Los atletas de su tierra tenían por costumbre practicar ejercicio con el cuerpo prácticamente desnudo, igual que la gente de armas e igual que Bai al entrenar. Para ella, la pureza del cuerpo era sagrada y la desnudez, algo natural. Al fin y al cabo, ¿acaso no llegamos todos al mundo de ese modo? De hecho, solo cubrían sus partes íntimas porque, cuando su comunidad enraizó en la isla, los moradores de aquellos lares fruncieron el ceño y arrugaron el rostro al verlos así.
En consecuencia, aquella mañana, como tantas otras de su vida, había salido a entrenar ungida en aceite de oliva, para que el sudor y el polvo fueran más fáciles de retirar. ¡Ni que ella fuera una bárbara, con esas costumbres ridículas de limpiarse únicamente con agua! Porque sí, su entrenamiento empezaba mucho antes de alcanzar el punto adecuado: comenzaba tan pronto como cruzaba la puerta de su posada y se echaba a trotar.
Trotar, correr, cargar peso… todo ello lo hacía en las sombras de la madrugada.
Después, una vez el sol se había alzado lo suficiente como para templar su piel, finalizaba el ritual utilizando un utensilio que solo veía la luz del día en aquellas ocasiones: un pequeño raspador de hueso con el que se despojaba de los restos de sudor, aceite y arenilla, limpiándolo constantemente contra la grava del lugar. Y tras ello, para concluir, se frotaba el cuerpo con arena, completando así la purificación.
Para ese momento, el sol ya había avanzado un poco más, y la necesidad de un baño y de un desayuno copioso se imponía con fuerza.
Así que pies en polvorosa, puso rumbo a su hogar temporal aprovechando que el baño estaría vacío. Aunque, en realidad, muy pocos tenían por costumbre el bañarse. Pero, por si un caso, y habiendo conocido de antemano la rutina de la gente de la posada, no iba a dejar pasar la oportunidad de terminar su ritual matutino como merecía.
El vapor se elevaba cubriendo su cuerpo; sus brazos recordaban el peso de las piedras que había levantado, y sus piernas, las flexiones realizadas.
Cada fibra le hablaba en silencio bajo el agua. Y, para Bai, ese era un idioma que sí entendía.
Por eso masajeó su cuerpo, porque debía liberar el estrés acumulado aprovechando la relajación que le producían las gotas de agua al caer sobre su piel y arrastrar los restos de arena y aceite.
Y, ese pequeño acto, hizo que sus extremidades se soltaran lentamente, como si la tensión de aquella madrugada se disolviera en el líquido transparente.
Después, prosiguiendo con su sagrado baño, se inclinó, frotando cuidadosamente los brazos, el cuello, los hombros y el abdomen… cuando alguien llamó a la puerta: el primero en despertarse.
Salió del agua; la piel le brillaba como el bronce bruñido y, con una toalla de lino, acarició los mechones húmedos de su cabello, secó su cuerpo y se envolvió en ella para dirigirse a su habitación y vestirse.
Una vez allí se desnudó frente al pequeño animal que, de tanto en tanto, la visitaba. Lo acarició, trató de hacerlo ronronear y, finalmente, se puso la ropa interior.
—¿Qué es esto? —se dijo mientras cogía algo que había traído el gato.
Era un papel elegante, muy cuidado a decir verdad, y el hecho de que proviniera del felino lo convertía en una invitación de peso, un regalo, digno de prepararse con sumo cuidado.
Así que sin perder detalle del ambiente, concluyó que debía acicalarse con mayor esmero. Para ello, comenzó por ungirse el cabello con aceite aromático de savia y mirra, masajeándolo con delicadeza para que los aromas se impregnaran en cada hebra y, luego, para evitar excesos, con un pequeño peine de marfil, desenredó los mechones y retiró el sobrante.
Después, se puso frente al cuenco de agua que tenía en la habitación —un viejo truco que le había enseñado su madre para maquillarse cuando no tenían dónde verse reflejada— y delineó sus ojos con kohl, marcando su mirada y dándole un toque profundo que realzaba su dura expresión.
Hecho esto, se acercó al gato y lo besó en la cabeza, no sin antes agradecerle aquel pequeño gesto. Pero él, con la inteligencia propia de quien se sabe racional, le dio la espalda, como si contemplarla al natural le resultase incómodo. Y Bai rió. Luego, para concluir, aplicó un poco más de fragancia sobre sus hombros y cuello, y se vistió por completo.
Una vez terminado con todo aquello, la mujer pidió al gato que la acompañara. Para ello, recurrió a un gesto que ya se había vuelto habitual entre ambos: una palmada en su propio muslo.
Lo que vino después fue fruto de un simple malentendido, pues Bai aún no dominaba del todo el idioma y sus acciones resultaban fáciles de interpretar de forma errónea.
Al salir en busca de su desayuno habitual —fruta, pan y aceitunas; nunca leche fresca, pues le sentaba fatal si no le quitaban la grasa adecuadamente—, acabó comprando más de lo que tenía por costumbre. Pues, para ella, no era más que una previsión para los días venideros; pero para quien lo observase desde fuera, aquello podía parecer un acopio destinado al convite al que el felino había sido invitado.
Como si ella hubiera podido entender algo... ¡Pobre ilusa la persona cuya creencia fuera que, tras mucho insistir con el objeto a lo largo de las horas, había podido descifrar algo!
Por eso, cuando llegó el momento de partir, el gato no solo insistió en que cargara con aquellas viandas, sino que también la apremió a salir cuanto antes, como si temiera que la mujer llegara tarde la cita. Y Bai, la pobre muda —aunque quizás muda no sería lo más adecuado para quien habla sin ser entendido—, intentó explicarle que esas provisiones estaban pensadas para otro día. Mas cuando vió que sus explicaciones de poco servían, cedió tomando una pequeña cesta con pan, raíces y fruta, resignándose a llevar con ella parte de sus reservas.
Y así, fruto de un malentendido, casi sin ser del todo consciente de hacia dónde se dirigía, es como acabó encaminándose hacia la iglesia donde ambos habían sido llamados.
Al llegar, la buena educación le exigía conceder un instante a la contemplación del lugar: observó los arreglos florales, la mesa dispuesta con pulcritud y a las gentes, ataviadas con tanto esmero como su voluntad les había permitido. Después, se paró en los adornos y alabó, en silencio, la gracia con la que habían engalanado el lugar.
Y como no conocía a nadie, se dedicó a adivinar a quién debía ofrecer el tributo que llevaba.
La elección resultó relativamente sencilla, pues había pocos presentes y, mientras que uno fumaba con parsimonia, el otro comía sin mayor recato.
Era obvio para ella que el anfitrión pues, este, no podía probar bocado antes de que todos los invitados hubieran llegado. Así que, con la calma de quien no conoce el tiempo, se encaminó hacia el hombre de la pipa y, en un gesto de cortesía, sonrió mientras extendía la cesta.
—He traído esto como muestra de respeto —dijo, con voz serena—. Espero que sea recibido con agrado.
Y como sabía que la probabilidad de que alguien la entendiera era ínfima, depositó la cesta sobre la mesa, en un lugar donde no estorbara, y llevó ambas manos a su pecho mientras pronunciaba su nombre. Luego señaló al hombre, repitió el gesto y volvió a sonreír.
En consecuencia, aquella mañana, como tantas otras de su vida, había salido a entrenar ungida en aceite de oliva, para que el sudor y el polvo fueran más fáciles de retirar. ¡Ni que ella fuera una bárbara, con esas costumbres ridículas de limpiarse únicamente con agua! Porque sí, su entrenamiento empezaba mucho antes de alcanzar el punto adecuado: comenzaba tan pronto como cruzaba la puerta de su posada y se echaba a trotar.
Trotar, correr, cargar peso… todo ello lo hacía en las sombras de la madrugada.
Después, una vez el sol se había alzado lo suficiente como para templar su piel, finalizaba el ritual utilizando un utensilio que solo veía la luz del día en aquellas ocasiones: un pequeño raspador de hueso con el que se despojaba de los restos de sudor, aceite y arenilla, limpiándolo constantemente contra la grava del lugar. Y tras ello, para concluir, se frotaba el cuerpo con arena, completando así la purificación.
Para ese momento, el sol ya había avanzado un poco más, y la necesidad de un baño y de un desayuno copioso se imponía con fuerza.
Así que pies en polvorosa, puso rumbo a su hogar temporal aprovechando que el baño estaría vacío. Aunque, en realidad, muy pocos tenían por costumbre el bañarse. Pero, por si un caso, y habiendo conocido de antemano la rutina de la gente de la posada, no iba a dejar pasar la oportunidad de terminar su ritual matutino como merecía.
El vapor se elevaba cubriendo su cuerpo; sus brazos recordaban el peso de las piedras que había levantado, y sus piernas, las flexiones realizadas.
Cada fibra le hablaba en silencio bajo el agua. Y, para Bai, ese era un idioma que sí entendía.
Por eso masajeó su cuerpo, porque debía liberar el estrés acumulado aprovechando la relajación que le producían las gotas de agua al caer sobre su piel y arrastrar los restos de arena y aceite.
Y, ese pequeño acto, hizo que sus extremidades se soltaran lentamente, como si la tensión de aquella madrugada se disolviera en el líquido transparente.
Después, prosiguiendo con su sagrado baño, se inclinó, frotando cuidadosamente los brazos, el cuello, los hombros y el abdomen… cuando alguien llamó a la puerta: el primero en despertarse.
Salió del agua; la piel le brillaba como el bronce bruñido y, con una toalla de lino, acarició los mechones húmedos de su cabello, secó su cuerpo y se envolvió en ella para dirigirse a su habitación y vestirse.
Una vez allí se desnudó frente al pequeño animal que, de tanto en tanto, la visitaba. Lo acarició, trató de hacerlo ronronear y, finalmente, se puso la ropa interior.
—¿Qué es esto? —se dijo mientras cogía algo que había traído el gato.
Era un papel elegante, muy cuidado a decir verdad, y el hecho de que proviniera del felino lo convertía en una invitación de peso, un regalo, digno de prepararse con sumo cuidado.
Así que sin perder detalle del ambiente, concluyó que debía acicalarse con mayor esmero. Para ello, comenzó por ungirse el cabello con aceite aromático de savia y mirra, masajeándolo con delicadeza para que los aromas se impregnaran en cada hebra y, luego, para evitar excesos, con un pequeño peine de marfil, desenredó los mechones y retiró el sobrante.
Después, se puso frente al cuenco de agua que tenía en la habitación —un viejo truco que le había enseñado su madre para maquillarse cuando no tenían dónde verse reflejada— y delineó sus ojos con kohl, marcando su mirada y dándole un toque profundo que realzaba su dura expresión.
Hecho esto, se acercó al gato y lo besó en la cabeza, no sin antes agradecerle aquel pequeño gesto. Pero él, con la inteligencia propia de quien se sabe racional, le dio la espalda, como si contemplarla al natural le resultase incómodo. Y Bai rió. Luego, para concluir, aplicó un poco más de fragancia sobre sus hombros y cuello, y se vistió por completo.
Una vez terminado con todo aquello, la mujer pidió al gato que la acompañara. Para ello, recurrió a un gesto que ya se había vuelto habitual entre ambos: una palmada en su propio muslo.
Lo que vino después fue fruto de un simple malentendido, pues Bai aún no dominaba del todo el idioma y sus acciones resultaban fáciles de interpretar de forma errónea.
Al salir en busca de su desayuno habitual —fruta, pan y aceitunas; nunca leche fresca, pues le sentaba fatal si no le quitaban la grasa adecuadamente—, acabó comprando más de lo que tenía por costumbre. Pues, para ella, no era más que una previsión para los días venideros; pero para quien lo observase desde fuera, aquello podía parecer un acopio destinado al convite al que el felino había sido invitado.
Como si ella hubiera podido entender algo... ¡Pobre ilusa la persona cuya creencia fuera que, tras mucho insistir con el objeto a lo largo de las horas, había podido descifrar algo!
Por eso, cuando llegó el momento de partir, el gato no solo insistió en que cargara con aquellas viandas, sino que también la apremió a salir cuanto antes, como si temiera que la mujer llegara tarde la cita. Y Bai, la pobre muda —aunque quizás muda no sería lo más adecuado para quien habla sin ser entendido—, intentó explicarle que esas provisiones estaban pensadas para otro día. Mas cuando vió que sus explicaciones de poco servían, cedió tomando una pequeña cesta con pan, raíces y fruta, resignándose a llevar con ella parte de sus reservas.
Y así, fruto de un malentendido, casi sin ser del todo consciente de hacia dónde se dirigía, es como acabó encaminándose hacia la iglesia donde ambos habían sido llamados.
Al llegar, la buena educación le exigía conceder un instante a la contemplación del lugar: observó los arreglos florales, la mesa dispuesta con pulcritud y a las gentes, ataviadas con tanto esmero como su voluntad les había permitido. Después, se paró en los adornos y alabó, en silencio, la gracia con la que habían engalanado el lugar.
Y como no conocía a nadie, se dedicó a adivinar a quién debía ofrecer el tributo que llevaba.
La elección resultó relativamente sencilla, pues había pocos presentes y, mientras que uno fumaba con parsimonia, el otro comía sin mayor recato.
Era obvio para ella que el anfitrión pues, este, no podía probar bocado antes de que todos los invitados hubieran llegado. Así que, con la calma de quien no conoce el tiempo, se encaminó hacia el hombre de la pipa y, en un gesto de cortesía, sonrió mientras extendía la cesta.
—He traído esto como muestra de respeto —dijo, con voz serena—. Espero que sea recibido con agrado.
Y como sabía que la probabilidad de que alguien la entendiera era ínfima, depositó la cesta sobre la mesa, en un lugar donde no estorbara, y llevó ambas manos a su pecho mientras pronunciaba su nombre. Luego señaló al hombre, repitió el gesto y volvió a sonreír.
Cita:Off: Las acciones entre Lu Yan y Bai en este post han sido acordadas entre ambos usuarios.
