Krysser clavó los ojos en el grupo que emergía tras las rocas. No había sorpresa en su rostro, sólo la fría aceptación de quien sabe que la violencia es a menudo el primer idioma que entienden muchos en este mundo. La voz del borracho y las bravatas previas se habían difuminado en la crudeza de la amenaza, y el olor a humo de la fogata se mezclaba ahora con el hierro de la sangre que aún flotaba en el aire, que ahora tenía un origen claro.
-¿Quién fue? -Preguntó, con voz grave y calmada.
Sin un atisbo de prisa, dejó que su cuerpo se cargara como un muelle. Sus músculos se tensaron bajo la túnica y la capucha se pegó un instante a su frente por el movimiento. No había prisa por acabar con ellos, ni necesitaba hacer alarde de fuerza, había tiempo para medir, para colocar cada golpe donde hiciera falta para escuchar la respuesta que quería oír.
Dio un paso adelante, su silueta se ensanchó, y el crujir de la gravilla bajo sus pies fue una advertencia muda. Los hombres alinearon sus armas, gruñendo, confiados en su número. Krysser sólo abrió ligeramente sus fauces, mostrando los colmillos, pero no en una sonrisa, sino en un gesto de furia que les llegó como un reto.
El primer asalto fue digno de encabezar un libro, algo de primero de cazador. Cuando el tridente se lanzó hacia su torso, el mink se agachó con sorprendente rapidez para su tamaño y, con la garra izquierda desvió la punta del arma con un chasquido metálico que resonó en la playa, clavando el mismo en la pierna de otro de los hombres que se abalanzaba sobre él. El impacto lo aprovechó para girar el cuerpo, usar el impulso del golpe y lanzar un barrido con su otra garra a la altura de las piernas del que portaba el bastón. El bandido perdió el equilibrio y fue al suelo con un alarido. Krysser no buscó degollar ni quebrar, buscó neutralizar, pues vivos eran más valiosos.
Dos habían caído ya, restaban ocho.
Se lanzó rápidamente hacia el frente, y sus garras cortaron cuerda, rompieron empuñaduras, abollaron cascos, y cuando fue necesario, desgarró la carne de aquellos guardias con impactos bien colocados que mermaban brazos enteros. Para cuando el destello naranja había cruzado el campo de batalla, solo quedaban tres de ellos en pie.
Los últimos atacantes intentaron aprovechar la cada vez más escasa superioridad numérica, pero Krysser los trató como a presas dispersas aterradas y decidió acabar rápido con sus fútiles esperanzas.
Saltó contra el costado de una roca, usándola de plataforma para impulsar una rodilla al estómago de otro de aquellos asaltantes. La fuerza del impacto lo envió rodando entre piedras, dejándolo completamente fuera de combate.
Cada movimiento del mink era economía de fuerzas, no desperdiciaba golpes, sino que los colocaba con precisión hasta que los hombres, uno a uno, comenzaron a perder el ánimo y la voluntad de seguir. Solo los dos más valientes permanecían erguidos, armados con su martillo y su tridente, el cual el tigre le había dado tiempo a recoger a propósito a aquel sujeto. Cada uno desde un costado midieron al inmenso Mink, tratando de encontrar la apertura.
Finalmente le llegó el turno al penúltimo de ellos, que se le abalanzó por la espalda, empuñando el tridente esta vez cuerpo a cuerpo. El tigre lo recibió con un giro brusco, mientras sus garras se hundían en la carne del sujeto por su propia inercia del salto, tras haber desviado con facilidad el extremo de su astada arma de nuevo.
Lo vio caer de bruces al suelo, herido y renqueante, quejándose de dolor. Ya casi había acabado. Algunos quedaron inconscientes sobre la arena; otros, sangrando en el borde de la lucidez, suplicando por clemencia que Krysser no negó, pero habiendo dejado en claro con un gruñido de acero que no tendría piedad si se levantaban de nuevo.
Cuando el borracho del martillo intentó envalentonarse para la última embestida, Krysser lo sujetó con una mano enorme por la solapa y lo alzó del suelo como si fuera un saco. Con la misma mano empujó su cara cara con fuerza contra la madera de una caja cercana, destrozándola en el acto.
-Fuiste tú. ¿Cierto?
El hombre sollozó, rindió lo que le quedaba de valentía y cayó desmayado. El martillo cayó lejos, clavado en la arena, como reflejando la poca dignidad de su portador. Los anteriores vítores ahora se transformaron en murmullos de miedo. Al final fueron diez los hombres que quedaron reducidos, varios inconscientes, los demás con moretones, cortes o roturas que no permitirían seguir peleando en mucho tiempo.
Krysser permaneció erguido, respirando con lentitud. La marea lamía la orilla como si nada hubiese pasado, indiferente. Miró a su alrededor con ojos afilados y solo encontró un campamento con tiendas volcadas, el humo que escapaba de la fogata, algunos fardos y un mar de cuerpos apenas conscientes. No buscó limpiar escenas ni rematar enemigos. No era un justiciero que buscara venganza gratuita, pero aquellos hombres no merecían su respeto, no habían usado su fuerza, por escasa que fuera, como debía usarse.
Antes de marcharse a revisar el campamento con más calma en busca de pistas, Krysser alzó la vista hacia el mar, hacia la línea donde esperaba que la figura de Fyodor aún pudiera aparecer.
Luego, sin más dilación, se agachó junto a los hombres apenas conscientes, lo suficiente cerca como para que sintieran su respiración pesada y profunda sobre ellos. Era una clara amenaza, y sabían lo que podía hacer.
-Bien. ¿Quién va a contarme qué pasa en esta isla?
-¿Quién fue? -Preguntó, con voz grave y calmada.
Sin un atisbo de prisa, dejó que su cuerpo se cargara como un muelle. Sus músculos se tensaron bajo la túnica y la capucha se pegó un instante a su frente por el movimiento. No había prisa por acabar con ellos, ni necesitaba hacer alarde de fuerza, había tiempo para medir, para colocar cada golpe donde hiciera falta para escuchar la respuesta que quería oír.
Dio un paso adelante, su silueta se ensanchó, y el crujir de la gravilla bajo sus pies fue una advertencia muda. Los hombres alinearon sus armas, gruñendo, confiados en su número. Krysser sólo abrió ligeramente sus fauces, mostrando los colmillos, pero no en una sonrisa, sino en un gesto de furia que les llegó como un reto.
El primer asalto fue digno de encabezar un libro, algo de primero de cazador. Cuando el tridente se lanzó hacia su torso, el mink se agachó con sorprendente rapidez para su tamaño y, con la garra izquierda desvió la punta del arma con un chasquido metálico que resonó en la playa, clavando el mismo en la pierna de otro de los hombres que se abalanzaba sobre él. El impacto lo aprovechó para girar el cuerpo, usar el impulso del golpe y lanzar un barrido con su otra garra a la altura de las piernas del que portaba el bastón. El bandido perdió el equilibrio y fue al suelo con un alarido. Krysser no buscó degollar ni quebrar, buscó neutralizar, pues vivos eran más valiosos.
Dos habían caído ya, restaban ocho.
Se lanzó rápidamente hacia el frente, y sus garras cortaron cuerda, rompieron empuñaduras, abollaron cascos, y cuando fue necesario, desgarró la carne de aquellos guardias con impactos bien colocados que mermaban brazos enteros. Para cuando el destello naranja había cruzado el campo de batalla, solo quedaban tres de ellos en pie.
Los últimos atacantes intentaron aprovechar la cada vez más escasa superioridad numérica, pero Krysser los trató como a presas dispersas aterradas y decidió acabar rápido con sus fútiles esperanzas.
Saltó contra el costado de una roca, usándola de plataforma para impulsar una rodilla al estómago de otro de aquellos asaltantes. La fuerza del impacto lo envió rodando entre piedras, dejándolo completamente fuera de combate.
Cada movimiento del mink era economía de fuerzas, no desperdiciaba golpes, sino que los colocaba con precisión hasta que los hombres, uno a uno, comenzaron a perder el ánimo y la voluntad de seguir. Solo los dos más valientes permanecían erguidos, armados con su martillo y su tridente, el cual el tigre le había dado tiempo a recoger a propósito a aquel sujeto. Cada uno desde un costado midieron al inmenso Mink, tratando de encontrar la apertura.
Finalmente le llegó el turno al penúltimo de ellos, que se le abalanzó por la espalda, empuñando el tridente esta vez cuerpo a cuerpo. El tigre lo recibió con un giro brusco, mientras sus garras se hundían en la carne del sujeto por su propia inercia del salto, tras haber desviado con facilidad el extremo de su astada arma de nuevo.
Lo vio caer de bruces al suelo, herido y renqueante, quejándose de dolor. Ya casi había acabado. Algunos quedaron inconscientes sobre la arena; otros, sangrando en el borde de la lucidez, suplicando por clemencia que Krysser no negó, pero habiendo dejado en claro con un gruñido de acero que no tendría piedad si se levantaban de nuevo.
Cuando el borracho del martillo intentó envalentonarse para la última embestida, Krysser lo sujetó con una mano enorme por la solapa y lo alzó del suelo como si fuera un saco. Con la misma mano empujó su cara cara con fuerza contra la madera de una caja cercana, destrozándola en el acto.
-Fuiste tú. ¿Cierto?
El hombre sollozó, rindió lo que le quedaba de valentía y cayó desmayado. El martillo cayó lejos, clavado en la arena, como reflejando la poca dignidad de su portador. Los anteriores vítores ahora se transformaron en murmullos de miedo. Al final fueron diez los hombres que quedaron reducidos, varios inconscientes, los demás con moretones, cortes o roturas que no permitirían seguir peleando en mucho tiempo.
Krysser permaneció erguido, respirando con lentitud. La marea lamía la orilla como si nada hubiese pasado, indiferente. Miró a su alrededor con ojos afilados y solo encontró un campamento con tiendas volcadas, el humo que escapaba de la fogata, algunos fardos y un mar de cuerpos apenas conscientes. No buscó limpiar escenas ni rematar enemigos. No era un justiciero que buscara venganza gratuita, pero aquellos hombres no merecían su respeto, no habían usado su fuerza, por escasa que fuera, como debía usarse.
Antes de marcharse a revisar el campamento con más calma en busca de pistas, Krysser alzó la vista hacia el mar, hacia la línea donde esperaba que la figura de Fyodor aún pudiera aparecer.
Luego, sin más dilación, se agachó junto a los hombres apenas conscientes, lo suficiente cerca como para que sintieran su respiración pesada y profunda sobre ellos. Era una clara amenaza, y sabían lo que podía hacer.
-Bien. ¿Quién va a contarme qué pasa en esta isla?
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