá la más arriesgada de todas; mas valía la pena intentarlo. Al fin y al cabo, los materiales que tanto buscaba podían aguardar. Y pensado eso, volvió hacia atrás, deshaciendo paso a paso el camino que había recorrido, hasta encaminarse otra vez hacia aquel diminuto y claustrofóbico cuarto del que, de cuando en cuando, se se escuchaban reververar incómodos gemidos.
