08-09-2025, 05:40 PM
(Última modificación: 08-09-2025, 05:59 PM por Sam Bernard.)
El día en el puerto de Isla Karate parecía avanzar con un ritmo extraño, como si el sol se negara a brillar del todo sobre las maderas húmedas de los muelles. Aunque todavía era temprano, el ambiente estaba cargado, pesado, casi insoportable. El olor del arroz recién descargado, mezclado con pescado y sal, no lograba ocultar ese aroma metálico y desagradable que todos reconocían, sangre seca. Era el recuerdo de noches anteriores, cuando las mordidas de un solo hombre habían dejado huellas en barcos, muelles y cuerpos.
Los comerciantes se apresuraban con pasos cortos y nerviosos, intentando salvar lo poco que podían rescatar antes de que llegara otra incursión, algunos barcos ya habían zarpado con prisa, cargando mercancías a medio llenar, prefiriendo perder beneficios antes que perder la vida, otros habían encallado deliberadamente en zonas más alejadas, con la esperanza de no llamar la atención del depredador del puerto.
Los lugareños, que en otras circunstancias habrían llenado las calles con gritos y regateos, ahora se escondían tras puertas cerradas, desde las rendijas de ventanas se asomaban miradas temerosas, especialmente de niños que no comprendían del todo el terror que agitaba a los adultos, el silencio solo se rompía por los crujidos de la madera húmeda, el graznido inquieto de las gaviotas y el golpe ocasional de una soga contra los mástiles.
Algunos marines intentaban imponer orden, pero su inseguridad era evidente, caminaban en grupos pequeños, armados con lanzas y mosquetes que parecían más livianos que sus temblores, uno de ellos, joven e inexperto, apenas podía sostener el arma mientras murmuraba plegarias entre dientes, su superior, con más años de servicio, no dejaba de mirar hacia el mar, donde la bruma comenzaba a levantarse antes de lo habitual.
—Demasiado pronto—susurró el hombre cerca del anciano mink, apretando los labios como si temiera invocar lo que ya sabía que venía.
Los viejos pescadores también lo notaron, dejaron caer redes y aparejos, cruzando miradas cargadas de superstición, uno se persignó con las manos callosas y murmuró, —Es igual que la última vez, la niebla siempre llega antes que él. — Y era demasiado cierto, como si el mismo hombre del que todos hablaban podía controlar la niebla, o mas bien el agua en el mismísimo aire.
La corriente marina cambió sutilmente, el agua, hasta hacía unos instantes tranquila, comenzó a agitarse en un punto distante, hacia el este, como si algo demasiado grande se moviese bajo la superficie, ese detalle no pasó desapercibido para los civiles más atentos, quienes empezaron a retirarse con mayor prisa, incluso uno que otro le mencionaba a los forasteros que se retiren si no querían morir esa tarde.
En medio de esa tensión, los pasos de dos forasteros, uno recogiendo con calma los escombros del puerto, otro avanzando con la firmeza de quien ya había enfrentado horrores, fueron como una chispa inesperada en la penumbra, las voces de los refugiados se alzaron en susurros apenas audibles desde sus casas.
—¿Quiénes son? ¿De verdad se atreven a quedarse? — —Si enfrentan al monstruo, quizá aún haya esperanza de recuperar el puerto—
Un estruendo interrumpió las palabras, algo metálico golpeó contra la madera del muelle. unas cadenas oxidadas que aparecieron arrastradas por la marea, no pertenecían a ningún barco conocido, de hecho, parecían arrancadas de los restos de una nave hundida. El sonido repetido de los eslabones al chocar contra los tablones resonó como un presagio que asustaba tanto a los lugareños que ya no querían ni siquiera mirar por la ventana.
De inmediato, un niño gritó desde el interior de una casa —¡Una sombra! ¡En el agua! — Su madre lo apartó con rapidez, cerrando las persianas con un golpe seco, otros habitantes imitaron el gesto, bloqueando cualquier rendija por donde la bruma pudiera colarse y en ese instante el aire se volvió más frío. Los barcos vacíos comenzaron a crujir como si algo rozara sus cascos desde abajo, el movimiento del agua se intensificó, provocando pequeñas olas que golpeaban con fuerza los muelles, empapando barriles y cajas.
Entonces, llegó el sonido, un rugido extraño, mitad carcajada, mitad gruñido, emergió desde lo más profundo de la niebla, fue breve, apenas un eco, pero suficiente para helar la sangre de todos los presentes, los marines que ninguno llegaba a tener un rango respetable se miraron con terror, incluso uno dejó caer su mosquete, que retumbó al golpear la madera.
Los animales también lo percibieron. Los perros callejeros comenzaron a ladrar frenéticamente en dirección al mar, las gaviotas alzaron vuelo en bandadas, y hasta los caballos atados a los carros forcejearon con las riendas, deseosos de huir del lugar, y claro, los animales pueden saber cuándo el mal se acerca a ellos.
La bruma se abrió un instante, dejando ver algo en la distancia, una silueta enorme, desproporcionada, se alzaba sobre los restos de un barco medio hundido, la figura no se movía aún, pero la simple visión bastó para que varios civiles rompieran en llanto o huyeran a gritos.
—BRAKAKAKAKA… BRAKAKAKAKA— Y entonces, de nuevo, esa risa gutural retumbó, más clara, más cercana y el puerto entero lo supo sin necesidad de palabras que Marlon Dientegrande había llegado.
Los comerciantes se apresuraban con pasos cortos y nerviosos, intentando salvar lo poco que podían rescatar antes de que llegara otra incursión, algunos barcos ya habían zarpado con prisa, cargando mercancías a medio llenar, prefiriendo perder beneficios antes que perder la vida, otros habían encallado deliberadamente en zonas más alejadas, con la esperanza de no llamar la atención del depredador del puerto.
Los lugareños, que en otras circunstancias habrían llenado las calles con gritos y regateos, ahora se escondían tras puertas cerradas, desde las rendijas de ventanas se asomaban miradas temerosas, especialmente de niños que no comprendían del todo el terror que agitaba a los adultos, el silencio solo se rompía por los crujidos de la madera húmeda, el graznido inquieto de las gaviotas y el golpe ocasional de una soga contra los mástiles.
Algunos marines intentaban imponer orden, pero su inseguridad era evidente, caminaban en grupos pequeños, armados con lanzas y mosquetes que parecían más livianos que sus temblores, uno de ellos, joven e inexperto, apenas podía sostener el arma mientras murmuraba plegarias entre dientes, su superior, con más años de servicio, no dejaba de mirar hacia el mar, donde la bruma comenzaba a levantarse antes de lo habitual.
—Demasiado pronto—susurró el hombre cerca del anciano mink, apretando los labios como si temiera invocar lo que ya sabía que venía.
Los viejos pescadores también lo notaron, dejaron caer redes y aparejos, cruzando miradas cargadas de superstición, uno se persignó con las manos callosas y murmuró, —Es igual que la última vez, la niebla siempre llega antes que él. — Y era demasiado cierto, como si el mismo hombre del que todos hablaban podía controlar la niebla, o mas bien el agua en el mismísimo aire.
La corriente marina cambió sutilmente, el agua, hasta hacía unos instantes tranquila, comenzó a agitarse en un punto distante, hacia el este, como si algo demasiado grande se moviese bajo la superficie, ese detalle no pasó desapercibido para los civiles más atentos, quienes empezaron a retirarse con mayor prisa, incluso uno que otro le mencionaba a los forasteros que se retiren si no querían morir esa tarde.
En medio de esa tensión, los pasos de dos forasteros, uno recogiendo con calma los escombros del puerto, otro avanzando con la firmeza de quien ya había enfrentado horrores, fueron como una chispa inesperada en la penumbra, las voces de los refugiados se alzaron en susurros apenas audibles desde sus casas.
—¿Quiénes son? ¿De verdad se atreven a quedarse? — —Si enfrentan al monstruo, quizá aún haya esperanza de recuperar el puerto—
Un estruendo interrumpió las palabras, algo metálico golpeó contra la madera del muelle. unas cadenas oxidadas que aparecieron arrastradas por la marea, no pertenecían a ningún barco conocido, de hecho, parecían arrancadas de los restos de una nave hundida. El sonido repetido de los eslabones al chocar contra los tablones resonó como un presagio que asustaba tanto a los lugareños que ya no querían ni siquiera mirar por la ventana.
De inmediato, un niño gritó desde el interior de una casa —¡Una sombra! ¡En el agua! — Su madre lo apartó con rapidez, cerrando las persianas con un golpe seco, otros habitantes imitaron el gesto, bloqueando cualquier rendija por donde la bruma pudiera colarse y en ese instante el aire se volvió más frío. Los barcos vacíos comenzaron a crujir como si algo rozara sus cascos desde abajo, el movimiento del agua se intensificó, provocando pequeñas olas que golpeaban con fuerza los muelles, empapando barriles y cajas.
Entonces, llegó el sonido, un rugido extraño, mitad carcajada, mitad gruñido, emergió desde lo más profundo de la niebla, fue breve, apenas un eco, pero suficiente para helar la sangre de todos los presentes, los marines que ninguno llegaba a tener un rango respetable se miraron con terror, incluso uno dejó caer su mosquete, que retumbó al golpear la madera.
Los animales también lo percibieron. Los perros callejeros comenzaron a ladrar frenéticamente en dirección al mar, las gaviotas alzaron vuelo en bandadas, y hasta los caballos atados a los carros forcejearon con las riendas, deseosos de huir del lugar, y claro, los animales pueden saber cuándo el mal se acerca a ellos.
La bruma se abrió un instante, dejando ver algo en la distancia, una silueta enorme, desproporcionada, se alzaba sobre los restos de un barco medio hundido, la figura no se movía aún, pero la simple visión bastó para que varios civiles rompieran en llanto o huyeran a gritos.
—BRAKAKAKAKA… BRAKAKAKAKA— Y entonces, de nuevo, esa risa gutural retumbó, más clara, más cercana y el puerto entero lo supo sin necesidad de palabras que Marlon Dientegrande había llegado.
Marlon Dientegrande
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![[Imagen: IgQmwbt.jpeg]](https://i.imgur.com/IgQmwbt.jpeg)