08-09-2025, 04:49 PM
(Última modificación: 08-09-2025, 05:06 PM por Krysser.
Razón: No vi el post de Cao mientras escribía, edito para responderlo también.
)
Aquel día el mink tigre caminaba entre la multitud con paso seguro, ignorando el bullicio como quien ignora el zumbido de insectos en una tarde de verano. Su altura y musculatura lo convertían en un faro de atención inevitablemente, pues allí por donde pasaba, el gentío se abría. Algunos con ojos de asombro, otros con el miedo instintivo que despertaba una bestia como él, pero todos incapaces de quitarle el ojo de encima. Sus orejas felinas se movían constantemente, captando cada murmullo, cada susurro que su nombre o su raza provocaba. No era agradable para el tigre ser el foco de atención de aquel modo, un problema que era demasiado habitual. En la selva había monstruos mucho más feroces y grandes que él, pero allí, él destacaba como una montaña en un claro.
Cuando Fyodor habló, con su tono burlesco habitual, Krysser giró ligeramente la cabeza hacia él, mostrando una media sonrisa que dejó asomar un par de colmillos.
-Un gato grande, ¿eh? -Repitió con un gruñido gutural, que se confundió entre las voces del mercado. -Si soy un gato, entonces tú eres un cuervo quemado. -Comentó, entrando en el juego del lunarian. -Uno muy hablador.
El comentario fue acompañado de una carcajada profunda, sincera, mientras su cola se agitaba detrás de él. El contraste entre ambos era evidente, pero también lo era la complicidad que había nacido desde aquel primer encuentro y que se había reforzado en su primer combate.
Tras varias semanas juntos, ambos habían llegado a conocerse mejor. Krysser descubrió la historia del tirador, y se abrió a este, contando cómo fue raptado de pequeño junto a varios minks más, y cómo solo una tormenta los salvó del destino de ser vendidos como esclavos. Desde aquel día supo que debía romper las cadenas de aquellos con la desgracia de no ser salvados por una tormenta, y su odio por aquellos que usaban a los demás como objetos creció. Explicó cómo había ido a parar a aquel lugar tras años de vida salvaje en los bosques de una pequeña isla vecina, la Isla Rucuro, y cómo habría aprendido varias cosas durante su vida salvaje, desde el conocimiento de flora hasta el de la fauna, así como a crear trampas de toda índole.
Al pasar más de cerca frente a los puestos de pescado, Krysser se detuvo un instante. Su nariz se movió levemente, olfateando el aire saturado de sal y de especias. A diferencia de Fyodor, no necesitaba ver etiquetas ni escuchar a los vendedores, bastaba con el instinto y el olfato para discernir qué pescado estaba fresco y cuál había pasado demasiado tiempo al sol. Tomó uno de los atunes más grandes, alzándolo con facilidad como si fuese apenas un saco de tela, y lo examinó con ojo crítico antes de asentir.
-Este servirá. Y varios de esos también. -Con una de las garras de sus nuevas armas, un presente que cierto maestro de artes marciales había tenido a bien entregarle tras su desempeño durante el torneo, señaló a una pila de barracudas plateadas que un mercader trataba de ofrecer sin atreverse a levantar la mirada.
El comerciante apenas balbuceó un “sí, señor” mientras empaquetaba apresuradamente los encargos, mirando de reojo a la bestia rayada que le hablaba como cualquier cliente más.
Krysser pagó con calma, dejando caer sobre el mostrador unas monedas que resonaron con un tintineo metálico, y tomó los bultos con la naturalidad de quien estaba acostumbrado a cargar mucho más peso.
-Provisiones listas. -Murmuró, girándose hacia Fyodor. -Aunque, si tu estómago aguanta esas cosas, no hay que preocuparse demasiado por el estado de la comida. -Añadió, aludiendo a las lombrices aún a medio masticar en la boca de su compañero.
Mientras hablaban, alguien llamó su atención en la distancia. Su elegante porte y su actitud noble rápidamente trajeron un recuerdo a la mente del felino, quien miró de arriba abajo a su antiguo conocido.
-¿Cao? -Preguntó al aire, mientras se acercaba. Sin duda era él, en cuanto estuvo más cerca, su aroma fue inconfundible, un aroma a melocotón que difícilmente podría olvidarse. Al escuchar a aquel recuerdo vuelto a la vida hablar, Krysser sonrió. -Siempre es agradable coincidir con un amigo. -Comentó, pues aquella era la imagen que tenía del monje, la de alguien justo que luchaba por ideales similares a los suyos.
Al ver que no conocía a Fyodor, se apresuró a hacer las presentaciones.
-Este es Fyodor, mi compañero. Es un buen hombre. -Comentó, casi dudando al llamarlo solo hombre dada su ancestral raza, pero finalmente decidiendo esas palabras en pos de su integración. -Compartimos ciertos ideales y cierta forma de ver el mundo, que creo que no está alejada de la que mostraste aquel día en Sorbet. Siempre viene bien contar con algo de ayuda cuando se trata de arreglar el mundo. -Era un órdago simple, una forma de ver si Cao quería unirse a ellos, o si por el contrario prefería seguir solo o, tal vez, en algún grupo del que ya formara parte.
Cuando Fyodor habló, con su tono burlesco habitual, Krysser giró ligeramente la cabeza hacia él, mostrando una media sonrisa que dejó asomar un par de colmillos.
-Un gato grande, ¿eh? -Repitió con un gruñido gutural, que se confundió entre las voces del mercado. -Si soy un gato, entonces tú eres un cuervo quemado. -Comentó, entrando en el juego del lunarian. -Uno muy hablador.
El comentario fue acompañado de una carcajada profunda, sincera, mientras su cola se agitaba detrás de él. El contraste entre ambos era evidente, pero también lo era la complicidad que había nacido desde aquel primer encuentro y que se había reforzado en su primer combate.
Tras varias semanas juntos, ambos habían llegado a conocerse mejor. Krysser descubrió la historia del tirador, y se abrió a este, contando cómo fue raptado de pequeño junto a varios minks más, y cómo solo una tormenta los salvó del destino de ser vendidos como esclavos. Desde aquel día supo que debía romper las cadenas de aquellos con la desgracia de no ser salvados por una tormenta, y su odio por aquellos que usaban a los demás como objetos creció. Explicó cómo había ido a parar a aquel lugar tras años de vida salvaje en los bosques de una pequeña isla vecina, la Isla Rucuro, y cómo habría aprendido varias cosas durante su vida salvaje, desde el conocimiento de flora hasta el de la fauna, así como a crear trampas de toda índole.
Al pasar más de cerca frente a los puestos de pescado, Krysser se detuvo un instante. Su nariz se movió levemente, olfateando el aire saturado de sal y de especias. A diferencia de Fyodor, no necesitaba ver etiquetas ni escuchar a los vendedores, bastaba con el instinto y el olfato para discernir qué pescado estaba fresco y cuál había pasado demasiado tiempo al sol. Tomó uno de los atunes más grandes, alzándolo con facilidad como si fuese apenas un saco de tela, y lo examinó con ojo crítico antes de asentir.
-Este servirá. Y varios de esos también. -Con una de las garras de sus nuevas armas, un presente que cierto maestro de artes marciales había tenido a bien entregarle tras su desempeño durante el torneo, señaló a una pila de barracudas plateadas que un mercader trataba de ofrecer sin atreverse a levantar la mirada.
El comerciante apenas balbuceó un “sí, señor” mientras empaquetaba apresuradamente los encargos, mirando de reojo a la bestia rayada que le hablaba como cualquier cliente más.
Krysser pagó con calma, dejando caer sobre el mostrador unas monedas que resonaron con un tintineo metálico, y tomó los bultos con la naturalidad de quien estaba acostumbrado a cargar mucho más peso.
-Provisiones listas. -Murmuró, girándose hacia Fyodor. -Aunque, si tu estómago aguanta esas cosas, no hay que preocuparse demasiado por el estado de la comida. -Añadió, aludiendo a las lombrices aún a medio masticar en la boca de su compañero.
Mientras hablaban, alguien llamó su atención en la distancia. Su elegante porte y su actitud noble rápidamente trajeron un recuerdo a la mente del felino, quien miró de arriba abajo a su antiguo conocido.
-¿Cao? -Preguntó al aire, mientras se acercaba. Sin duda era él, en cuanto estuvo más cerca, su aroma fue inconfundible, un aroma a melocotón que difícilmente podría olvidarse. Al escuchar a aquel recuerdo vuelto a la vida hablar, Krysser sonrió. -Siempre es agradable coincidir con un amigo. -Comentó, pues aquella era la imagen que tenía del monje, la de alguien justo que luchaba por ideales similares a los suyos.
Al ver que no conocía a Fyodor, se apresuró a hacer las presentaciones.
-Este es Fyodor, mi compañero. Es un buen hombre. -Comentó, casi dudando al llamarlo solo hombre dada su ancestral raza, pero finalmente decidiendo esas palabras en pos de su integración. -Compartimos ciertos ideales y cierta forma de ver el mundo, que creo que no está alejada de la que mostraste aquel día en Sorbet. Siempre viene bien contar con algo de ayuda cuando se trata de arreglar el mundo. -Era un órdago simple, una forma de ver si Cao quería unirse a ellos, o si por el contrario prefería seguir solo o, tal vez, en algún grupo del que ya formara parte.
