21-09-2025, 02:32 PM
Krysser escuchó al hombrecillo hablar entre tartamudeos, casi mordiéndose la lengua con cada palabra, y dejó que su paciencia, escasa por naturaleza, se templara lo justo para no interrumpirlo. Sus ojos dorados pasaban de aquel subordinado al resto del grupo, analizando sus reacciones. El miedo estaba ahí, presente como una segunda piel en todos ellos, pero no hacia él, o al menos, no sólo hacia él. Había otro peso mayor sobre sus espaldas, el pesado yugo que era el nombre de aquellos Onyx.
Sin embargo, aquel tipo no parecía lo bastante fuerte para controlar una porción significante de una isla, y desde luego, menos aún lo bastante inteligente. Estaba claro que el cabecilla debía ser el hermano mayor, la figura del trono en aquel detallado mapa.
Cuando al fin el cuadro se aclaró en su mente, Krysser exhaló despacio, dejando que el aire formara un gruñido apagado en su garganta.
-Así que tres hermanos… -Murmuró en voz baja, sin interrumpir a su informante. El mediano ya estaba fuera de combate, desangrándose a sus espaldas. El pequeño al parecer mantenía la fuente del poder económico de la isla, y el mayor, el verdadero rey en las sombras, se sentaba en la capital como si fuera suyo el trono.
El tigre apretó la mandíbula. La mujer muerta en la costa, las revueltas en el foso, la ciudad bajo dominio. Todo era culpa de aquellos tres.
Miró de nuevo por un momento el mapa extendido sobre la mesa. La precisión de aquel trazado, los puntos marcados, y los iconos que representaban a los hermanos. Todo hablaba de una organización calculada, meticulosa. No eran meros bandidos como parecían por su aspecto, era una estructura, una tiranía. Y lo que más le inquietaba era la naturalidad con la que todos parecían aceptar esa opresión.
-Ya lo entiendo. -Su voz fue grave, dirigida tanto al que había hablado como una señal para que entendiera que era suficiente información, como al resto de prisioneros. -Debe ser duro. -Algunos podrían interpretar que se refería a vivir aquella situación, pero Krysser solo pensaba en lo fuerte que debía ser aquel tipo para mantener tan férreo control sobre tanta gente, aún contando con el apoyo de sus leales hermanos.
Durante un instante, el silencio volvió a instalarse. El rugido de las olas y el humo que serpenteaba desde las hogueras se mezclaban con el olor metálico de la sangre y el alquitrán en el aire. Krysser se pasó una garra por el mentón, dejando que su mirada se perdiera hacia el horizonte, hacia la capital envuelta en sombras.
Había llegado a la isla buscando respuestas, y lo que había encontrado era un nido de serpientes con tres cabezas. No podría abatirlas solo, ni debía intentarlo sin antes reunirse con su aliado y amigo Fyodor. A fin de cuentas, él también tenía aliados leales en los que podía confiar.
Tomó la carta ensangrentada que aún llevaba consigo, la guardó con cuidado, y cerró los ojos unos segundos, concentrándose en ese vínculo extraño pero real que sentía hacia el lunarian, casi sabiendo que él debía estar en una encrucijada similar, pues era imposible que no hubiera notado la situación en aquella isla con lo buen observador que era. Abrió los ojos con decisión y, tomando su den den mushi de nuevo con la esperanza de que esta vez funcionara mejor, habló con voz clara, proyectando cada palabra como si fueran garras que atravesaran la distancia.
-Fyodor. Cambio de planes. -La voz de Krysser era firme, sin espacio para dudas ni preguntas. -Los problemas nos han encontrado, así que iremos a por ellos.
Al notar que no parecía haber interferencias esta vez, se apresuró a continuar informando a su compañero de los planes a continuación.
-Nos vemos en la ciudad. -Añadió, habiendo tomado ya la decisión, sabiendo que Fyodor compartiría su forma de pensar. -Allí espera nuestra siguiente presa.
El aire vibró con su mensaje, breve pero cargado de la urgencia y la resolución que lo definían. Tras colgar la llamada, Krysser lanzó al aire un rugido poderoso, como un grito de advertencia al propio mundo. Cuando bajó la mirada de nuevo, los prisioneros aún estaban inmóviles, sin saber si aquel rugido había sido para ellos o para alguien más. El tigre no aclaró nada. Simplemente recogió el mapa y lo dobló con torpeza, como un cazador que ya había elegido la próxima presa.
Sin embargo, aquel tipo no parecía lo bastante fuerte para controlar una porción significante de una isla, y desde luego, menos aún lo bastante inteligente. Estaba claro que el cabecilla debía ser el hermano mayor, la figura del trono en aquel detallado mapa.
Cuando al fin el cuadro se aclaró en su mente, Krysser exhaló despacio, dejando que el aire formara un gruñido apagado en su garganta.
-Así que tres hermanos… -Murmuró en voz baja, sin interrumpir a su informante. El mediano ya estaba fuera de combate, desangrándose a sus espaldas. El pequeño al parecer mantenía la fuente del poder económico de la isla, y el mayor, el verdadero rey en las sombras, se sentaba en la capital como si fuera suyo el trono.
El tigre apretó la mandíbula. La mujer muerta en la costa, las revueltas en el foso, la ciudad bajo dominio. Todo era culpa de aquellos tres.
Miró de nuevo por un momento el mapa extendido sobre la mesa. La precisión de aquel trazado, los puntos marcados, y los iconos que representaban a los hermanos. Todo hablaba de una organización calculada, meticulosa. No eran meros bandidos como parecían por su aspecto, era una estructura, una tiranía. Y lo que más le inquietaba era la naturalidad con la que todos parecían aceptar esa opresión.
-Ya lo entiendo. -Su voz fue grave, dirigida tanto al que había hablado como una señal para que entendiera que era suficiente información, como al resto de prisioneros. -Debe ser duro. -Algunos podrían interpretar que se refería a vivir aquella situación, pero Krysser solo pensaba en lo fuerte que debía ser aquel tipo para mantener tan férreo control sobre tanta gente, aún contando con el apoyo de sus leales hermanos.
Durante un instante, el silencio volvió a instalarse. El rugido de las olas y el humo que serpenteaba desde las hogueras se mezclaban con el olor metálico de la sangre y el alquitrán en el aire. Krysser se pasó una garra por el mentón, dejando que su mirada se perdiera hacia el horizonte, hacia la capital envuelta en sombras.
Había llegado a la isla buscando respuestas, y lo que había encontrado era un nido de serpientes con tres cabezas. No podría abatirlas solo, ni debía intentarlo sin antes reunirse con su aliado y amigo Fyodor. A fin de cuentas, él también tenía aliados leales en los que podía confiar.
Tomó la carta ensangrentada que aún llevaba consigo, la guardó con cuidado, y cerró los ojos unos segundos, concentrándose en ese vínculo extraño pero real que sentía hacia el lunarian, casi sabiendo que él debía estar en una encrucijada similar, pues era imposible que no hubiera notado la situación en aquella isla con lo buen observador que era. Abrió los ojos con decisión y, tomando su den den mushi de nuevo con la esperanza de que esta vez funcionara mejor, habló con voz clara, proyectando cada palabra como si fueran garras que atravesaran la distancia.
-Fyodor. Cambio de planes. -La voz de Krysser era firme, sin espacio para dudas ni preguntas. -Los problemas nos han encontrado, así que iremos a por ellos.
Al notar que no parecía haber interferencias esta vez, se apresuró a continuar informando a su compañero de los planes a continuación.
-Nos vemos en la ciudad. -Añadió, habiendo tomado ya la decisión, sabiendo que Fyodor compartiría su forma de pensar. -Allí espera nuestra siguiente presa.
El aire vibró con su mensaje, breve pero cargado de la urgencia y la resolución que lo definían. Tras colgar la llamada, Krysser lanzó al aire un rugido poderoso, como un grito de advertencia al propio mundo. Cuando bajó la mirada de nuevo, los prisioneros aún estaban inmóviles, sin saber si aquel rugido había sido para ellos o para alguien más. El tigre no aclaró nada. Simplemente recogió el mapa y lo dobló con torpeza, como un cazador que ya había elegido la próxima presa.
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