14-09-2025, 09:46 PM
Es por todos bien sabido —y pocos lo discutirán— que el hombre verdaderamente virtuoso no se limita a dominar los modales de su propia tierra. Pues, es por todos bien sabido que su grandeza reside también en la capacidad de reconocer y buscar un término medio relativo al yo, uno que, por supuesto, lo capacite para actuar correctamente, de manera equilibrada y racional, en pos del bien y de la felicidad que lo define como hombre prudente.
Mas, sin embargo, es también por todos bien sabido que, quien en la utilidad busque virtud, contradirá la esencia implicita del buen hacer; y es que, es por todos bien sabido que, quien por la pulsión se deje guiar, por mucho que intente buscar la virtud en el hábito, jamás alcanzará la universalidad.
Por eso, ante la llegada de un nuevo invitado —un joven músico de vestidura humilde, casi despojado de toda atadura terrenal— Bai reaccionó sin reflexión alguna, dejando entrever su pulsividad erótica.
Cuidado, lector, con estas palabras.
Pues no se trataba de pasiones esclavas, sino de aquella fuerza vital que te atrae hacia lo bello y lo inesperado.
Y así, tan pronto como vio aquella flauta de bambú, una sonrisa floreció en un rostro que aún no comprendía del todo lo que sucedía a su alrededor.
—¿Has visto, mi pequeño ánax? —le preguntó al gato que parecía bufar, o reír, mientras parecía querer pelear con todos los invitados —. Esta noche se nos elevará el alma.
La mujer hablaba con la complacencia de quien sabe que la belleza, por naturaleza, atrae al alma hacia lo divino. ¿Y qué arte podría ser más noble que la ciencia de la buena modulación, donde todo se ordena con proporción y número? Ninguno. Así, con justo conocimiento —y convencimiento—, sus palabras se deslizaron dulces y envolventes, como si la armonía misma de la música se reflejara en cada sílaba pronunciada. Porque, sí, aquel joven era una promesa de purificación y su presencia anunciaba un preludio solemne que avisaba de que la comitiva que aguardaba no sería solo un festejo corporal, sino también júbilo del espíritu, que en la música halla la huella de lo inmutable.
—Así que portate bien —añadió rascándole tras la oreja.
En ese momento, al burro, le rugió el estómago con suavidad, y, Bai, se mantuvo serena e inmutable ante la nueva fotografía que se imprimía frente a sus ojos.
De repente, sus labios se curvaron en una sonrisa suave y de ellos brotó una risa alegre que no iba más allá de un susurro. Sus ojos brillaron, traviesos y juguetones, chisporroteantes de energía contagiosa, porque las acciones del mink llenaban su alma. La alegría del viejo ser ante la comida no surgía de la abundancia, sino de la satisfacción inmediata de un deseo natural; Bai la sintió como un reflejo de la vida misma: simple, pleno y verdadero.
Sin meditarlo, disfrutaba de aquel instante, del goce evidente y sin artificio, dejando que la vitalidad del momento la atravesara por completo. Y, movida por la espontaneidad, se acercó hacia él y, colocando sus manos sobre las del mink, dijo:
—Si quieres, podemos compartir un poco.
Tras aquello, soltó la mano de Zhang para buscar una de las frutas que había traído consigo. Estaba en ello, seleccionando una pieza, cuando alguien habló:
—Es un gusto, señorita. Buen día.
Aquellas palabras resonaron en lo más profundo de su ser. Sus ojos se abrieron sorprendidos y su mueca se congeló por un instante. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Era esa su querida lengua? No estaba completamente segura —o quizás simplemente no quería que así fuera—, pero, en lugar de sentirse aliviada, lo que experimentó fue algo extraño: el verdadero peso de la libertad. Y en él no había júbilo ni celebraciones, solo una sensación de desconcierto y desorientación, causada por la rutina, la privación y el sufrimiento a los que se había acostumbrado en soledad. Sí, era extraño. Esa relativa libertad le parecía completamente ajena y encadenante. ¿Quizás se había acomodado a la ignorancia? ¿O, en el fondo, prefería no conocer el exterior, limitándose a ver solo lo que deseaba?
Bullendo en medio de estos entumecedores pensamientos, Bai se giró en busca de quien había proferido aquellas palabras. Y, cuando creyó que lo había encontrado y estaba a punto de hablar, el anfitrión se puso en pie para dirigirse a los presentes.
Bueno, en realidad, sí pudo decir algo. Pero fue tan escueto que apenas fueron dos palabras:«—¿Me entiendes?».
Del discurso no comprendió nada. Del ambiente, en cambio, extrajo una energía arrolladora, casi comunitaria, que pretendía envalentonarlos. ¿Para qué? Lo ignoraba. Sin embargo, al reparar mejor en aquel hombre de la pipa, con todos sus sentidos fijos en su presencia, algo la golpeó de lleno: lo conocía. ¡Era el señor Cao!
Un rubor súbito le ascendió por las mejillas al advertir la magnitud de su descuido y, cuando ya no podía contener el hormigueo de la vergüenza recorriéndole el cuerpo, el hombre alzó el puño, como preguntándole: «¿Estás conmigo?».
Y no, no podía estar con él; básicamente porque no sabía dónde debía estar.
Consecuentemente, Bai miró a la única persona con la que podía hablar y, sin saber qué hacer, sin saber cómo comportarse, se dirigió a ella como el náufrago que tras días de soledad en el mar ve la luz en un barco de rescate.
—Buen día, señorita —le dijo entre susurros mientras el hombre terminaba el discurso—. Perdóneme que me dirija a usted mientras nuestro anfitrión aguarda respuesta. Mi nombre es Bai, y este es mi pequeño amigo Ánax —prosiguió señalando donde ella creía que estaba el gato pese a no haberlo visto desde hacía rato.
Tras ello hizo una pausa. Otro de los integrantes comenzó a hablar —uno al que, sin querer, poco o nula atención le había regalado— y, aunque sabía que no era del todo correcto, desconcertada y perdida, continuó:
—Le confieso que ignoro las verdaderas intenciones del señor Cao. No llegué aquí por mi propio pie, sino porque Ánax me condujo hasta este lugar. Y ahora, tras su discurso y las palabras de vuestro compañero, siento que se nos exige algo que aún no alcanzo a comprender.
A sus palabras le siguieron pasos firmes hacia la pelirroja. Luego, su mano, delicada y marmórea, se alzó vacilante hasta rozar con el dorso el brazo de la otra. El contacto fue leve, pero suficiente para despertar en ella un estremecimiento que no intentó ocultar.
Era por culpa de la tangibilidad de la realidad.
Pues aquel roce había quebrado la frontera invisible que hasta entonces la mantenía apartada, en un mundo distinto al del resto. Y, en ese mismo instante, sus ojos brillaron con la claridad de lo que su lengua aún no podía pronunciar: rogando compasión.
—Quizás mis pensamientos carezcan de peso para la ocasión —concluyó con un dejo de tristeza e ironía suave—. Aun así, ¿sería tan amable de transmitirle al señor Cao mis dudas, mientras hallo la manera de ordenar lo que siento?
Dicho esto, Mudai se separó en silencio dando espacio a la pelirroja por si su actuar había sido demasiado agresivo, y, murmurando una disculpa hacia el joven con una cáscara de huevo por casco, se sumió en un breve y meditabundo silencio en lo que iba a por una taza de té.
Mas, sin embargo, es también por todos bien sabido que, quien en la utilidad busque virtud, contradirá la esencia implicita del buen hacer; y es que, es por todos bien sabido que, quien por la pulsión se deje guiar, por mucho que intente buscar la virtud en el hábito, jamás alcanzará la universalidad.
Por eso, ante la llegada de un nuevo invitado —un joven músico de vestidura humilde, casi despojado de toda atadura terrenal— Bai reaccionó sin reflexión alguna, dejando entrever su pulsividad erótica.
Cuidado, lector, con estas palabras.
Pues no se trataba de pasiones esclavas, sino de aquella fuerza vital que te atrae hacia lo bello y lo inesperado.
Y así, tan pronto como vio aquella flauta de bambú, una sonrisa floreció en un rostro que aún no comprendía del todo lo que sucedía a su alrededor.
—¿Has visto, mi pequeño ánax? —le preguntó al gato que parecía bufar, o reír, mientras parecía querer pelear con todos los invitados —. Esta noche se nos elevará el alma.
La mujer hablaba con la complacencia de quien sabe que la belleza, por naturaleza, atrae al alma hacia lo divino. ¿Y qué arte podría ser más noble que la ciencia de la buena modulación, donde todo se ordena con proporción y número? Ninguno. Así, con justo conocimiento —y convencimiento—, sus palabras se deslizaron dulces y envolventes, como si la armonía misma de la música se reflejara en cada sílaba pronunciada. Porque, sí, aquel joven era una promesa de purificación y su presencia anunciaba un preludio solemne que avisaba de que la comitiva que aguardaba no sería solo un festejo corporal, sino también júbilo del espíritu, que en la música halla la huella de lo inmutable.
—Así que portate bien —añadió rascándole tras la oreja.
En ese momento, al burro, le rugió el estómago con suavidad, y, Bai, se mantuvo serena e inmutable ante la nueva fotografía que se imprimía frente a sus ojos.
De repente, sus labios se curvaron en una sonrisa suave y de ellos brotó una risa alegre que no iba más allá de un susurro. Sus ojos brillaron, traviesos y juguetones, chisporroteantes de energía contagiosa, porque las acciones del mink llenaban su alma. La alegría del viejo ser ante la comida no surgía de la abundancia, sino de la satisfacción inmediata de un deseo natural; Bai la sintió como un reflejo de la vida misma: simple, pleno y verdadero.
Sin meditarlo, disfrutaba de aquel instante, del goce evidente y sin artificio, dejando que la vitalidad del momento la atravesara por completo. Y, movida por la espontaneidad, se acercó hacia él y, colocando sus manos sobre las del mink, dijo:
—Si quieres, podemos compartir un poco.
Tras aquello, soltó la mano de Zhang para buscar una de las frutas que había traído consigo. Estaba en ello, seleccionando una pieza, cuando alguien habló:
—Es un gusto, señorita. Buen día.
Aquellas palabras resonaron en lo más profundo de su ser. Sus ojos se abrieron sorprendidos y su mueca se congeló por un instante. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Era esa su querida lengua? No estaba completamente segura —o quizás simplemente no quería que así fuera—, pero, en lugar de sentirse aliviada, lo que experimentó fue algo extraño: el verdadero peso de la libertad. Y en él no había júbilo ni celebraciones, solo una sensación de desconcierto y desorientación, causada por la rutina, la privación y el sufrimiento a los que se había acostumbrado en soledad. Sí, era extraño. Esa relativa libertad le parecía completamente ajena y encadenante. ¿Quizás se había acomodado a la ignorancia? ¿O, en el fondo, prefería no conocer el exterior, limitándose a ver solo lo que deseaba?
Bullendo en medio de estos entumecedores pensamientos, Bai se giró en busca de quien había proferido aquellas palabras. Y, cuando creyó que lo había encontrado y estaba a punto de hablar, el anfitrión se puso en pie para dirigirse a los presentes.
Bueno, en realidad, sí pudo decir algo. Pero fue tan escueto que apenas fueron dos palabras:«—¿Me entiendes?».
Del discurso no comprendió nada. Del ambiente, en cambio, extrajo una energía arrolladora, casi comunitaria, que pretendía envalentonarlos. ¿Para qué? Lo ignoraba. Sin embargo, al reparar mejor en aquel hombre de la pipa, con todos sus sentidos fijos en su presencia, algo la golpeó de lleno: lo conocía. ¡Era el señor Cao!
Un rubor súbito le ascendió por las mejillas al advertir la magnitud de su descuido y, cuando ya no podía contener el hormigueo de la vergüenza recorriéndole el cuerpo, el hombre alzó el puño, como preguntándole: «¿Estás conmigo?».
Y no, no podía estar con él; básicamente porque no sabía dónde debía estar.
Consecuentemente, Bai miró a la única persona con la que podía hablar y, sin saber qué hacer, sin saber cómo comportarse, se dirigió a ella como el náufrago que tras días de soledad en el mar ve la luz en un barco de rescate.
—Buen día, señorita —le dijo entre susurros mientras el hombre terminaba el discurso—. Perdóneme que me dirija a usted mientras nuestro anfitrión aguarda respuesta. Mi nombre es Bai, y este es mi pequeño amigo Ánax —prosiguió señalando donde ella creía que estaba el gato pese a no haberlo visto desde hacía rato.
Tras ello hizo una pausa. Otro de los integrantes comenzó a hablar —uno al que, sin querer, poco o nula atención le había regalado— y, aunque sabía que no era del todo correcto, desconcertada y perdida, continuó:
—Le confieso que ignoro las verdaderas intenciones del señor Cao. No llegué aquí por mi propio pie, sino porque Ánax me condujo hasta este lugar. Y ahora, tras su discurso y las palabras de vuestro compañero, siento que se nos exige algo que aún no alcanzo a comprender.
A sus palabras le siguieron pasos firmes hacia la pelirroja. Luego, su mano, delicada y marmórea, se alzó vacilante hasta rozar con el dorso el brazo de la otra. El contacto fue leve, pero suficiente para despertar en ella un estremecimiento que no intentó ocultar.
Era por culpa de la tangibilidad de la realidad.
Pues aquel roce había quebrado la frontera invisible que hasta entonces la mantenía apartada, en un mundo distinto al del resto. Y, en ese mismo instante, sus ojos brillaron con la claridad de lo que su lengua aún no podía pronunciar: rogando compasión.
—Quizás mis pensamientos carezcan de peso para la ocasión —concluyó con un dejo de tristeza e ironía suave—. Aun así, ¿sería tan amable de transmitirle al señor Cao mis dudas, mientras hallo la manera de ordenar lo que siento?
Dicho esto, Mudai se separó en silencio dando espacio a la pelirroja por si su actuar había sido demasiado agresivo, y, murmurando una disculpa hacia el joven con una cáscara de huevo por casco, se sumió en un breve y meditabundo silencio en lo que iba a por una taza de té.
