21-09-2025, 12:46 AM
El arte no espera, el arte no finge y el arte no se planea. No importaba la hora o la situación, la inspiración llega en cualquier momento, y cuando eso pasa nada puede impedir que aflore. El día había comenzado con hambre, como siempre, intentando ganarme unas monedas con mi arte y la generosidad de la gente.
Allí en una esquina en la plaza mas grande del pueblo había estado desde el amanecer hasta el atardecer, tocando mi alegre pero apacible melodía y bailando a su compás, mis ojos estaban cerrados y mi rostro mostraba una gran concentración. El sudor recorría mi cuerpo ¿Cuántas horas llevaría bailando? La verdad es que no sabría decirlo, lo que había empezado como una forma de ganarme el pan terminó convirtiéndose en un trance artístico que hacía aflorar nota tras nota de la flauta de bambú. El polvo que levantaban mis pies bailaban conmigo, al igual que mi pelo danzaba con mi movimiento, creando un efecto visual hermoso, habiendo remolinos de polvo rojizo rodeándome y desapareciendo de forma rápida pero elegante. La gente se sentía inspirada, viendo su alma revitalizada y llena de energía, no rejuvenecían, pero se sentían capaces de comerse el mundo como un adolescente.
Ya ni me fijaba en las monedas que los espectadores de tal espectáculo tiraban a la bolsa que tenía en el suelo, esto ya había dejado de ser por un motivo tan banal como ganar vil metal. No había partitura ni movimiento ensayado, todo salía del corazón, haciendo sentir mi emoción y esperanza al público, al final eso era todo lo que tenía mi arte; y no servía de nada si no lo compartía con el resto del mundo. Había aplausos, halagos entre cuchicheos, risas, incluso algunos se sentían inspirados a seguir el ritmo con sus pies o chasqueando los dedos de su mano, la verdad es que aquel día estaba inspirado. Las horas fueron pasando y el tumulto de gente solo s hacía mas grande, al menos hasta el atardecer, donde los mas mayores y los mas pequeños se iban, al igual que aquellos que a la mañana siguiente tuvieran que trabajar, pero en ese momento era cuando los jóvenes se aglomeraban para deleitarse con mi expresión.
Toqué y toqué, bailé y bailé, horas creando de la nada una canción y una danza, agotado, y hambriento hasta que, finalmente me detuve de inmediato, quedándome en silencio de pie, en medio del corrillo que se había formado. Separé la flauta de mis labios y miré el instrumento, luego los miré a todos e hice una reverencia.-No me queda mas, damas y caballeros, pero pronto volveremos a vernos.- Dediqué una sonrisa gentil a los demás y estos me dedicaron un acalorado aplauso para después irse poco a poco, desapareciendo la marabunta. Cuando se despejó la plaza pude ver a una mujer que no se había ido, una mujer que conocía de hace bastante tiempo. -¿María?.- Pregunté con curiosidad y emoción mientras me acercaba a recoger el saco, ahora lleno de monedas, con eso tendría para un par de días.-¿Eres tu?.- Tras recoger la bolsa y guardarla en uno de mis bolsillos, corrí hacia la mujer de pelo celeste con la flauta en la mano. -Me alegra ver que estas bien, querida.- Le dediqué la sonrisa mas feliz que pude mientras guardaba la flauta y me colocaba bien el kimono, por culpa del bailoteo se había movido un poco.
Si que era una grata sorpresa, aún recordaba la historia que María y yo habíamos vivido juntos, como su vida era complicada y como me vi involucrado en aquellas complicaciones. Todo aquello nos había unido como grandes amigos y aliados que se ayudarían siempre y se reconocerían con respeto y cariño.
Allí en una esquina en la plaza mas grande del pueblo había estado desde el amanecer hasta el atardecer, tocando mi alegre pero apacible melodía y bailando a su compás, mis ojos estaban cerrados y mi rostro mostraba una gran concentración. El sudor recorría mi cuerpo ¿Cuántas horas llevaría bailando? La verdad es que no sabría decirlo, lo que había empezado como una forma de ganarme el pan terminó convirtiéndose en un trance artístico que hacía aflorar nota tras nota de la flauta de bambú. El polvo que levantaban mis pies bailaban conmigo, al igual que mi pelo danzaba con mi movimiento, creando un efecto visual hermoso, habiendo remolinos de polvo rojizo rodeándome y desapareciendo de forma rápida pero elegante. La gente se sentía inspirada, viendo su alma revitalizada y llena de energía, no rejuvenecían, pero se sentían capaces de comerse el mundo como un adolescente.
Ya ni me fijaba en las monedas que los espectadores de tal espectáculo tiraban a la bolsa que tenía en el suelo, esto ya había dejado de ser por un motivo tan banal como ganar vil metal. No había partitura ni movimiento ensayado, todo salía del corazón, haciendo sentir mi emoción y esperanza al público, al final eso era todo lo que tenía mi arte; y no servía de nada si no lo compartía con el resto del mundo. Había aplausos, halagos entre cuchicheos, risas, incluso algunos se sentían inspirados a seguir el ritmo con sus pies o chasqueando los dedos de su mano, la verdad es que aquel día estaba inspirado. Las horas fueron pasando y el tumulto de gente solo s hacía mas grande, al menos hasta el atardecer, donde los mas mayores y los mas pequeños se iban, al igual que aquellos que a la mañana siguiente tuvieran que trabajar, pero en ese momento era cuando los jóvenes se aglomeraban para deleitarse con mi expresión.
Toqué y toqué, bailé y bailé, horas creando de la nada una canción y una danza, agotado, y hambriento hasta que, finalmente me detuve de inmediato, quedándome en silencio de pie, en medio del corrillo que se había formado. Separé la flauta de mis labios y miré el instrumento, luego los miré a todos e hice una reverencia.-No me queda mas, damas y caballeros, pero pronto volveremos a vernos.- Dediqué una sonrisa gentil a los demás y estos me dedicaron un acalorado aplauso para después irse poco a poco, desapareciendo la marabunta. Cuando se despejó la plaza pude ver a una mujer que no se había ido, una mujer que conocía de hace bastante tiempo. -¿María?.- Pregunté con curiosidad y emoción mientras me acercaba a recoger el saco, ahora lleno de monedas, con eso tendría para un par de días.-¿Eres tu?.- Tras recoger la bolsa y guardarla en uno de mis bolsillos, corrí hacia la mujer de pelo celeste con la flauta en la mano. -Me alegra ver que estas bien, querida.- Le dediqué la sonrisa mas feliz que pude mientras guardaba la flauta y me colocaba bien el kimono, por culpa del bailoteo se había movido un poco.
Si que era una grata sorpresa, aún recordaba la historia que María y yo habíamos vivido juntos, como su vida era complicada y como me vi involucrado en aquellas complicaciones. Todo aquello nos había unido como grandes amigos y aliados que se ayudarían siempre y se reconocerían con respeto y cariño.
