08-09-2025, 08:27 PM
Krysser escuchó en silencio la breve presentación entre sus dos camaradas, mientras su cola marcaba el ritmo del momento, agitándose con un vaivén lento. Sus orejas se movieron levemente al captar los murmullos de la multitud que aún se apartaba a su paso, pero esta vez no se centró en ellos. Sus ojos felinos, dorados y profundos, se posaron primero en Fyodor, sabiendo percibir su sonrisa torcida bajo la máscara, y después en Cao, con aquel porte imperturbable que tanto recordaba de aquel día en el lejano pasado.
Sin embargo, allí se había quedado el inocente monje de su recuerdo, pues este que estaba ante él estaba lleno de una resolución mucho mayor. Lo que entonces pretendió arreglar solo con palabras hoy parecía haber aprendido que solo podía arreglarse con actos.
El tigre dejó escapar una carcajada grave, mostrando los colmillos con esa sonrisa que parecía mezclar fiereza y camaradería a partes iguales. Su cola se agitaba con calma detrás de él mientras observaba a Cao, scuchando atentamente hasta que terminó de hablar, ideando una respuesta acorde a su interlocutor.
-No necesitas navegar en el mismo barco para llegar a la misma orilla. -Trató de decirlo con naturalidad, como si fuera una verdad evidente que no requería discusión, aunque sabía que sonaba a palabras prestadas, y matizó con las suyas propias. -Ambos buscamos lo mismo. Siempre fuimos aliados.
Con un leve movimiento de cabeza, Krysser respondia así la sugerencia del monje, y en un momento dejó el asunto zanjado. No hacía falta insistir ni explicar más, estaba claro que, en la visión del mink, Cao ya era parte de esa lucha común contra las cadenas del mundo, aunque sus caminos fueran distintos.
A continuación, depositó con suavidad los grandes bultos de pescado sobre el suelo, liberando sus manos. Flexionó apenas los brazos y, con un movimiento firme, dejó que las nuevas armas que portaba brillaran a la luz del día. Eran una especie de garras de metal, un obsequio entregado por cierto individuo de un Dojo local tras sus victorias en la isla, un símbolo de su fuerza y de su resolución salvaje. Aquellos guanteletes dorados acabados en cuchillas eran claramente armas de gran valor, y Krysser había notado que la mirada del monje se había posado en ellas, sintiendo una necesidad imperiosa de presentarle sus armas a su amigo.
-Por cierto… -Murmuró en voz baja, pues se sentía algo ridículo hacer algo así, pero algo le decía que debía hacerlo. -Creo que también debería presentarte a estas dos, seguro nos ayudarán también en el futuro. Son Mika y Gege. -Señaló sus armas con la mirada, primero la izquierda y después la derecha.
Con ese gesto, el tigre no solo compartía parte de la alegría de su nuevo presente con el monje, sino que también reafirmaba la promesa tácita de que, tarde o temprano, volverían a luchar codo con codo.
Sin embargo, allí se había quedado el inocente monje de su recuerdo, pues este que estaba ante él estaba lleno de una resolución mucho mayor. Lo que entonces pretendió arreglar solo con palabras hoy parecía haber aprendido que solo podía arreglarse con actos.
El tigre dejó escapar una carcajada grave, mostrando los colmillos con esa sonrisa que parecía mezclar fiereza y camaradería a partes iguales. Su cola se agitaba con calma detrás de él mientras observaba a Cao, scuchando atentamente hasta que terminó de hablar, ideando una respuesta acorde a su interlocutor.
-No necesitas navegar en el mismo barco para llegar a la misma orilla. -Trató de decirlo con naturalidad, como si fuera una verdad evidente que no requería discusión, aunque sabía que sonaba a palabras prestadas, y matizó con las suyas propias. -Ambos buscamos lo mismo. Siempre fuimos aliados.
Con un leve movimiento de cabeza, Krysser respondia así la sugerencia del monje, y en un momento dejó el asunto zanjado. No hacía falta insistir ni explicar más, estaba claro que, en la visión del mink, Cao ya era parte de esa lucha común contra las cadenas del mundo, aunque sus caminos fueran distintos.
A continuación, depositó con suavidad los grandes bultos de pescado sobre el suelo, liberando sus manos. Flexionó apenas los brazos y, con un movimiento firme, dejó que las nuevas armas que portaba brillaran a la luz del día. Eran una especie de garras de metal, un obsequio entregado por cierto individuo de un Dojo local tras sus victorias en la isla, un símbolo de su fuerza y de su resolución salvaje. Aquellos guanteletes dorados acabados en cuchillas eran claramente armas de gran valor, y Krysser había notado que la mirada del monje se había posado en ellas, sintiendo una necesidad imperiosa de presentarle sus armas a su amigo.
-Por cierto… -Murmuró en voz baja, pues se sentía algo ridículo hacer algo así, pero algo le decía que debía hacerlo. -Creo que también debería presentarte a estas dos, seguro nos ayudarán también en el futuro. Son Mika y Gege. -Señaló sus armas con la mirada, primero la izquierda y después la derecha.
Con ese gesto, el tigre no solo compartía parte de la alegría de su nuevo presente con el monje, sino que también reafirmaba la promesa tácita de que, tarde o temprano, volverían a luchar codo con codo.
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