11-09-2025, 07:03 PM
Día 54, Verano
10:00
El viaje había sido largo y solitario, pero, por fortuna para tu pequeña mascota y comida de emergencia, el destino estaba ya al alcance de tu prodigiosa vista. Desde el aire, tras el siniestro del pequeño bote de remos, distinguías al fin la costa sur de la isla de Briss.
Aquel lugar no se parecía en nada a la mayoría de islas que hubieras pisado o a la idea típica de una, pues no ofrecía ni palmeras, ni playas doradas, ni pueblos pintorescos recibiendo a los viajeros con bullicio. Lo primero que se alzaba ante tus ojos era un paisaje áspero, casi inhóspito.
El contraste con el lugar de donde habías partido era abrumador, de los bosques de bonsáis a un páramo ennegrecido y aceitoso, de un aire cargado de vitalidad a uno que parecía querer aplastarte con su densidad desde tu llegada.
El aire mismo tenía un peso extraño. A medida que te acercaras podría notarse, de no ser por tu mal olfato, un olor espeso y penetrante a alquitrán. No era un aroma ocasional, sino uno persistente, casi asfixiante, que impregnaba incluso la brisa marina. El mar cercano a la orilla parecía teñido de reflejos oscuros, como si el foso de brea que dominaba la zona hubiera extendido parte de su contenido hasta el océano.
La costa no era de arena suave, sino de roca oscura y húmeda, con vetas brillantes que parecían sudar petróleo. A lo lejos, el terreno descendía hacia una gigantesca hondonada, un foso profundo del que emergían columnas de humo y un calor tenue, como si la tierra entera exhalara. El alquitrán, grueso y viscoso, se acumulaba en charcos que burbujeaban de tanto en tanto, recordando a un monstruo dormido bajo la superficie.
No había gente a la vista, al menos no de inmediato, pues en la distancia habías podido discernir algo que podía parecer una ciudad. Pero, en aquel claro, el silencio era inquietante. Ni gaviotas, ni pescadores, ni ninguna fuente de vida conocida, tan solo el sonido denso de las burbujas reventando y el chapoteo suave de tu bote, o lo que quedaba de él, chocando contra las rocas.
Sin embargo, había algo en esa crudeza que tal vez sintieras que encajaba contigo. La isla, con su tono oscuro y sombrío, parecía un espejo de las cicatrices que cargabas en el rostro y en el alma.
El sol se filtraba apenas entre las columnas de humo lejanas, pintando el foso y la costa con un resplandor rojizo y lúgubre. En ese instante, instintivamente, podías sentir que aquel sur hostil te iba a deparar problemas. Y, sin embargo, en el fondo eso seguramente solo te daba la bienvenida a la isla.
Y no fue lo único en hacerlo, pues a pesar de las condiciones que impedían la llegada de las ondas de radio de aquellos instrumentos a sus espaldas, el den den Mushi que portabas finalmente comenzó a hablar. Era sin duda la voz de Krysser, aunque el mensaje sería difícil de entender.
-... en la ciudad... reunirnos... pronto. -Tras aquello, la conexión se cortó de forma definitiva, haciendo imposible comunicarse por el momento.
Off

