15-09-2025, 04:22 PM
El aire en el antro me llegaba denso, cargado de olor a ron, sudor y luces que me rebotaban en las pestañas. Cuando él entró, lo vi; lo miré con la calma de siempre, porque yo no me dejo impresionar por trajes ni por calabazas colgando. Mi memoria guarda detalles como fotos, las rastas, la forma en que la bebida le brillaba en la barbilla, el corte del traje, todo apuntado sin esfuerzo.
Me puse en pie despacio, dejé que la bufanda morada me marcara la silueta y que el vestido hiciera su trabajo, llamar miradas, esconder intenciones, mis botas rozaron el suelo pegajoso y la música se me fundió con la sangre en las venas, di unos pasos hacia el centro hasta quedar frente a DaSilva, contando con la precisión de quien sabe lo que hace cada parte del cuerpo, no había prisa; había decisión.
Acercarme a él fue un ritual lento y seguro, no grité, no hice aspavientos; avancé con la naturalidad de quien va a encender un fuego porque quiere comer y no porque tenga miedo de la oscuridad, tenía el vaso aún caliente en la mano, sentí el ron como un calor conocido que me llenaba el pecho y me recordaba que mi cuerpo aguanta lo suyo, la borrachera acostumbrada no es una debilidad, es compañía fiel.
Me coloqué a una distancia que calculé con cuidado, no muy cerca, lo justo para que la pierna hiciera su trabajo con espacio y sin estridencias. Miré a los ojos del lugar, a las paredes, a las luces, como quien evalúa el escenario, respiré hondo; la inhalación llenó el estómago y me dio la calma precisa para que el movimiento saliera limpio, mi exceso de confianza no fue alarde, fue espectáculo.
Sin dudar, levanté la pierna, no la lancé en abanico ni jugué a aparentar pegada, fue una patada frontal, directa y seca, de frente. El talón buscó el punto que yo había decidido segundos antes, el sonido del impacto me llegó claro, como un corte seco en el aire, y el sabor del ron se mezcló con la electricidad del momento, para mí fue un acto medido, contundente, demostrativo, sin intención de prolongar la violencia más allá de lo necesario, mi pierna volvió a bajar con el mismo control con que se había alzado.
Mientras bajaba, mantuve la postura erguida; no retrocedí ni avancé, quedé plantada, mi respiración era medida, la bufanda ligeramente movida por el gesto, me gustó la exactitud de la maniobra, firme, coreográfica y eficaz. No busco matar ni rendir santos; busco marcar la línea que nadie debía traspasar aquella noche. Observé con los ojos expandidos el panorama que seguía ante mí, movimiento, ruido, una ola de energía que se partía en mil y mil reacciones posibles, sentí en la piel el cosquilleo propio de cuando sabes que has hecho lo que debías, no me moví a perseguir ni a rematar, la patada fue la declaración, y las declaraciones se sostienen por sí solas.
Apoyé la mano libre en el borde de la mesa como quien firma algo, y di un sorbo pausado al vaso. El ron bajó caliente, y la calma que me devolvió fue dulce. Dejé que la risa saliera de dentro, esa risa que no pide permiso. —WUAWUAWUAWUAWA— No iba a ser detenida. No habría esposas sobre mis muñecas ni manos que me apartaran del sitio en ese instante.
Me puse en pie despacio, dejé que la bufanda morada me marcara la silueta y que el vestido hiciera su trabajo, llamar miradas, esconder intenciones, mis botas rozaron el suelo pegajoso y la música se me fundió con la sangre en las venas, di unos pasos hacia el centro hasta quedar frente a DaSilva, contando con la precisión de quien sabe lo que hace cada parte del cuerpo, no había prisa; había decisión.
Acercarme a él fue un ritual lento y seguro, no grité, no hice aspavientos; avancé con la naturalidad de quien va a encender un fuego porque quiere comer y no porque tenga miedo de la oscuridad, tenía el vaso aún caliente en la mano, sentí el ron como un calor conocido que me llenaba el pecho y me recordaba que mi cuerpo aguanta lo suyo, la borrachera acostumbrada no es una debilidad, es compañía fiel.
Me coloqué a una distancia que calculé con cuidado, no muy cerca, lo justo para que la pierna hiciera su trabajo con espacio y sin estridencias. Miré a los ojos del lugar, a las paredes, a las luces, como quien evalúa el escenario, respiré hondo; la inhalación llenó el estómago y me dio la calma precisa para que el movimiento saliera limpio, mi exceso de confianza no fue alarde, fue espectáculo.
Sin dudar, levanté la pierna, no la lancé en abanico ni jugué a aparentar pegada, fue una patada frontal, directa y seca, de frente. El talón buscó el punto que yo había decidido segundos antes, el sonido del impacto me llegó claro, como un corte seco en el aire, y el sabor del ron se mezcló con la electricidad del momento, para mí fue un acto medido, contundente, demostrativo, sin intención de prolongar la violencia más allá de lo necesario, mi pierna volvió a bajar con el mismo control con que se había alzado.
Mientras bajaba, mantuve la postura erguida; no retrocedí ni avancé, quedé plantada, mi respiración era medida, la bufanda ligeramente movida por el gesto, me gustó la exactitud de la maniobra, firme, coreográfica y eficaz. No busco matar ni rendir santos; busco marcar la línea que nadie debía traspasar aquella noche. Observé con los ojos expandidos el panorama que seguía ante mí, movimiento, ruido, una ola de energía que se partía en mil y mil reacciones posibles, sentí en la piel el cosquilleo propio de cuando sabes que has hecho lo que debías, no me moví a perseguir ni a rematar, la patada fue la declaración, y las declaraciones se sostienen por sí solas.
Apoyé la mano libre en el borde de la mesa como quien firma algo, y di un sorbo pausado al vaso. El ron bajó caliente, y la calma que me devolvió fue dulce. Dejé que la risa saliera de dentro, esa risa que no pide permiso. —WUAWUAWUAWUAWA— No iba a ser detenida. No habría esposas sobre mis muñecas ni manos que me apartaran del sitio en ese instante.
Belicozo
Resumen
