09-09-2025, 11:44 AM
Stroud se dirigió al exterior, al patio de armas, situado justo en el centro del cuartel, casi como si fuera su núcleo. A su alrededor, algún que otro marine somnoliento que había sacrificado el desayuno por quince minutos más de sueño se abrochaba el uniforme apresuradamente, bostezando y dirigiéndose hacia donde fuera que tuviese que cumplir sus deberes del día. Era una de las horas puntas del cuartel, siempre inundada de un fuerte olor a café barato (aunque aquel, a decir verdad, era un olor presente durante todo el día allí). Bajo sus botas, la madera crujía menos que de costumbre, húmeda por la nieve derretida, y por todo el edificio resonaba el repiqueteo metálico de los cubiertos y los platos que emanaba de la cantina. Un contramaestre recorría los pasillos, dando palmadas y gritos secos para apurar a los rezagados.
Salió al patio, desde donde vio la enorme bandera de la Marina ondeando con rigidez, sus bordes cubiertos de escarcha. Caía una ligera capa de nieve que homogeneizaba todo. No se había abrigado; había llegado a la conclusión de que no hacía falta. No era para tanto. El joven Stroud sobresalía como un clavo, vestido con apenas una camisa sin mangas y, a su vez, rodeado de reclutas cubiertos con abrigos y pieles. Los recién llegados eran los que más se abrigaban, claro, espantados por el súbito frío de Roshwan. Respiró hondo: le encantaba el olor metálico y agrio de las armas aceitadas en revisión. A unos metros de él, un par de marines veteranos fumaban, dejando colillas humeantes sobre la nieve.
Al cabo de unos segundos estirando y respirando el gélido aire del exterior, volvió a adentrarse en el edificio. Aquel se había convertido en su ritual de todas las mañanas, el equivalente a tomarse el café: un tortazo de aire frío que lo despertaba para el resto del día. Mientras se sentaba en la cantina con su taza de café y su bollo de pan de centeno (un poco rancio, como a él le gustaba), empezó a percibir que aquel día había un poco más de revuelo del habitual, para ser por la mañana. A la cita habitual llegaron Bertram e Imai, con quienes se sentó para charlar sobre el día, si bien parecía que aquella vez les aguardaba una sorpresa. Las noticias sobre el peligroso gigantón en Pushkin lo pillaron desprevenido. "Un gigante en una cocina," pensó para sí, "¿no lo tenían más raro hoy?"
"Bueno, no descartemos nada, sargento," incidió frente a las afirmaciones de Betram, "puede que sí acabe siendo una misión de combate. O glamourosa. Mejor no dar nada por supuesto. Pero sí que es importante mostrar iniciativa. Si el problema está preocupando tanto a los locales, lidiar con ello no solo podrá mejorar nuestra imagen de cara a los jefes, sino la de la Marina en general. Cada problema que resolvamos será un pequeño punto a favor que no se podrán llevar otros," afirmó, llevándose la mano al mentón. Apuró el último sorbo de su taza, sin dejar siquiera unos posos, y se cuadró frente al capitán y el comandante mientras Bertram hablaba con ellos. Él desconectó, asintiendo con la cabeza. A veces, los rumores y los informes funcionaban como un Den Den Mushi estropeado, distorsionando la información progresivamente con el boca a boca. No podía esperar a ir al centro y comprobar por sí mismo qué pasaba allí.
Salió al patio, desde donde vio la enorme bandera de la Marina ondeando con rigidez, sus bordes cubiertos de escarcha. Caía una ligera capa de nieve que homogeneizaba todo. No se había abrigado; había llegado a la conclusión de que no hacía falta. No era para tanto. El joven Stroud sobresalía como un clavo, vestido con apenas una camisa sin mangas y, a su vez, rodeado de reclutas cubiertos con abrigos y pieles. Los recién llegados eran los que más se abrigaban, claro, espantados por el súbito frío de Roshwan. Respiró hondo: le encantaba el olor metálico y agrio de las armas aceitadas en revisión. A unos metros de él, un par de marines veteranos fumaban, dejando colillas humeantes sobre la nieve.
Al cabo de unos segundos estirando y respirando el gélido aire del exterior, volvió a adentrarse en el edificio. Aquel se había convertido en su ritual de todas las mañanas, el equivalente a tomarse el café: un tortazo de aire frío que lo despertaba para el resto del día. Mientras se sentaba en la cantina con su taza de café y su bollo de pan de centeno (un poco rancio, como a él le gustaba), empezó a percibir que aquel día había un poco más de revuelo del habitual, para ser por la mañana. A la cita habitual llegaron Bertram e Imai, con quienes se sentó para charlar sobre el día, si bien parecía que aquella vez les aguardaba una sorpresa. Las noticias sobre el peligroso gigantón en Pushkin lo pillaron desprevenido. "Un gigante en una cocina," pensó para sí, "¿no lo tenían más raro hoy?"
"Bueno, no descartemos nada, sargento," incidió frente a las afirmaciones de Betram, "puede que sí acabe siendo una misión de combate. O glamourosa. Mejor no dar nada por supuesto. Pero sí que es importante mostrar iniciativa. Si el problema está preocupando tanto a los locales, lidiar con ello no solo podrá mejorar nuestra imagen de cara a los jefes, sino la de la Marina en general. Cada problema que resolvamos será un pequeño punto a favor que no se podrán llevar otros," afirmó, llevándose la mano al mentón. Apuró el último sorbo de su taza, sin dejar siquiera unos posos, y se cuadró frente al capitán y el comandante mientras Bertram hablaba con ellos. Él desconectó, asintiendo con la cabeza. A veces, los rumores y los informes funcionaban como un Den Den Mushi estropeado, distorsionando la información progresivamente con el boca a boca. No podía esperar a ir al centro y comprobar por sí mismo qué pasaba allí.

![[Imagen: 7oac6oR.gif]](https://i.imgur.com/7oac6oR.gif)
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