10-09-2025, 06:38 PM
La noticia del “gigante en la cocina” corrió por Pushkin más rápido que una ventisca en la tundra. Los rumores crecían con cada voz que lo repetía, unos juraban que se trataba de un invasor de Elbaf, otros que era un monstruo marino disfrazado, la realidad, sin embargo, aguardaba en una casa común de los artesanos Korolev, donde la nieve caía sobre el techo agujereado por el peso del intruso.
El Capitán del cuartel escuchó con atención la solicitud de Bertram y asintió con gravedad, intercambiando una breve mirada con el Comandante. —Está bien, llévense a su división, evalúen la situación, contengan al sujeto si es posible y eviten un desastre mayor, la Marina debe ser vista como un apoyo para los ciudadanos, no como un martillo que rompe más de lo que arregla. Tienen mi autorización. — Con esas palabras, la responsabilidad recaía sobre los hombros de los tres marines, a través de las calles nevadas de Pushkin, la división avanzó. Los edificios de ladrillo rojo, con sus extravagantes tejados de colores, parecían observarlos mientras el bullicio de la ciudad quedaba atrás, civiles los señalaban con dedos temblorosos, algunos pedían ayuda desesperadamente, otros se apartaban con recelo.
—¡Dense prisa, marines! ¡Ese grandulón va a tumbar la casa entera! —clamó un vecino, señalando la humareda de polvo y harina que salía por las ventanas destrozadas mientras el frío cortaba la piel como cuchillas, pero el calor del caos se sentía a cada paso y ya cerca de la vivienda, podían oírlo con claridad, los lamentos de la familia, los llantos de los niños, y sobre todo la voz retumbante de Pixie.
—¡Tranquilos, tranquilos! Yo preparo desayuno rico… ¡rico para todos! —tronaba el gigante desde el interior. Un estruendo sacudió las paredes, otra mesa se hizo añicos bajo el peso de su codo. El aroma a pan quemado se mezclaba con el hedor a madera rota y alcohol derramado, un cóctel extraño que impregnaba la calle, se podía ver a varios vecinos intentaban cargar cubos de nieve para sofocar un pequeño incendio en el sótano, donde las velas habían prendido un barril de aguardiente derramado.
La fachada de la casa estaba torcida, como si en cualquier momento fuese a colapsar. Trozos de cerámica, harina y hasta una pierna de jamón colgaban de lo que alguna vez fue la ventana de la cocina, a través de los boquetes podían ver la figura enorme de Pixie, mejillas enrojecidas por el esfuerzo, ojos alegres y confundidos, una sonrisa ingenua que contrastaba con el desastre a su alrededor y entre sus dedos sostenía lo que quedaba de una sartén, doblada como papel, en la que trataba de voltear un huevo que se deslizaba por su brazo. Los civiles se mantenían a distancia, algunos escondidos tras montones de nieve, otros cuchicheando con nerviosismo.
—¿Y si se enfada? ¿Y si empieza a aplastarlo todo? —murmuraban.
—Si alguien puede pararlo son los marines —respondía otro, con más esperanza que convicción.
En ese momento, los tres marines tenían el control de la escena, la casa estaba al borde del colapso, la familia pedía ayuda desde dentro y el gigante parecía no comprender el daño que causaba, todo dependía de cómo eligieran actuar. Podían intentar dialogar con Pixie, convencerlo de salir de la cocina sin violencia, podían reducirlo por la fuerza, arriesgando daños colaterales y la reacción del gigante o quizá intentar ingeniárselas para dormirlo o distraerlo, usando el frío, el alcohol o cualquier recurso del entorno.
El tiempo, sin embargo, jugaba en su contra. Otro crujido recorrió la estructura y una viga entera cayó frente a la puerta, bloqueándola parcialmente y los gritos de la familia se intensificaron. Pixie, ajeno a todo, sonrió satisfecho y levantó lo que quedaba de una hogaza de pan aplastada, como si fuese su obra maestra.
—¡Ya está listo! ¡Comida rica para todos, amigos pequeños! —proclamó con inocencia, mientras la harina flotaba en el aire como una nevada artificial dentro de la cocina destruida. El destino de la casa, de la familia y del propio gigante estaba ahora en manos de los marines.
El Capitán del cuartel escuchó con atención la solicitud de Bertram y asintió con gravedad, intercambiando una breve mirada con el Comandante. —Está bien, llévense a su división, evalúen la situación, contengan al sujeto si es posible y eviten un desastre mayor, la Marina debe ser vista como un apoyo para los ciudadanos, no como un martillo que rompe más de lo que arregla. Tienen mi autorización. — Con esas palabras, la responsabilidad recaía sobre los hombros de los tres marines, a través de las calles nevadas de Pushkin, la división avanzó. Los edificios de ladrillo rojo, con sus extravagantes tejados de colores, parecían observarlos mientras el bullicio de la ciudad quedaba atrás, civiles los señalaban con dedos temblorosos, algunos pedían ayuda desesperadamente, otros se apartaban con recelo.
—¡Dense prisa, marines! ¡Ese grandulón va a tumbar la casa entera! —clamó un vecino, señalando la humareda de polvo y harina que salía por las ventanas destrozadas mientras el frío cortaba la piel como cuchillas, pero el calor del caos se sentía a cada paso y ya cerca de la vivienda, podían oírlo con claridad, los lamentos de la familia, los llantos de los niños, y sobre todo la voz retumbante de Pixie.
—¡Tranquilos, tranquilos! Yo preparo desayuno rico… ¡rico para todos! —tronaba el gigante desde el interior. Un estruendo sacudió las paredes, otra mesa se hizo añicos bajo el peso de su codo. El aroma a pan quemado se mezclaba con el hedor a madera rota y alcohol derramado, un cóctel extraño que impregnaba la calle, se podía ver a varios vecinos intentaban cargar cubos de nieve para sofocar un pequeño incendio en el sótano, donde las velas habían prendido un barril de aguardiente derramado.
La fachada de la casa estaba torcida, como si en cualquier momento fuese a colapsar. Trozos de cerámica, harina y hasta una pierna de jamón colgaban de lo que alguna vez fue la ventana de la cocina, a través de los boquetes podían ver la figura enorme de Pixie, mejillas enrojecidas por el esfuerzo, ojos alegres y confundidos, una sonrisa ingenua que contrastaba con el desastre a su alrededor y entre sus dedos sostenía lo que quedaba de una sartén, doblada como papel, en la que trataba de voltear un huevo que se deslizaba por su brazo. Los civiles se mantenían a distancia, algunos escondidos tras montones de nieve, otros cuchicheando con nerviosismo.
—¿Y si se enfada? ¿Y si empieza a aplastarlo todo? —murmuraban.
—Si alguien puede pararlo son los marines —respondía otro, con más esperanza que convicción.
En ese momento, los tres marines tenían el control de la escena, la casa estaba al borde del colapso, la familia pedía ayuda desde dentro y el gigante parecía no comprender el daño que causaba, todo dependía de cómo eligieran actuar. Podían intentar dialogar con Pixie, convencerlo de salir de la cocina sin violencia, podían reducirlo por la fuerza, arriesgando daños colaterales y la reacción del gigante o quizá intentar ingeniárselas para dormirlo o distraerlo, usando el frío, el alcohol o cualquier recurso del entorno.
El tiempo, sin embargo, jugaba en su contra. Otro crujido recorrió la estructura y una viga entera cayó frente a la puerta, bloqueándola parcialmente y los gritos de la familia se intensificaron. Pixie, ajeno a todo, sonrió satisfecho y levantó lo que quedaba de una hogaza de pan aplastada, como si fuese su obra maestra.
—¡Ya está listo! ¡Comida rica para todos, amigos pequeños! —proclamó con inocencia, mientras la harina flotaba en el aire como una nevada artificial dentro de la cocina destruida. El destino de la casa, de la familia y del propio gigante estaba ahora en manos de los marines.
Mecanicas implementadas
Pixie

![[Imagen: ePnPZ9C.png]](https://i.imgur.com/ePnPZ9C.png)