No olvides desempacar al Gato! (Presente/Bai)
#2
Una vez ya estaba en el crucero, mi primera intención no fue otra que la de buscar un sitio apartado, lo más distante del bullicio posible, con el único fin de descansar. Sí, descansar, porque, aunque no me queje, cualquier traslado me fatiga; es un cansancio más mental que físico, como un peso sobre los hombros que, poco a poco, va drenando las energías hasta provocar dolor de cabeza. Así que sí, necesitaba un poco paz.

Y la verdad, ignoro cuánto tiempo perdí contemplando el mar, viendo cómo la silueta de la isla se encogía conforme nos adentrábamos en el manto azul y, aún más, en qué momento se aposentó a mi lado un hombre enjuto, al que las pobladas cejas le ocultaban parte de los ojos.
Pero la verdad es que ninguno de los dos profirió palabra alguna. Ni siquiera hicimos el esfuerzo por comunicarnos. Tan solo nos sonreímos y coexistimos en silencio, disfrutando del instante.

Sin embargo, al final resultó que el hombre era sordo. ¿Cómo lo supe? Porque, al hablarme, lo hizo con un sonido gutural tan inconfundible que era imposible errar en deducción. Bueno, por eso y por el gesto que me regaló, un: ¿me marcho, quieres venir?. Supongo que le caí en gracia al concederle su espacio y no forzar conversación alguna —aunque esa no fuera mi intención inicial.

Y yo, estaba encantada de pasear con alquien más que no fuera el gato o el lunarian. ¿La verdad en verdad? La mañana no hacía sino mejorar con cada minuto.

Así pues, nos dedicamos a recorrer las instalaciones, comunicándonos a través de las manos. Pero, como dijo Wittgenstein, un compatriota de mi isla natal —no os hagais ideas extrañas sobre mi citación o procedencia—: “Un gesto de señalamiento por sí solo no puede determinar lo que se señala. Porque el dedo puede indicar tanto el objeto como su color, su forma, su número o su lugar, etc.”. Y, al final, terminamos enredados en una conversación carente de sentido que concluyó con el hombre regalándome un pequeño libro que, paradójicamente, yo no iba a poder leer.

Después de eso, y provechando mi reciente soledad adquirida, decidí ejercitar el cuerpo para aliviar el ansia de la mente. Para ello, busqué una de esas múltiples clases que ofrecían y, hacia el mediodía, me hallaba prácticamente a piel desnuda, convertida en saco de boxeo de mujeres que pretendían instruirme en el arte de la lucha. Yo, ni ducha ni diestra en tales disciplinas, recibía mucho más de lo que daba. Mas, cuando lograba acertar un golpe, quizá por mi tamaño o mi fuerza, conseguía arrancarles una queja.

Y, por un instante, fue un alivio ver aparecer al lunarian. Más por la comida que por su persona, ¿o era el gesto mismo lo que agradecía? No lo tenía del todo claro, pues aún me parecía un idiota. Pero es necesario reconocerle que, al menos, se esforzaba. Así pues, lo saludé, cruzamos palabras que nada significaban para el otro y, enseguida, regresé a divertirme con aquel grupo de agradables mujeres.

Aquella noche terminé exhausta. Física y mentalmente.

Al día siguiente, nada memorable aconteció; el sparring había perdido su encanto y el culto al cuerpo se transformaba en uno a la mente. La mayor parte de la mañana la pasé leyendo un tratado que todavía no lograba desentrañar. Y, en medio de tal lectura, descubrí que podía forjar un nuevo concepto para describir la probabilidad del mundo de la que allí se hablaba: el Realtraumwelt.

Con ese hallazgo vino la euforia: la alegría de haber alcanzado algo fuera de un entorno propicio. Y, junto a la euforia, el descubrimiento de que ya era lo suficientemente tarde como para ir a comer. Y sí, podría haber buscado a Dong, pero ¿para qué? Íbamos a vernos igualmente cuando atracáramos. Además, me hallaba perdida en mis propios textos, justificando la existencia de aquella palabra, incluso mientras comía.

Cuando por fin decidí reposar de semejante maratón mental, multitud de pensamientos acudieron a mi mente. Y no, no eran pensamientos cargados de vergüenza ni pudor; antes bien, reinaba una normalización exagerada de lo acontecido, de ahí mi conducta durante todo el día. Lo que sucedía era que, como ser pensante —quizás demasiado pensante—, concluí que debía hablar con él antes de que las cosas se intensificaran.

Así que, por primera vez en dos días, fui a buscarlo. No solo para ayudarnos mutuamente a desenredar lo ocurrido, sino también para, aunque precariamente, hablar. Y no iba a aceptar un no por respuesta.

Después de aquello, el ambiente se calmó medianamente y descendimos juntos de aquel crucero.


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RE: No olvides desempacar al Gato! (Presente/Bai) - por Bai Mudan - 19-09-2025, 03:04 PM

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